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Camino de Santiago

Pablo Casado Muriel
@pablo_casado

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En la fachada de las Platerías de la catedral de Santiago de Compostela puede verse un Crismón en el que los habituales Alfa y Omega están invertidas: Omega y Alfa. Al final de la peregrinación, en Santiago, comienza el Camino,  comienza la vida. Esta historia, esta pequeña crónica de 200 kilómetros de peregrinación, comienza por el final.

Ante la tumba del Apóstol, ante los restos de uno de los amigos de Jesús, aquel que lo vio en la Transfiguración, y aquel que lo vio sufrir en el monte de los Olivos, todos los dolores que pesan sobre el cuerpo después de 8 días de caminos, sudor y cansancio se esfuman. Frente a Santiago solo hay agradecimiento y esperanza.

Durante la segunda etapa de mi camino, la que me llevó de Mondoñedo a Villalba, unos 40 kilómetros para las piernas, mi amigo Maqueda, me dijo: “estas cosas no las podemos hacer solos. Gente sin preparación no puede hacer todo este esfuerzo de un día para otro sin ayuda”. No pude estar más de acuerdo entonces ni ahora. El Camino de Santiago es uno de los mayores ejemplos de que con ayuda de Dios todo es posible. El Camino es la vida reducida a unos cuantos días. Es avanzar hacia una meta, es sufrir, es pensar que no se puede más, es pensar que todo se puede, es verlo negro y verlo claro. La plaza del Obradoiro, la mirada puesta sobre la fachada barroca de la catedral, sobre el Apóstol sonriente que recibe a los peregrinos, es un fragmento de la Gloria.

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El Camino también es amistad, la durezas son menores acompañado de aquellos que sabes que te quieren y te apoyan, por eso, mi Camino también es el de Fran, Iñaki, Pablo, Miguel, Lliguín, Cerezo, Tomás y David, ellos han sido mis compañeros estos días. Pero también es de Andrea, y de Fernando, de mi padre y de mi madre, de mi familia, y del resto del Cónclave. Ellos son también mi vida, el verdadero peregrinar. Por eso, ante el Apóstol todos estuvieron presentes junto a mí.

No es mi intención hablarles a ustedes de las diferentes etapas recorridas, de las iglesias visitadas o los pueblos atravesados. No voy a descubrirles los montes gallegos, sus colores y sus ambientes.

Les hablo del camino de la vida, ese que durante las horas en las la mochila pesa y los pies duelen eres capaz de vislumbrar y reconocer; ese que persigues y buscas, como las flechas amarillas que llevan a Santiago de Compostela; ese que con la ayuda de Dios y la intercesión del Apóstol, al que visité, espero encontrar.

La plaza del Obradoiro, la mirada puesta sobre la fachada barroca de la catedral, sobre el Apóstol sonriente que recibe a los peregrinos, es un fragmento de la Gloria

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Pórtico de la Gloria

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