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Libertad

Pablo Casado Muriel
@pablo_casado


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Francia sufrió en los últimos días el ataque de varios individuos que, a pesar de ser tildados de “lobos solitarios”, comparten una serie de dogmas, creencias y objetivos. Son yihadistas. Islamistas radicales con un objetivo: destruir Occidente y los valores que representa (en gran parte de tradición católica) para conseguir el predominio de su religión o, mejor dicho, lo que ellos entienden por religión. El mejor ejemplo de la barbarie que pretenden imponer lo tenemos en Siria e Irak, con el ascenso del Estado Islámico. Pero tampoco nos podemos olvidar de otros frentes abiertos, como el nigeriano, donde los islamistas del Boko Haram, mataron el pasado fin de semana a más de 100 personas en una aldea al noreste del país.

La mecha en París se encendió en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo, donde fueron asesinadas 10 personas, incluidos seis dibujantes cómicos que se hicieron mundialmente conocidos por sus caricaturas sobre el profeta Mahoma. Una burla que les supuso la amenaza del mundo islámico radical; ya en 2011 prendieron fuego a la redacción lanzando varios cocteles molotov.

La muerte de este grupo de dibujantes, el ataque a una redacción, ha provocado un cierre de filas por la libertad de expresión, un derecho fundamental que muchos han visto atacado y que no es el único que está en juego frente a la barbarie yihadista. La repulsa contra este acto, y los otros que se han sucedido en Francia es tota: el mundo clama “Yo soy Charlie Hebdo”, y algunos medios reproducían las famosas caricaturas de la revista gala. Pero, ¿qué culpa tiene un creyente musulmán de los desmanes radicales? ¿Es necesario insultar a toda una religión por un grupo de bárbaros? ¿Puede un hombre ampararse en la libertad de expresión para faltar al respeto, e incluso humillar a todo un colectivo en algo tan esencial, e intrínseco a esa persona como son sus creencias?

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La libertad de expresión es indudable, cada cual puede decir, escribir o dibujar lo que le plazca. Por supuesto, si alguien considera que su honor se ve manchado por ese acto puede, y debe, pedir Justicia. Sin embargo, no esto último no debería ser necesario, porque la libertad de expresión debe ir acompañada de un reconocimiento mayor de principios éticos y morales que eviten que la persona se sienta vejada por las palabras de otro. El humor permite, quizá , más margen, pero en términos coloquiales, debería cumplir la máxima de “reírse conmigo, pero no de mi”.

No defiendo la violencia en ningún caso para hacer valer el honor personal. “Vengamos al Profeta”, gritaban los yihadistas en la redacción de Hebdo… Pero considero que también es violento para un creyente ver como algunos de los pilares de su vida son ensuciados. Sea cual sea la religión que se manche.

Tampoco considero necesaria una mayor regulación de la libertad de expresión, no se le pueden poner puertas al campo. Quizá lo necesario es que cada persona, y en mayor grado los periodistas, opinión makers o cómicos, reflexionen sobre aquello que van a decir, escribir o dibujar antes de hacerlo. Piensen, pensemos, por un momento, si nuestras palabras pueden herir a otras personas. Una cosa es remover la conciencia y otra bien distinta es insultar esa conciencia. La libertad es el mayor regalo que nos dieron los dioses, bien es cierto. Un valor que debe ser defendido contra la barbarie y el fanatismo. Pero un valor que también debe ser cuidado y atendido, o convertiremos la libertad en un arma más para destruirnos los unos a los otros.

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2 Responses

  1. Buen artículo, pero lamentablemente no estoy de acuerdo, así que vamos a discutir.

    También es necesario que los creyentes o los destinos de las sátiras posean sentido del humor, para reírse y no tomarse tan en serio las sátiras, que al fin y al cabo son eso, sátiras. El humor tiene que reírse de los demás, porque esa risa de los demás es la esencia del humor. No es un problema de insultos, sino de falta de inteligencia para saber reírse de uno mismo.

    Otro caso sería que ese humor atentara directamente contra la dignidad de una persona física concreta, no sujeta a las libertades de sátira que ofrecería un estatus público.

    1. Pablo Casado Muriel

      Te voy a poner un ejemplo: me encanta “La vida de Brian” y sin embargo no me parece nada graciosa la portada en la que la Santísima Trinidad se sodomiza… una cosa es humor inteligente y con un toque ácido y otra distinta es una ofensa directa, una humillación.

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