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Low Roar. La calidez del hielo

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Breve; por duración en tiempo y lugar, exiguo; por la larga y anhelante espera de quienes siguen sus pasos en la nieve. Pero tan emocionante y mágico como contemplar el paso de una estrella fugaz cuya luz la memoria sabe deletrear. Low Roar, grupo islandés nacido en una desorientada intimidad que ahora comienza a conquistar mundo, tocó en la sala Moby Dick de Madrid este pasado domingo 22 de octubre. Tras su visita a Barcelona hoy, proseguirá por Europa su gira de melodías suaves, oscuras y hermosas.

Lo creado en el frío a veces tarda un poco más en percibirse, en dejarse tocar, en llegar. Su esencia es neutra, sobria, pura. Su movimiento lento, sus formas monocordes y rítmicas. Suaves, cuidadosas. No arriesgan de cualquier manera, en cualquier situación. Lo creado en el frío lleva en su naturaleza ser distante, precavido. Extraño. Difícil de descifrar, por impenetrable. Quizá en una primera mirada no parezca decir nada, incluso no querer decir nada. Lo velado, aunque sólido, lo protege. Quizá su sonido sea demasiado suntuoso, o en sus antípodas sutilmente simple, y así la impaciencia nos engañe. Pero lo creado en el frío también es capaz de amar y ser amado. O, al menos, comprendido. La empatía no está exenta en los polos. Y hallar la llave de su hielo puede convertirse en el más cálido e inesperado descubrimiento.

Low Roar
Los integrantes de Low Roar: Logi Guðmundsson, Leifur Björnsson y Ryan Karazija.

La música de Low Roar nació en el frío.

Por amor, Ryan Karazija, compositor y cantante norteamericano, abandonó California y se mudó a Islandia. Nada le ataba en el oeste de su continente, nada realmente valioso dejó allí. Pero el cambio de vida y de espacio fue amenazador y difícil. Con bajo presupuesto y alta necesidad, Ryan compuso doce canciones en la cocina de su propia casa en Reykjavik. Give up, Just a habit, Help me, Patience, Tonight, tonight, tonight. Un ordenador bajo sus manos, la cotidianeidad de su familia alrededor, dudas, pensamientos. La soledad. Un nudo en el pecho que deshacer. Las palabras de su vacío fundiéndose con melodías minimalistas. Y así, en 2011, nació Low Roar. Su nombre; nombre como creador y como grupo. Y su primer disco. Nacido del instinto. Nacido del frío, pero profundamente humano. Sencillo, triste, melódico, lento. Solitario y alejado como la isla, mas por ello con el alma en comunión conectado. Música desde una frontera emocional, desde una aventura temeraria y temerosa; valiente. Destinada.

Canciones nacidas del instinto, del frío. Canciones que contienen en su ritmo de río un tono de luces que juegan entre las sombras.

Igualmente bello y con una presencia más decidida, un paso más cerca de su nívea oscuridad, en 2014 llegó 0, el segundo álbum. Low Roar no fue tanto el título del álbum como de sí mismo, de su voz. 0 fue una casualidad. «Nunca les di a los álbumes un nombre. Nunca quise nombrarlos en un principio, sólo pensaba que podíamos no ponerle nombre, y sería como “¿Escuchaste el disco del ciervo?” o “¿El de la cara dibujada?” Pero nunca quise tener un título porque no sentía que había uno», contó en una entrevista a la revista Indiehearts en 2015. Pero el mercado reclama nombres, apellidos, fechas, etiquetas. Así que buscaron un símbolo sencillo, y salió un círculo que alguien llamó cero. Sus canciones (Nobody loves me like you, I’ll keep coming, Half asleep, Dreamer, Please don’t stop) contienen en su ritmo de río un tono de luces que juegan entre las sombras. Historias que quieren contar secretos pero sólo los esbozan, los dejan caer –pues la música de Low Roar es siempre una caída, un deslizarse, un dejarse llevar–. «Soon I’ll come around / lost and never found / waiting for muy words / seen but never heard / buried underground / but I’ll keep coming».

Low Roar
Discografía de Low Roar: «Low Roar» (2011), «0» (2014) y «Once in a long, long while…» (2017).

Quien busca pistas sobre su inspiración, su musical punto de partida, las suele encontrar en un ya muy lejano metal, una posterior aventura con el punk, inclinaciones hacia Radiohead, la fascinación por Elliott Smith. Como más posibles pistas, en 0 Low Roar contaron con la participación de artistas islandeses de renombre como Amiina y la producción conjunta de Mike Lindsay y Andrew Scheps, quien ha trabajado con Red Hot Chilli Peppers o Adele. Un maremágnum de sonidos diferentes que, de forma individual, es casi imposible detectar en las melodías sinuosas del grupo.

Tres años después, este mismo año se publicó el tercer disco, Once in a long, long while… Con nombre, extenso y evocador, y un diseño más desnudo –más que por lo literal, por lo simbólico de su gesto y forma–, tras el cual sus canciones nos acercan, una nota más, al misterio del hielo. Don’t be so serious, Give me an answer o Bones, dueto con la artista Jófríður Ákadóttir, hablan de una voz ya definida que sabe hacia dónde se dirige. Una voz que ya ha aprendido a andar sobre la tierra desconocida y sus pasos se atreven a correr con los ojos abiertos y el rostro vuelto hacia la tormenta. Sin abandonar su matemático y minimalista acompañamiento instrumental de teclado y percusión, las letras hablan desde un mayor atrevimiento, sin perder nunca, en equilibrio, ese no-lugar del que proceden: «It’s something that’s uncomforting / your body has a way with me / I’m exactly where I want to be / but I’m a long way from home», canta Bones.

Quien conoce su historia, su alzarse despacio en el mundo y el “yo”, siente su música como una parte de sí mismo/a que hasta entonces desconocía.
Low Roar
Sonaba «Don’t be so serious» en la sala Moby Dick de Madrid.

Quien conoce su historia, su alzarse despacio en el mundo y el yo, siente su música como una parte de sí mismo/a que hasta entonces desconocía. Quien lo así lo siente acudió al concierto de Madrid con una expectación que intuía se iba a cumplir. En vivo, frente al público, es cuando el verdadero corazón que compone y canta demuestra quién es, y cómo transmite ese quién que cree ser. En el amable espacio de la sala Moby Dick, con la intensidad de la luz anochecida y un armonioso juegos de colores, la joven Laura Llopart, más conocida como Museless, hizo de telonera compartiendo su talento y delicadeza con la que danza bajo la música electrónica.

Tras ella, Nobody loves me like you, uno de los temas más conocidos y enternecedores, inició el primer concierto que Low Roar daban en España. Un concierto donde el sentimiento oculto tras las canciones salía de forma tan tímida y al mismo tiempo natural como la respiración. Las miradas eran de profunda admiración, el movimiento de los cuerpos acompasados y sentidos. Y aunque no se veían demasiados labios recorriendo las letras, en cada momento de intensidad los aplausos brotaban desde dentro. A Ryan Karajiza le cuesta escribir sobre ser feliz. Se siente más inclinado hacia la melancolía, la profundidad del silencio, el ruido a destiempo, la imposibilidad. Y es sello innato e inconfundible de sus creaciones. Pero, tras la hora casi exacta que duró la actuación, tan corta, tan viva, tanto él como sus compañeros se mostraron muy agradecidos por la acogida y la siempre extraña compañía, en contextos tan íntimos y definitivos, de tantos rostros desconocidos.

Las emociones que dieron lugar a cada canción a lo largo de estos años, tocadas alternando los discos a los que pertenecen, se fueron propagando lentamente por el aire, cayendo, penetrando, en cada una de las personas que allí se encontraban. Porque la conquista del frío es misteriosa, incalculable, aparentemente impasible. Pero, cuando sucede, es irreversible. Así es la música de Low Roar. Nació en el frío, y allí espera para arder.

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