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Svaneti

Fernando Bonete Vizcaino

Cuenta su biógrafo, Erik Tawastjerna, que no se sentía parte de este mundo. Las injustas críticas que Adorno le dirigiera, acusándolo de trasnochado, de principiante teórico de la música, sin duda contribuyeron a hacer que el compositor se distanciara para buscar refugio en Ainola, epifanía irreductible de su aislamiento emocional. Pero ante todo fue su genio, indiscutible y alabado por otros menos dados a la técnica y la racionalidad de la matemática, lo que elevó un espíritu que intentó hacer sonar el infinito nota tras nota.

También se cuenta que en el meridiano de su vida, y tras instalarse definitivamente en Järvenpää, tomó como hábito pasear por los tupidos bosques finlandeses. Imposible no captar el tono de la naturaleza en su obra, la sonoridad de la intensa vegetación y de las leyendas que presenciaron pinos y abetos boreales. En una salida otoñal, el azar de sus pasos le llevará al lago Tuusula, y la sorpresa al contemplar los cisnes finlandeses allí reunidos le marcará por completo. Fue una experiencia estética que conmocionó al artista, y su corazón latirá por vez primera y única al ritmo de su vida.

Cuentan, por último, que volviendo años después de aquel acostumbrado paseo, comunicó a su mujer la partida de estas aves, que inciaban su migración con la llegada del invierno. Emocionado, vislumbró que se acercaban y presenció cómo, a su llegada a la altura del hogar, uno de los cisnes se desmarcaba de la formación y volaba en círculos alrededor de la casa para después unirse al resto de nuevo y alejarse en el horizonte.

No se cuenta, sin embargo, el tributo musical que el genio rindió a estas aves e incorporó a sus obras. Celebrada ha sido la famosa Cisne blanco (svaneti en finlandés), pero no tan asociado con las circunstancias el tema principal que invade su Quinta Sinfonía. Un monumento triunfal, una victoria de la revelación artística que le fue otorgada con la maravillosa escena de los cisnes sobre el lago. La tan ansiada sintonía con el mundo es capturada en esta imagen del formidable vuelo de las aves que tan afín encuentra el compositor con su intención estética. Su mundo interior se liberó tan solo un instante, y queda eternizado a partir del minuto 1:14 para ser regalado a la naturaleza y a la humanidad en un grito final.

La contemplación de aquellas aves alejándose fue motivo del máximo deleite en el recuerdo. Aquella melodía de liberación que en su día compusiera sin duda sonó en su interior… por última vez. Como las aves, el compositor partía, y su vuelo fue para siempre. Dos días después, Jean Sibelius moría de una hemorragia cerebral._

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