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Aeropuertos

Autor invitado / Fran Rico Rodríguez

Cuando uno es pequeño, sueña con recorrer todos los lugares del mundo por lejos que parezcan. Uno leía cuentos con historias de la India, la Patagonia, el Kilimanjaro o la Antártica y soñaba con que algún día sus pies pisaran lugares donde muy pocos aventureros habían pisado y de esta manera, conocer lugares desconocidos por los occidentales.

“Todo pasa y todo queda”, que diría el poeta. A las masas les gustan las monstruosidades, los espacios grandes, edificios de hormigón y estar comunicados sin perder un minuto en la vida. Se puede cruzar el mundo en menos de un día… ¿Y ahora qué? Los aviones queman toneladas de fuel que esparcen por el aire que respiramos. Pero antes, un ciudadano pierde la esencia de comprar un tique, de una despedida en un aeropuerto -aunque prefiera las de estaciones de tren-, el qué pasará cuando llegue al destino soñado. Las tecnologías se imponen en todas las partes del globo: lo que antes era mirar los ojos de la taquillera, ahora es apretar un botón mientras tomas un café en casa; lo que era una “hasta pronto”, se convierte en un pitido de mensajes en un teléfono móvil. Y lo que es peor: cuando llegas a ese sitio soñado, a un rincón del mundo que leías en los cuentos, abres los ojos y no sabes si estás en Madrid, Londres, Estambul, Marrakech o Tokio.

Sea por Low Cost o no, viajar en avión ha pasado a ser un vicio en lugar de algo único. Es cierto que por una cantidad muy reducida de dinero, la gente de a pie podemos recorrer países que hace algunos años era impensable. Pero el lujo de viajar, algo elegante y divertido, pasa a ser unas horas horribles en una lata de sardinas con alas que muchas veces no sabes si el sonido del motor será el último suspiro de tu vida. Todo es global, negocios y turismo. Antes se hacían las Indias en busca de prosperidad, en la actualidad uno hace las Indias por la mañana y por la tarde ya está en casa para comer.

Patagonia - Torres del Paine

Aeropuerto Internacional de BangkokPor no olvidar las monstruosas cristaleras de los aeropuertos. Por fuera, muchos parecen obras de arte sin gusto, eternas columnas de cemento que dibujan formas en el aire. ¿Pero su interior? Como los nuevos artificios creados por el hombre, no tienen corazón. Dos horas antes hay que llevar el equipaje a la cinta de check in, después tienes una hora y 50 minutos para recorrer los fabulosos corredores kilométricos que venden el duty free como si de El Dorado se tratara. Se puede leer en diferentes áreas: “¿A quién no le gusta el duty free? No importa que no te guste, el improvisado centro comercial de paso no tiene oídos para escuchar tus quejas, tampoco el guardia de seguridad que, con cara de funcionario, exige que te quites los zapatos y que no lleves la colonia a mano. -¡Oiga! ¿Acaso tengo cara de terrorista?- Él no lo sabe, simplemente sabe que de cada 10 personas 3 deben quitarse los zapatos por si guarda explosivos… ¡¿Explosivos en los zapatos?! No, jachís, mariguana, cocaína, tripis… Todo cabe esperar.

También causa sensación la cara de los guardia civiles que observan atónitos la poca sutileza con la que el funcionario de seguridad trata a “sus clientes”. El viajero, cruza la mirada con la benemérita en un intento de “por favor, no deje que este empleado siga aprovechándose de mi hora y cuarenta minutos que me queda para coger una lata de sardinas que me lleve lejos, no sé dónde, pero lejos del control de seguridad, del de pasaporte, del consumismo aeroportuario y de los largos pasillos que me dirigen a una puerta con nombre de nave espacial, esta vez, la A-243”. Con lo fácil que sería llamar a cada puerta de embarque con una frase que haga “viajar”. Por ejemplo, a nadie se le ocurre una puerta tal como “Érase una vez” o “fantasía”.

Los viajes son vida y la vida es un sueño, ¿por qué despertar? ¿Qué pasaría si se siguiera comprando el billete en taquilla, hubiera unos controles de seguridad no mecanizados y en lugar de las gigantescas tiendas sin impuestos hubiera un parque  con árboles y jardines donde pasar la hora y 30 minutos de espera hasta que llega el vuelo?

Es más fácil describir el cielo que diseñar un mapa para llegar a él. Pues bien, hemos sido capaces de hacer lo segundo con grandes escuadras, cartabones y compases.

La cosa no deja de preocupar cuando pasan las horas en el aire y la lata se deja caer hacia el destino. El aeropuerto sigue siendo un gran edificio del siglo XXI. En Tailandia, Sudáfrica, México, Barcelona, Frankfurt uno cree estar en el mismo punto de partida porque nada cambia, todo sigue igual. La decadencia ha llegado a las puertas de las casas. Claro está, que cada cultura sigue guardando los rasgos que la hicieron única, pero esa esencia cada día late con menos ganas, es muy difícil luchar contra los grandes almacenes, la comida rápida, las aglomeraciones, las economías duales, el barril de crudo, los semáforos, las discotecas… El todo vale.

Las ciudades ya no sorprenden a los ojos de Occidente, o al menos algunas partes de ciudades que hace veinte años no se pensaba que tuvieran el crecimiento económico tan grande del que han sido protagonistas. A cambio, las callejuelas que dan a la parte trasera de las boutiques francesas están llenas de niños recogiendo cartones y de hombres, en definitiva, sin nada que llevarse a la boca. Crece la desproporción dentro del propio país en un intento de ser igual que Europa. Mi mirada se queda vacía al no poder descubrir algo nuevo, posiblemente ingenuo, pero que podría convertirse en mi pequeña historia que un día podría contar a mis compañeros.

Floresta do AmazonasPor suerte, la selva del Amazonas seguirá siendo un lugar por descubrir, el Polo Norte un paraíso anti-civilización y las cataratas del Niágara, si los flashes y los chubasqueros lo permiten, una caída de agua que impresionará al que crea haber visto todo. Eso sí, hay que darse prisa antes de que todos seamos iguales. Stanley ya encontró al doctor Livingstone -supongo-, hace 141 años y Colón llegó a América en 1492. Por el este, Marco Polo se paseaba por la India y Amudsen tenía los dedos de los pies congelados un 11 de diciembre de 1911 en un lugar muy al sur.

Iceberg en la Antártida

Los viajes actuales de pobres de espíritu, de compañías low cost, los centros comerciales y, en definitiva, el Nuevo Occidente, no podrá trazar una ruta en un mapa para llegar a lugares tan lejanos como Macondo, la Tierra Media o algún lugar de La Mancha. Sí, ya tengo la tarjeta de embarque con mi pasaporte, previo pago de visado, para lanzarme a la conquista de otra historia que cada vez se hace más difícil de contar. ¡Qué pena! “Last call to passengers with flight 0037…”

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