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De la Guerra de los Siete Años y la población cajún

Antonio Miguel Jiménez Serrano


Cuando me propuse escribir sobre este tema, enmarcado en el siglo XVIII, me hice una serie de preguntas a mí mismo, como si no me conociese, y como si el cuestionado fuera ajeno a la disciplina histórica, y extraje una reflexión curiosa, que pensé merecía convertirse en el introito de estas líneas. Así pues, en el imaginario histórico inscrito en cada uno de nosotros parece prevalecer (si no es así corríjanme) la idea de que entre 1715 y 1789 hay un gran vacío en cuanto a hechos militares reseñables se refiere, o, al menos, según nuestra visión de españoles. Si no les pasa esto, ¡enhorabuena!, son ustedes duchos en la materia. Pero chanzas aparte, en muchas ocasiones, y esto lo podemos ver de forma clara en las ilustraciones de los libros de texto escolares, caemos en el error de pasar con mucha facilidad del “soldado de tercio al militar napoleónico”, es decir, parece que el siglo XVIII, el “Siglo de las Luces”, estuvo exento de conflictos, pugnas y, en definitiva, de guerra. La Ilustración fue únicamente un concepto, no ilustró nada. Eso sí, llevo a cabo de forma “lúcida” la tarea de hacernos creer que fue lo mejor que al hombre podía pasar, alejado de todo conflicto.

Pues bien, en esta especie de teatro tuvieron lugar guerras, guerras y más guerras solo por parte europea (en la actualidad tenemos ya la perspectiva global), que afectaron, eso sí, a los territorios ultramarinos de las grandes potencias. La Guerra de Sucesión Española, la Guerra de Sucesión Austríaca, la Guerra de Sucesión Polaca, las Guerras de Silesia, la Guerra del Asiento (o de la Oreja de Jenkins) y un largo etcétera iluminaron bien Europa, pero con cañones, no con luces. El conflicto que aquí nos atañe, y del que apenas se habla ni se conoce fuera del mundo académico, es la denominada Guerra de los Siete Años, cuyo escenario se divide en una parte europea y una parte colonial. Muchas potencias, así, fueron las que participaron, pero lo que encubrían era la pugna por el poder entre Francia y Gran Bretaña.

Una de las manifestaciones más importantes de dicha pugna entre franceses y británicos fue la que tuvo lugar en el noreste de Norteamérica. Zona rica y virgen, estaba poblada por los descendientes de los colonos franceses que habían llegado en el siglo XVII al territorio desde el continente, y al que bautizaron como Acadia. Esta población, los acadianos, eran prolíficos peleteros, pescadores y aventureros, y estaban afirmando fuertemente la presencia francesa en la zona. Además, Francia cortaba el paso a los británicos hacia el oeste, ya que sus posesiones transcurrían desde Canadá a la Luisiana. Con la llegada de los borbones al trono de España, el gobierno británico comenzó a concienciarse de que debía suplantar cuanto antes a los franceses en la zona. Así, estalló la guerra en 1754, y los ejércitos continentales de Francia y Gran Bretaña viajaron al Nuevo Mundo para decidir el destino de Norteamérica. Se llevaron a cabo numerosas alianzas con los nativos, destacando la confederación de iroqueses por parte británica y la de los hurones por la francesa, lo que diezmó numerosas tribus casi exterminando otras. La contienda parecía igualada, hasta que la llegada del general británico Wolfe con tropas experimentadas en 1757 desequilibró la balanza.

Los franceses fueron derrotados, y en 1759 gran parte de Canadá fue conquistada por los británicos. Los acadianos fueron expulsados de sus tierras en 1755, al ser conquistada la Acadia, que los británicos dividieron en Nuevo Brunswick y Nueva Escocia, y se reasentaron en la Luisiana, que por el Tratado de París de 1763 pasó a poder español. A partir de este momento, la población inmigrante comienza a llevar a cabo la misma forma de vida que había llevado siempre, pero en los pantanos de Luisiana. Hoy se les conoce como población cajún, o cajunes, y son los descendientes de aquellos acadianos exiliados, además de criollos franceses y españoles.

La cultura cajun es una de las más interesantes, sin duda, de los Estados Unidos, ya que tuvo su “etnogénesis” en una deportación en toda regla; son los samaritanos de los Estados Unidos. En su mayoría de religión católica romana, han formado una gran comunidad que cuenta con un dialecto propio procedente del francés, el cajún, lengua que pone letra a la música típica de esta etnia reconocida oficialmente por el gobierno Estados Unidos. Su gastronomía, famosa en todo el mundo por la utilización de especias picantes, es una muestra de la riqueza de estas gentes. La población anglosajona, por su parte, y haciendo honor a su tradición, los había excluido de forma tácita de casi todos los ámbitos de la sociedad, aunque no de forma comparable con los descendientes de esclavos africanos, y había vertido contra esta población, a causa de sus diferencias culturales, numerosas patrañas, como el “catetismo de los pantanos”.

Es una suerte, y una gran riqueza, que situaciones calamitosas como una guerra nos hayan regalado el avatar histórico de poblaciones como la cajún, en cuya sociedad siguen imperando valores tan importantes como la familia, la tradición y la fe.

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