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El humanismo como salvación

Pablo Casado Muriel

No soy el primero en decir que la crisis económica que vivimos viene precedida de una brutal crisis de valores y de identidad. El mundo está como está y nos importa más la recuperación monetaria, a cualquier precio. Sin embargo, casi nadie se fija en la sociedad, en el mundo desalmado en que vivimos.

Muchos de nuestros jóvenes han perdido todo viso de dignidad. Su espacio y su tiempo se limitan a la tensa espera del fin de semana, a salir de fiesta. Su cuerpo es un templo del hedonismo. A nadie le da pudor comentar la manera con la que satisface sus más básicos instintos. La palabra amor ha perdido todo su contenido. El respeto a la familia, la tradición, y a valores universales como el honor o la bondad, es un motivo de chiste.

La culpa no es solo de la juventud. Hay que mirar más arriba. Las escuelas son un mero centro de adiestramiento, por lo general. A nadie se le ocurre enseñar a sus alumnos a reflexionar, a abrir su mente a la crítica, a darse cuenta de que el hombre es el centro, de que somos capaces de pensarlo todo. La filosofía y la ética han quedado reducidas a una serie de moralinas sin contenido, sin una trascendencia real. La filosofía ya no es un modelo de vida, ya no se busca la verdad.

La Historia es algo de lo que avergonzarse, un arma arrojadiza para apuntalar en barro vanos ideales políticos. El arte se reduce a lo feo y lo bonito, o al vanguardismo extremo. La estética como trascendencia es ya casi un sueño. La literatura se ha convertido en la producción casi automática y mecánica de obras diseñadas para ser consumidas como la comida rápida.

Y la religión, o mejor dicho, Dios, la mayor expresión de la trascendencia del mundo, de todo lo que nos rodea, de nosotros mismos y del alma humana. La Divinidad es vejada, olvidada, despreciada. No interesa pensar en que algo viene después porque nos limita para vivir “a tope”.

Este es el panorama que podemos ver hoy  día, esta es la situación real del mundo. Y ahora… ¿qué?. Ante el solar que contemplamos podemos caer en el fatalismo, el nihilismo o el quejismo, y vivir una vida vacía. O podemos, en cambio, recuperar la luz, el estudio, los valores y la fe.

Es el momento de volver a los clásicos. El heroísmo de Homero, la crudeza de Sófocles o la retórica de Cicerón. Pero no solo a los Antiguos, es el momento de sentir el amor de Garcilaso, el de Lope, el de Quevedo… Es el momento de saber que llevar el mal camino conduce a galeras.

Es el momento de mirar atrás, de contemplar la historia y aprender de ella. Lo bueno y lo malo. Sin ninguna distorsión, con sus luces y sus sombras, pero con verdad. Los modelos del pasado son buenos espejos donde mirarse: el liderazgo de Alejandro Magno, el humanismo de DaVinci, el carácter reconciliador de Adolfo Suárez…

Es el momento de la reflexión, de la filosofía, de la búsqueda de la verdad y de vivir en torno a ella. De comprender que la ética no es relativa. Que lo bueno es bueno y lo malo es malo. Es el momento de saber que el hombre es el centro de la creación, que todo lo podemos abarcar y que esa debe de ser nuestra meta final.

Es el momento de mirar más allá. De comprender que no estamos en este mundo de casualidad y que no estamos para no hacer nada. Que tenemos un camino que recorrer y que Dios nos ayuda a caminarlo. Que la Cruz existe, que nos tocará sufrirla y que tendremos que cargarla con dignidad, con la certeza de que seremos recompensados.

Continúa el camino...
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