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Un compañero errante

Fernando Bonete Vizcaino

Mahler nacía en 1860, concretamente el 7 de julio en Kalischt, Bohemia, entonces parte del imperio Austro-Húngaro, y fue educado en Praga y finalmente en Viena, donde asistió a clases tanto de la Universidad como del Conservatorio. Componía su primera obra importante con solo veinte años, Das Klagende Lied. Es ahí, en los inicios de su vida, en plena juventud, donde hallamos la verdadera esencia compositiva del indiscutible genio: el lied.

No por ser esta una época temprana de su carrera fue por ello menos exitosa. En estos años ya ha comenzado a dirigir teatros de ópera, primero en pequeñas ciudades, más tarde en los centros culturales más importantes de Europa, como Praga, Leipzig y Budapest. Sin embargo, su aportación de mayor relevancia como ejecutante la realizó como Kapellmeister de la Ópera Imperial de Viena entre 1897 y 1907 (para poder ser admitido en este puesto tuvo que aceptar ser bautizado como católico). En esta faceta interpretativa descubrimos la minuciosidad y perfección que Mahler destila y como unifica el canto, la orquesta y la puesta en escena en una miríada sutil de detalles que hacen de la representación un auténtico drama más que convincente. Tras esta experiencia comienza una nueva etapa en su vida, la dirección en la Metropolitan Opera de Nueva York entre 1908 y 1910. Al mismo tiempo fue titular de la Filarmónica de Nueva York a partir de 1909 y hasta 1911.

Pero ¿dónde está el febril compositor? Tras esta incansable labor como intérprete, en los momentos de intimidad, únicamente acompañado de ese espíritu inquieto siempre dispuesto a la sorpresa, encontramos al incansable genio creador de nueve sinfonías. Partituras repletas de alegorías a su mundo interior conocedor de la intensa Verdad, Mahler compuso siempre mecido por la voz y la orquesta de sus eternos lieder. Ejemplos por excelencia son Lieder eines fahrenden Gesellen (“Canciones de un compañero errante”) generador de su primera sinfonía y Das Lied von der Erde (“Canción de la Tierra”), una sinfonía de canciones que marca el final de su vida. Es imposible no ver con solo este detalle la importancia que tuvo el género en su escritura.

La fuerte emoción de su música y la sensibilidad que siempre mantuvo su corazón en vilo no son fruto de su incestuosa vida sentimental, sus escarceos amorosos o una evasión romántica al uso, sino que es regalo de haber sido conocedor de su imperfección frente a la eternidad e infinitud del Arte. Buscó la Verdad hasta el mismo final; la Belleza, la Bondad de su expresión, así como lo terrible que en ella fluye, solo fue encontrado en la expresión trascendental de su música, repleta de una arrolladora ingravidez e incertidumbre ante la inmensidad de la eternidad que sin duda el genio llegó a entender.

No había cumplido aún los 51 años cuando, aquejado de una enfermedad cardíaca por una infección sanguínea, nuestro compositor dejaba un mundo que no había llegado a comprender, ni comprendería en los años sucesivos, el marcado existencialismo de su producción. Bruno Walter tenía muy clara la “excéntrica contradicción” del maravilloso universo de Mahler. Contradicción en cuanto al parecer suscitado por su obra, de repulsa y al mismo tiempo excitación del oyente de la época; en lo referente a la personalidad tormentosa vertida en sus sinfonía, una constante dualidad y debatimiento entre lo efímero, lo sentimental y arrollador, y la más sutil y delicada ensoñación de lo que se percibe como infinito y se busca eternamente. Esta capacidad de asombro como camino de la sabiduría solo puede llevar el sello de un gran genio. El deseo constante de encontrar lo trascendental y distante al ser humano para atraparlo entre dos compases. Asirlo y hacerlo eterno para la posteridad.

“Mi tiempo llegará”, había dicho Mahler.


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