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Un pijama blanco para Federico

Andrea Reyes de Prado
@AndreaRdP


Ser pequeño en un mundo de mayores es en ocasiones algo aburrido.

El mundo de mayores de Germán Rosales estaba formado por sus padres, Miguel y Esperanza, por su tía, Luisa, y por sus siete hermanos: Antonio, Miguel, José, al que todos llamaban Pepiniqui; Luis, Gerardo, María y Esperancita. Salvo ésta última, pues María se había ido a vivir con unas monjitas, nadie tenía tiempo para él. Pero claro, ¡a qué iba a jugar él con una chica! Sabía que le querían como al que más (a pesar de que Gerardo, siempre cariñosamente, se refería a él como el perrito de los Rosales), pero en el mundo de los grandes no cabe lo pequeño. Germán no entendía por qué su familia hablaba sobre política en vez de sobre libros o animales, ni por qué ninguno se reía cuando corrían todos de un lado a otro de la casa para buscar un escondite cuando a lo lejos sonaban las campanas o las sirenas.

Germán, aunque feliz, se sentía solo en aquella casa de dos pisos y ningún amigo. Ayudaba a poner la mesa y se portaba bien, le gustaba hacer figuritas con el papel y observar insectos. Se entretenía muy bien solo, pero echaba de menos jugar con sus hermanos o amigos, que en los últimos meses salían menos de casa, como él. Dedicaba muchas horas a la lectura, animado por sus hermanos Luis y Gerardo. Lo que ninguno de los tres sospechaba es que no sería ni el charlatán Luis ni el artista Gerardo quienes revelarían al pequeño Germán su vocación: la poesía.

La suerte es como el agua, les había dicho Esperanza a sus hijos en una ocasión. Unas veces es tan sólida que, aunque esquiva, puede hasta acariciarse. Otras veces, en cambio, es líquida, y si no se tiene cuidado y no se aprovecha bien, puede resbalar y a perder echarse. Sin embargo, la mayoría de las veces la suerte es apenas niebla, vapor, vaho, nada. La suerte va y viene a unos y a otros, en diferentes estados cada vez.

La noche en la que el poeta de traje azul y pijama blanco llegó a la casa de la familia Rosales, los ojos del pequeño Germán creyeron ver en él a un delgado y curioso muñeco de nieve. Bajó del taxi despacio, tembloroso y encorvado, y se quedó quieto como esperando una orden que le desvelara su siguiente paso. Una luz en el primer piso se encendió para recibirle y, al cabo de unos minutos, cuando la luz se apagó de nuevo y Germán ya se había quedado dormido, las ventanas de la cocina se cubrieron de un frío vaho, inusual en aquel mes de agosto granadino.

Un pijama blanco para Federico 2

El poeta de traje azul y pijama blanco se convirtió, en apenas unas semanas, en el mejor amigo de Germán. Fue oír su nombre, Federico, la mañana después de su llegada, y la risa del niño inundó la casa absorbiendo por unos instantes la incertidumbre y el peligro que últimamente la acechaban. Desde aquél día Germán y Federico se volvieron casi inseparables. Relevaron a Antonio, el hermano mayor, en su tarea de cubrir el patio con el toldo, para reducir el fuerte calor del mediodía, y a su tía Luisa en la suya de limpiar el segundo piso, donde se alojaba entonces Federico. Éste pasaba largos ratos allí arriba, sumido en sus pensamientos o hablando con Luis de literatura y de viajes, pues fue él quien invitó al poeta a su casa para, según escuchó Germán a escondidas, protegerlo de las afrentas y evitarle golpes o vejaciones de gente irresponsable que podía hacerle nuevos registros. Hasta varios años más tarde Germán no comprendió que vivió la Guerra Civil española, y que su familia se ofreció a acoger a un hombre frágil e inocente que buscaba un refugio seguro en una época en la que sus ideales, tan poco definidos entonces como su futuro, no se aceptaban sin una mueca.

Germán, a mediados de aquel año de 1936, sólo se preocupaba de cuidar y disfrutar de la sencilla pero muy grata compañía de su nuevo hermano, que para su sorpresa resultó ser más tímido que él y sin duda mucho más asustadizo. Cualquier ruido le paralizaba y le hacía mover los ojos y las orejas como a un ciervo en el bosque, algo que hacía mucha gracia a Germán. Y cuando iba a haber huelga en Granada, se encerraba en su habitación y en sí mismo y no salía en todo el día. Por su casa, además, entraban y salían muchos amigos de sus hermanos mayores, los falangistas, y Federico, aunque nunca se escondió de ellos, pues enseguida se acostumbró a la casa y al día a día, les saludaba y sonreía con cierto temor.

– Todo fue la inexperiencia –recordarían más adelante los Rosales–. Éramos jóvenes y no sabíamos hacer la revolución. Si hubiéramos tenido experiencia, Federico hubiera estado oculto y se hubiera salvado…

Ajeno a ese futuro, Germán buscaba cada mediodía a Federico en la sala de su tía Luisa, donde estaba el piano. A toda la familia le relajaba oírle tocar, y eso a Germán le gustaba mucho. Sobre el instrumento, el poeta de traje azul y pijama blanco dejaba siempre el libro que en ese momento estaba leyendo y algunas hojas sueltas con notas, garabatos y dibujos. Gerardo siempre decía: “¿Ves esos manchurrones, perrito? Pues en ellos se encuentra la próxima obra maestra de García Lorca”. Pero para Germán él no era García Lorca, eso sólo era un apellido como otro cualquiera. Para él era simplemente Federico, su amable, simpático y cultísimo amigo que siempre dormía con aquel pijama blanco con el que llegó.

A pesar de que escucharle dar vida al piano por las mañanas era muy agradable, lo que más le gustaba a Germán era encontrarle esperándole en la pequeña biblioteca de la casa, cada día al atardecer. El día 15 del mes, ambos disfrutaron, sin presentirlo, de su última lección de literatura.

– ¿Qué estás leyendo?

– La ventana abierta dejaba entrar una leve brisa que despeinaba el rebelde flequillo del poeta, peinado generalmente hacia atrás.

– Los Milagros de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo.

– ¿Los cuentos?

– Sí, los cuentos –Federico sonrió a su joven aprendiz, a quien animó a sentarse junto a él sobre la verde alfombra. El niño abrió mucho los ojos, pues le encantaban los cuentos y muchas noches Esperancita, que nunca paraba de hacer cosas, se quedaba dormida antes de leerle uno.

Esperanza, la madre, que se encaminaba en ese momento a regar las aspidistras que junto con el abeto decoraban el patio, escuchó la suave voz del poeta respondiendo a las incansables preguntas de su hijo pequeño y, asomándose prudente, les observó a los dos, ovillados junto a la estantería, llenándose de cultura y de vida. Las arrugas de su rostro se debatieron entonces entre provocarle una sonrisa o una lágrima. ¿Cuántas tardes así les permitiría compartir aquella extraña España? ¿Podría volver sin temor el poeta a su hogar algún día? Quédate aquí, le había dicho su amigo Fulgencio Díez Pastor meses antes, en ningún sitio estarás más seguro que en Madrid… Pero el miedo, ay, el miedo, le aprisionó sin mesura y con bravura le había empujado y escoltado hasta su tierra.

– Escucha muy atento este fragmento, Germán:

Cuando de la grand nave     quisi fuera salir,

ca parecié por ojo     que se querié somir,

vedía que de muerte     non podía guarir,

“¡Valme, Sancta María!”,     empecé a decir,

 

Dissi esta palabra:     “¡Valme, Sancta María!”,

non podí más dizir     ca vagar non avía;

fue luego Ella presta     por su placentería;

si non fuesse por Ella,     enfogado sería.

– No lo entiendo muy bien…

– Claro, eso es porque en el siglo XIII se hablaba un castellano diferente. Mira, este cuento se llama El náufrago salvado, y trata sobre un peregrino que, gracias a su fe, es salvado por la Virgen cuando el barco en el que viajaba se hundió a causa de una tempestad.

– Ohh… –susurró German, observando con admiración las páginas del libro.

– ¿Ves aquí y aqui? La palabra ella está escrita con mayúscula, porque se refiere a la Virgen.

En ese momento, en ese insustancial y mágico instante, ambas almas se mezclaron ante la vista de Esperanza, y no fue capaz de distinguir al niño del adulto. Se alejó en silencio, discreta y entristecida, como queriendo retirarse con humildad y honor de un escenario que hacía ya tiempo que no era el suyo. Como si aquella habitación se hubiera llenado en las últimas semanas de una emoción a la que los demás miembros de la familia no podían acceder, y aquellos dos niños, habitando cuerpos diferentes, fueran sus creadores y guardianes. Se alejó en silencio, discreta y entristecida, pero feliz por haberse dado cuenta y haber podido, al menos, ser testigo de ellos por unos instantes, mientras la inocencia protegía a ambos seres de la crudeza y crueldad del mundo.

Un pijama blanco para Federico

La suerte es como el agua, cambia de estado, de lugar y forma. Y tan despacio como se solidifica en pocos segundos se evapora. Esa noche tuvo Germán el más dulce de los sueños. Era mayor, como sus hermanos, pero seguía siendo igual de niño que Federico. Estaban todos juntos en un café, estaba toda Granada en las calles. Era un día normal, un día como los de antes, alegre y soleado. Germán recitaba versos suyos y la gente le aplaudía, Federico el que más. Después hablaba con él y con Luis de los poemas, de la poesía entera, del castellano del siglo XIII. Después el ruido de las campanas que anunciaba un posible bombardeo le despertó. Ese día tuvo Germán la más agria de las pesadillas.

El ruido seco del motor y los bruscos golpes en la puerta principal sobresaltaron a la familia Rosales durante la breve siesta. Germán fue el único que vio cómo el rostro de Federico, que presto se había asomado a la escalera de mármol, se desencajó en un silencioso chirrido. Incertidumbre, temor, angustia, pavor, pánico. Quizás desesperación si le hubieran dado tiempo. Apenas un gemido, ahogado por el nudo en la garganta que le impedía gritar o llorar, desde la casa al coche, desde el refugio a la pradera.

Desconcierto y forcejeo en la casa de los Rosales, valentía y tristeza, incomprensión y súplica. Y, junto a la escalera, los ojos más húmedos y pequeños, los más incrédulos y desconcertados, y los más listos. Germán nunca olvidó aquel 16 de agosto de 1936, bajo el pesado sol de la joven tarde, cuando aquel Oakland de matrícula GR 2185 se detuvo frente a su casa, escupió a los tres hombres que irrumpieron en ella y se llevó sin motivo a su mejor amigo para nunca más devolvérselo.

Para Germán, su amigo Federico no murió fusilado. Murió segundos antes, minutos, quizás horas. Murió de miedo.

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