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De corazón

José Luis Ortega Lanuza


Al comenzar el cuarto curso de Medicina, se nos planteó a los alumnos de la Universidad Católica de Valencia la posibilidad de llevar a cabo un voluntariado médico en Filipinas. El coordinador de este viaje fue nuestro profesor de traumatología, participante activo en la ONG Avassv Universitas.

El voluntariado consistió en ofrecer ayuda sanitaria a quienes no pueden permitirse atención médica debido a su elevado coste. A finales de noviembre éramos ya un grupo de ocho personas dispuestos a lo que hiciera falta, y con el curso recién terminado, partimos hacia el otro lado del mundo: ocho jóvenes estudiantes de medicina con la sensación de no saber hacer nada, y de que los cuatro años de conocimientos que tanto nos habían costado meter en el cerebro, ahora se esfumaban conforme nos acercábamos a nuestro destino.

Pasaron varios días de viaje hasta nuestro primer destino: la isla de Marinduque, Gasan. Esta zona de la isla estaba formada por varios barangays (barrios), y cada día venía gente de un barangay distinto a vernos, y a partir de ahí todo fue pasar consulta (sí, a pesar de ser estudiantes pasamos consulta como cualquier médico de familia en España).

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Nos recibieron con flores, collares, coronas e incluso bailaron en nuestro honor. Se puede hacer uno la idea de la sorpresa que nos llevamos frente a tal recibimiento, pero sobre todo, ante la confianza de la gente, que depositaba en nosotros su salud, y en algunos casos hasta sus vidas. Para mí al menos, la presión del momento fue titánica, pero por suerte también contábamos con algunos médicos locales que nos ofrecieron sus consejos y recomendaciones (ni siquiera hablábamos el idioma del país).

¿Por qué entonces la gente decidía andar varias horas al día para venir a ver a unos estudiantes? En Filipinas, el nivel de pobreza es elevadísimo y allí la sanidad hay que pagarla, por eso la gente venía a realizarse chequeos o a por medicinas que dábamos gratis a aquel que lo necesitara. Uno no se hace una idea de cómo está la situación hasta que una mujer te dice que no puede ir al médico a menos que sea cuestión de vida o muerte, porque para pagarse solo el transporte, sus cuatro hijos y ella tendrían que reducir las comidas a una por día durante una semana. No estoy hablando de que el transporte sea caro ni mucho menos, hablo de cincuenta céntimos o un euro como mucho. Estas situaciones hacen que empieces a darte cuenta de la suerte que tienes y de lo poco que apreciamos las cosas que tenemos y nuestro estilo de vida.

Cuando hablo de que venía gente a que los examináramos, no estoy hablando de 20 ó 30 personas, hablo de una media de entre 150 personas al día, o más. También es verdad que mucha gente venía solo a pedir vitaminas para los niños, pero muchos presentaban patología graves que en nuestro medio apenas vemos y mucho menos en estadios tan avanzados.

Filipinas

La semana se nos pasó volando, entre el ajetreo de las consultas, las risas y juegos de los niños y las lluvias repentinas… nos dimos cuenta de que ya tocaba partir de esa maravillosa parte del mundo llena de gente amable y entregada para ir al siguiente destino: una clínica dirigida por unas monjas situada en Quezon City, al noreste de Manila. Las monjas pertenecientes a la congregación de Las Siervas de María nos recibieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron todo lo que tenían.

En la clínica estuvimos con una doctora española y ginecóloga Natalia Fischer Suarez, que también supuso un gran apoyo para nosotros a la hora de asistirnos en algún procedimiento mínimamente quirúrgico o para confirmar algún diagnóstico dudoso.

La diferencia de un sitio a otro se hizo notable, ya que en Marinduque pasábamos consulta en un polideportivo y poder disponer de consultas independientes fue una gran ayuda para poder agilizar las cosas y mejorar la asistencia que dábamos a la gente. También teníamos más medios a nuestro alcance, como una máquina de rayos X o un laboratorio para realizar pruebas diagnósticas. En Marinduque, sin embargo, solo teníamos nuestras manos y el fonendoscopio.

Pasamos una semana igual o más caótica que la anterior viendo cientos de pacientes al día e incluso visitamos a algunos enfermos en los barangays, lo cual supuso un impacto tremendo para todos debido al baño de realidad que nos llevamos. Vimos niños que dormían en el suelo desnudos, y otros que jugaban en aguas estancadas y sucias, gente que compartía casa con cientos de insectos… pudimos responder la pregunta que muchas veces nos hicimos: ¿cómo pueden haber cogido esto? Todo cobraba sentido.

El viaje estaba destinado a ayudar a otra gente, pero realmente la gente que hemos conocido, todas las personas que hemos visto, los gestos de amabilidad y sinceridad que hemos recibido… todo ello nos ha aportado mucho más a nosotros de lo que nosotros hemos podido hacer. Fueron unas semanas en las que nos fuimos ocho amigos y conocidos, y volvimos como una familia, unidos por un vínculo y uns experiencia que difícilmente son trasmisibles a menos que uno las viva en su propias carnes.

Hemos visto muchas cosas que han sido duras; niños con tuberculosis avanzada que puede que no vivan siquiera un año más, una chica de nuestra edad en la misma situación, gente viviendo día a día como puede y muchas veces sacrificando lo poco que tienen a favor de sus hijos y sus familias. Pero cada una de estas personas tenía algo en común y es que todos eran felices, todos sonreían y eran amables con el resto, en sus ojos tan sólo se veía una paz infinita e hizo que me diera cuenta de que no hace falta tenerlo todo para ser feliz, de que ser feliz es una opción que muchas veces rechazamos muy a la ligera para intentar conseguir algo material y efímero que no nos aportará nada.

Este viaje me hizo mejor persona o al menos más consciente de una realidad que la gente desconoce y que no por ello es menos importante. Ya hace varios meses que volvimos y sigo acordándome de todos aquellos momentos que tuve la suerte de compartir con mis amigos y compañeros. Desde aquí invito a todo aquel que se haya planteado hacer algún tipo de voluntariado alguna vez a que lo haga, porque es una experiencia que merece la pena vivir.

Gracias a todos los que hicieron esta experiencia posible, gracias de corazón.

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