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La relación ciencia y fe

Andrés García Infante
@Andres_EduardoG


“El mundo de los seres animados refleja premeditación, sabiduría, grandeza”. Louis Agassiz. Biólogo, catedrático de la Universidad de Harvard.

En el presente artículo me gustaría abordar, brevemente, la relación existente entre la ciencia y la fe religiosa. Siendo consciente de la complejidad del tema, no pretendo en modo alguno agotar la cuestión, ni resolver todas las dificultades que el tema presenta (¿cómo podría hacerlo?). Mi intención, mucho más modesta, consiste en realizar una breve reflexión que aporte algo de luz a los posibles lectores, al tiempo que contribuya a desbrozar el camino a una comprensión mucha más equilibrada de una cuestión que es, sin duda, apasionante y compleja.

En primer lugar, me gustaría señalar que no es del todo precisa la contraposición entre ciencia y fe, dando por hecho que la primera se refiere a un conocimiento cierto y la segunda a mera creencia subjetiva. También debemos señalar que la fe es una realidad más amplia de lo que pensamos, siendo la fe religiosa una manifestación más de dicha fe. En efecto, la fe humana es la que antecede a todas las manifestaciones concretas de fe, tales como la fe en un amigo, en Dios, en el médico, el técnico del taller… La inmensa mayoría de conocimientos que una persona adquiere a lo largo de su vida se sitúan en el campo de la fe humana (herencia cultural).

En definitiva, todo marco de comprensión tiene su pre-comprensión no justificada a priori sino a posteriori. La ciencia parte de la fe en la inteligibilidad del universo (pre-comprensión) que fundamenta su nacimiento y desarrollo y sólo puede ser justificada a posteriori (a medida que se demuestra que nuestra mente guarda correlación con la realidad externa, en cuanto que somos capaces de establecer enunciados descriptivos precisos de la realidad).

En segundo lugar, me gustaría señalar que es muy importante que tengamos presente que la realidad es sumamente compleja y que, por eso mismo, se resiste a ser conceptualizada por una sola disciplina del conocimiento. Frente a un reduccionismo miope se impone como necesidad la interacción de los “diversos mapas de la realidad”. En este sentido, cabe recordar que la ciencia es una rama más del conocimiento -valiosa sin duda- pero no la única.

En efecto, la ciencia es muy útil para explicar el cómo de las cosas, pero no el porqué y el para qué. Precisamente, estas últimas preguntas -las grandes cuestiones- son las que más interesa al ser humano en cuanto que persona: ¿por qué existe algo en lugar de nada? ¿para qué existe el universo? ¿mi vida tiene sentido? ¿hay vida tras la muerte? La ciencia tampoco puede responder a preguntas de índole moral o estético. Por ejemplo, qué experimento científico (y por ciencia nos referimos exclusivamente a las ciencias duras) puede decir si torturar a un niño está bien o está mal. Qué ecuación puede decirme si un libro es bueno o no; ¿puede reducirse el Quijote a la composición química del papel y la tinta? Es como cuando le preguntaron a A. Einstein:“¿Cree usted que finalmente podrá explicarse todo en términos científicos?”- y él dijo: – “Tal vez, pero no tendría sentido. Sería como si, en lugar de escuchar una sonata, me presentasen un gráfico de las variaciones de presión atmosférica mientras están tocando los instrumentos. Eso no es la música.”

Así pues, es necesario tener presente que la ciencia, la teología, la filosofía… son modos parciales y complementarios de acercarse a la realidad, cada uno según su propia metodología. En el momento en el que no se respetan los campos propios de estudio se produce un salto metodológico ilegítimo. Esto ocurre en ambas direcciones: religiosos que pontifican sobre cuestiones científicas contra la evidencia empírica y científicos que pontifican con mayor o menor acierto sobre cuestiones teológicas o filosóficas. Ejemplo del primero son los creacionistas (lectura literal del Génesis) y ejemplo de lo segundo lo tenemos cuando científicos, como S. Hawking afirman que el universo se creó de la “nada” sin Creador, cuando por “nada” se refieren al vacío físico (que es “algo”, pues está lleno de energía y ondulaciones de materia). Ese vacío físico no hay que confundirlo con la nada filosófica, que es la ausencia total de ser. Vemos entonces el mal uso de la filosofía por parte de estos científicos al confundir la “nada ontológica” con la nada del vacío físico, que es “algo”. En efecto:

“Las ciencias presuponen la existencia del mundo que nos rodea y tratan de dar una respuesta a la pregunta acerca de cómo está constituido, qué leyes lo rigen e incluso cuál ha sido su origen físico; pero no entran en la cuestión del sentido ni de la razón de su existir. Este problema es el que siempre se le escapa a la ciencia y sobre el cual tenemos todo el derecho a hacernos preguntas”. Agustín Udías. Catedrático emérito de Geofísica en la Universidad Complutense de Madrid.

Por otra parte, aunque S. Hawking suele ser utilizado como bandera del ateísmo científico hay que señalar que otros muchos científicos, tanto o más brillantes que él -algunos de ellos han sido galardonados recientemente con el premio Nobel- discrepan de sus posiciones respecto a la cuestión de Dios. Ciertamente la cuestión de Dios -al igual que muchas otras- cae fuera del alcance de la ciencia. Ésta no puede ni afirmar ni negar su existencia. Sin embargo, sostengo que sí puede abordarse esta cuestión desde la lógica filosófica, que es la que estudia y procesa los descubrimientos de la ciencia. De este modo, hay una filosofía de la ciencia que ve en la estructura y orden del universo el indicio de la existencia de Dios -postura teísta- y existe una filosofía de la ciencia que considera que el universo se creó a sí mismo -postura atea-. Sobre la reflexión de una y otra habrá que dilucidar qué marco epistemológico se adecúa mejor a la realidad, si la postura teísta o la atea. Volviendo a A. Einstein, él afirmaba:

‘No soy ateo y no creo que me pueda llamar panteísta. Estamos en la misma situación que un niño que entra en una biblioteca enorme llena de libros escritos en muchos idiomas. El niño sabe que alguien debe haber escrito esos libros. No sabe cómo. No entiende las lenguas en las que fueron escritos. El niño presiente oscuramente un orden misterioso en la disposición de los libros, pero no sabe cuál es. Tal es, me parece a mí, la actitud de hasta el más inteligente de los seres humanos ante Dios. Vemos un universo maravillosamente ordenado y sujeto a ciertas leyes. Nuestras mentes limitadas intuyen la fuerza misteriosa que mueve las constelaciones’, del libro Einstein y la religión‘ (2002)

Nuevamente, hay que centrar el enfoque. La teología estudia la creación, desde el big-bang hasta el tiempo presente, afirmando que la creación es continua, evolutiva y que el Creador habría dotado al universo de unas leyes y autonomía para que éste fuera estructurándose a sí mismo. La ciencia estudia el mecanismo, pero no puede decir nada del agente. Afirmar que puesto que conocemos en ciencia el mecanismo de algo conocemos su agente es un absurdo filosófico; al igual que es un absurdo filosófico y teológico poner a Dios allá donde nuestro conocimiento no llega (el Dios tapa-agujeros), ¡como si Dios no lo sustentase todo!

El catedrático de matemáticas de la Universidad de Oxford, John Lennox (en su libro: “God’s Undertaker: Has Science Buried God?”), provee un excelente comentario sobre esta falacia lógica en relación al pensamiento ateo del “Dios de los Agujeros.” Imaginemos un coche de motor de Ford.

Ahora imagina que alguien, en un lugar remoto del mundo está viendo este auto por primera vez y no conoce sobre tecnología moderna. Es posible que piense que hay un dios (el Sr. Ford) dentro del motor. Claro, si luego desarma el motor se dará cuenta de que adentro no está el Sr. Ford. Si después estudia ingeniería, podrá explicar cómo funciona el motor, sin la necesidad de que el Sr. Ford esté dentro de él.

Hasta ahora, todo bien. El problema estaría si la persona decide que, porque entiende cómo funciona el motor del coche, es imposible pensar que existe un Sr. Ford que lo diseñó desde un principio. Esto es falso. En la filosofía se conoce como un error categorial. Lennox continúa afirmando:

El problema básico es que aquellos con una inclinación ‘cientísta’ (no ser confundida con ‘científica’) – como [los ateos] Atkins y Dawkins – no logran distinguir entre mecanismos y agencias. En términos filosóficos, ellos hacen un error categórico elemental cuando argumentan que, porque hemos entendido los mecanismos que explican un fenómeno natural, no hay un Agente que lo diseñó. Cuando Sir Isaac Newton descubrió la ley de la gravedad, no dijo: ‘He encontrado el mecanismo que explica el movimiento de los planetas, por lo tanto no existe un Dios que lo diseñó.’ Todo lo contrario: precisamente porque entendió cómo funcionaba, fue movido a mayor admiración por el Dios que lo diseñó de esa manera.” [aquí el libro online]

Por esta razón se explica que hay científicos ateos, pero también otros muchos creyentes. Con todo, y al margen de otras consideraciones, es la propia inteligencia humana la que se erige como misterio frente a los reduccionismos. ¿Es el universo fruto del azar o de la razón? ¿puede el azar ciego engendrar  la razón? Si el universo es irracional, ¿por qué se ha dado la inteligencia dentro de él? La inteligencia no parece algo extraño al cosmos -orden-. Es increíble pensar que el ser humano, con su razón, puede remontarse desde este minúsculo planeta hasta los momentos iniciales del origen del universo.Por todo ello, la mente humana, la razón, puede ser también un indicio o reflejo de la razón creadora, en cuanto que el universo es inteligible y puede codificarse a la perfección por las matemáticas… ¡un lenguaje humano!. En efecto, la inteligencia humana no es reducible tan sólo a la materia:

El reduccionismo* científico ha degradado increíblemente el misterio humano, con sus pretensiones de un materialismo prometedor de explicar todo el mundo espiritual en términos de patrones de actividad eléctrica neuronal. Esta creencia tiene que ser calificada como superstición”. J. Eccles.Neurofisiólogo australiano, célebre por su trabajo sobre el mecanismo iónico de excitación e inhibición de las sinopsis cerebrales. Premio Nobel de Medicina.

Por otra parte, me gustaría abordar brevemente un tema recurrente que suele rondar nuestra cabeza cuando tratamos estos temas. Me refiero a la compatibilidad entre el concepto de milagro y la ciencia o, formulado de otro modo, ¿puede Dios interactuar con el mundo de forma directa?. Considero que debería hacerse una precisión. Si por milagro se entiende la ruptura o suspensión caprichosa de las leyes de la naturaleza, o la invalidación de la naturaleza descriptiva precisa de la ciencia, entonces sí, hay que afirmar que son incompatibles. Sin embargo, la teología no los considera así. Los milagros son un acto voluntario y libre del Creador por medio del cual el orden natural es elevado y salvaguardado de la finitud y contingencia del proceso físico, sin que por eso quede anulada la ley física general. Esto no debe sorprendernos, lo mismo ocurre cuando el hombre, haciendo uso de su inteligencia y libertad, revierte el proceso de una enfermedad, construye un embalse, cambia el curso de un río o inventa la forma de contrarrestar a la fuerza de la gravedad. Si la ciencia no se viene abajo por el uso de la libertad y creatividad humana, ¿por qué habría de venirse abajo por la acción de Dios? A lo anterior hay que añadir que para el cristianismo Dios no está meramente fuera del sistema creado, sino en medio, sosteniéndolo y llevándolo a su plenitud. La teología afirma -y esto casa bien con la ciencia- que la creación no sucedió en un momento del pasado, sino que es continua porque Dios crea, sostiene y lleva a su plenitud al universo contingente y finito. (Es muy interesante el estudio sobre los milagros que hace Manuel Carreira, Jesuita doctor en Física, Teología y Filosofía. Él ha trabajado en la NASA desarrollando un sistema láser para los satélites).

cienciafe

Así pues, centrándonos de nuevo en la fe cientificista (aquella que desborda las capacidades propias del método científico), aunque se llegue a una teoría del todo (y es muy interesante apreciar las implicaciones teológicas del big-bang, en cuanto que es un inicio total de tiempo, espacio y materia) habría que tener en cuenta lo siguiente:

“(La Teoría de Todo) no sería ni con mucho suficiente para desvelar las sutilezas de un universo como el nuestro… No hay fórmula capaz de encerrar toda la verdad, toda la armonía, toda la simplicidad. Ninguna Teoría de Todo puede, siquiera, proporcionar una visión total. Porque ver a través de Todo, nos llevaría a no ver nada en absoluto”   John David Barrow Matemático, cosmólogo y divulgador científico británico Profesor en la Universidad de Cambridge. El propio S. Hawking señaló, sosteniendo una opinión distinta sobre la cuestión de Dios, esta problemática en su obra “Breve historia del tiempo”:

“(Al estudiar el cosmos) hay una abrumadora impresión de orden. Cuanto más descubrimos sobre el universo, más constatamos que está gobernado por leyes racionales… Incluso si sólo hay una teoría unificada posible (la Teoría del Todo), se trataría simplemente de un conjunto de leyes y ecuaciones. ¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y hace que haya un universo que (esas ecuaciones) puedan describir?   Todavía tenemos la pregunta: ¿Por qué el universo se molesta en existir? Si se quiere, se puede definir a Dios como la respuesta a esa pregunta”.

Llegados a este punto es preciso señalar nuevamente que la realidad es absolutamente poliédrica. Hay que tachar de superstición aquella creencia que afirma que sólo existe lo que puede entender la inteligencia humana. Como afirma Olivier Rey, matemático y filósofo de la ciencia, profesor de la Universidad de París:

“Ser racional no significa considerar que la razón es competente en todo, sino reconocer que tiene sus límites. Y éste es el motivo por el que no hay oposición entre razón y Misterio, entre razón y fe, porque ser verdaderamente racionales y razonables significa entender que la razón es soberana en su orden, pero que no lo es en otros órdenes”.

Finalmente, aunque la ciencia no puede probar la existencia o inexistencia de Dios, considero que nos brinda un conjunto de elementos que pueden constituirse en indicios sólidos que apuntan a la existencia de una Mente Creadora. La ciencia, contra el difundido estereotipo, puede ser una vía de acceso a Dios. Es más, no puede desarrollarse una teología seria si no se tiene en cuenta la imagen del mundo que nos proporcionan las ciencias de la naturaleza.

“Para una parte de la opinión pública y del mundo intelectual la Ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y los científicos son todos necesariamente ateos. Pero hay quien lo ve de otra manera, asegurando que la Ciencia puede acercar al hombre a Dios pues le permite comprender mejor su obra, del mismo modo que quienes tienen educación musical aprecian mejor un cuarteto de Beethoven”.Antonio Fernández-Rañada. Físico español, catedrático de la facultad de Física de la Universidad Complutense de Madrid.

Espero que este breve artículo haya contribuido, por lo menos, a derribar en el lector el viejo estereotipo que tiende a abrir un foso infranqueable entre la ciencia y la fe religiosa. Ciencia y fe son dos formas de conocimiento que no agotan la realidad. Ésta es siempre mayor.

“En el curso de mi vida me he visto repetidamente obligado a meditar sobre la relación entre estas dos regiones del pensamiento (ciencia y fe), pues nunca he sido capaz de dudar de la realidad de aquello hacia lo que ambas (conjuntamente) apuntaban”. Werner Heisenberg. Físico, formuló el Principio de Incertidumbre. Premio Nobel de Física, 1932.

4 Responses

  1. Juan Pablo II

    “La ciencia puede purificar la religión del error y la superstición; la religión puede purificar la ciencia de la idolatría y de los falsos absolutos. Cada una de ellas puede atraer a la otra a un mundo más amplio; un mundo en el que ambas puedan prosperar.”

    Juan Pablo II en Cunningham, C. “La piadosa idea de Darwin: ¿Por qué se equivocan igualmente ultradarwinistas y creacionistas?” (Nuevo Inicio. 2015)

  2. José Gregorio

    Lúcido y valiente. Lo he disfrutado muchísimo, es un aporte importante para mí. Gracias por publicarlo, no conocía esta web y ha sido un maravilloso debut hacerlo con este artículo.

  3. Andrés

    Muchas gracias a los tres por sus intervenciones y amables palabras.
    Me alegra mucho ver que han encontrado mi escrito interesante.

    Gracias.

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