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Silvio: te daré otra canción

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Un conjunto de sillas perfectamente delineadas ocupaba la pista del Palacio de los Deportes de Madrid, comercial y tristemente rebautizado como Barclaycard Center, este pasado miércoles, 27 de abril de 2016. Tan blancas, quizás de fábrica, quizás de luz, resaltaban frente a la inmensa oscuridad que las rodeaba, surgiendo de ella, a medida que avanzó la noche, pequeñas e inquietas luciérnagas digitales.

Y por qué sillas y no pies que salten y vuelen, como suele suceder, tan cerca de quien les entrega alas a través de la voz. Porque esa voz era la de Silvio Rodríguez (Cuba, 1946), cantautor de siempre que no agita pies sino almas. Hacía nueve años que no venía a España, y su ausencia se notó en la entrega que el público le demostró, sobre todo al final, cuando uno empezaba a acostumbrarse a su tono, a sus letras, a los fantásticos músicos que le acompañaban –destacando la flauta de su virtuosa esposa, Niurka González. Acostumbrarse, de nuevo, a él.

Amoríos, su último disco, fue quien ocupó la primera parte de las casi dos horas y media de poético concierto. Una primera parte más tímida y silenciosa, en la que el público escuchó expectante cómo sonaban las nuevas letras, los nuevos ritmos. En esa espera, dulce, a que sonasen los siempre más queridos temas clásicos, la gente comenzó a animarse y a pedírselos. Playa GirónTe doy una canción y, sobre todo, Ojalá, fueron los títulos que más deseo portaban las voces que se alzaron.

Silvio
Silvio Rodríguez

Mientras tanto, entre canciones nuevas y algún regalo a las peticiones, como La maza o la Tetralogía de mujer con sombrero –cuyo tono modificó, alterando la peculiaridad de su belleza–, Silvio dedicó al auditorio breves historias que habían inspirado algunos temas, como la que dio origen a San Petersburgo. Hubo que mandar callar a los que, en vez de escucharle, seguían insistiendo en sus estrofas favoritas. Ocurrió en un vuelo, contó el poeta-cantor, un vuelo inmerso en un cielo poco apacible en compañía de otro poeta, Gabriel García Márquez. Y de un cuento de éste salió una canción de aquél. Mágicos sucesos de luz entre nubes negras.

Hubo un descanso, en el que reposaron voces e instrumentos, y Silvio regresó al centro del escenario, junto a su guitarra, colocándose de nuevo los casos sobre su boina. Una sencillez tranquila y humilde, una voz acentuada que susurra, iluminada de pronto ante tal cantidad de cuerpos que en asientos y sillas aplaudían voraces su regreso. No es la multitud el lugar propio de la poesía, pero Silvio logró llegar a ella y contagiarla, traerla y hacerla suya, íntima. Y llegaron los esperados clásicos. Llegó Quién fuera, llegó Ojalá. Los teléfonos móviles se apresuraron a capturar los minutos tan ansiados, y más de una lágrima se vio bajo los ojos de algunos asistentes. Acabó en un instante inesperado el concierto, y los músicos y su director marcharon… para volver segundos después y tocar otra melodía. «Te daré otra canción», parecía decir Silvio a Madrid. Y volvió a marcharse y a regresar, engañando, jugando, robando y devolviendo la esperanza y la ilusión. Aplausos que gritaban y enmudecían, idas y venidas, canciones de despedida.

Y, al final, una anécdota se llevó con su viento del escenario al cantautor, cuando éste cantó Mi unicornio azul, último tema de una velada mágica. Una chica vestida de corcel celeste se alzó de su asiento al sentir sus primeros acordes, provocando la sonrisa del público y encendiendo en ella la emoción tantos minutos contenida. Silvio llevaba años buscando a su unicornio, en calles de Cuba, en viajes a Europa, en conciertos. Y lo encontró aquí. Quizás por eso, en el silencio vacío del Palacio, a ella le regalase otra canción.

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