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Live-Evil

Fernando Bonete Vizcaino

Muy poco o nada nuevo se puede añadir a lo ya escrito y dicho de Miles Davis. Salvo, tal vez, a la polémica suscitada en torno a la radical transformación del jazz que operó el genial trompetista a finales de los sesenta y buena parte de la década de los 70. Cambio, por otra parte, consustancial a la evolución del género que desarrolló el músico a lo largo de su dilatada carrera, pero que llega a su máxima expresión con trabajos como In a Silent Way (1968) y Bitches Brew (1970).

Ambos lanzamientos discográficos y los directos a los que darán lugar, provocaban el escándalo de sus seguidores como nunca antes. Suponen el punto de inflexión en la búsqueda del naciente jazz fusión y un alejamiento drástico de todo lo creado anteriormente por Davis.


El rock, y la estética ligada al roll (imposible olvidar el vestuario que luce a partir de aquellos años el trompetista), invaden el jazz. Con la magistral plantilla de músicos “electrónicos” con la que Miles había empezado a trabajar a finales de los sesenta (el fabuloso
McLaughlin a la guitarra, Henderson al bajo, Keith Jarrett al piano y órgano, entre otros que entendieron a la perfección la mentalidad incesantemente innovadora del genio), Live-Evil (1971) se presenta como la síntesis final del proceso a partir del cual seguir construyendo una nueva modalidad de jazz que contará con entusiastas partidarios a la vez que con crudos detractores.

Se le acusó de venderse a lo comercial. De pretender convertir el jazz en un producto de masas para su lucro personal, destruyendo así su estela intelectual y el sentido espiritual de su música. De romper con su estilo y pervertir el género dando a luz una herejía demoníaca.

Nada más lejos de la realidad. Hay que entender el cambio que logra concebir Miles Davis como integrado dentro de su espíritu siempre reformista que mantuvo en todas sus propuestas musicales y personales. La innovación es una obligación del jazz para Miles, y esta idea de originalidad la llevó hasta el límite. Live-Evil es heredera final de esta transformación única en la historia del jazz, a la vez que plantea pequeños detalles estelares y únicos, de gran evocación y cántico espiritual en dualidad con el ritmo más funky; es la maravilla de la experimentación en una incursión a nuevos horizontes de la que todavía hoy sigue bebiendo, y viviendo, el género.

Les dejo con Sivad, tras el cual les recomiendo el reportaje dedicado a Miles Davis del sensacional y ya extinguido programa Jazz entre amigos: Parte 1 / Parte 2

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