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Eternamente… eternamente…

Viene de: Un compañero errante

Fernando Bonete Vizcaino

Y su tiempo llegó. Un siglo después de su último adiós Mahler vuelve con nosotros para cantarnos su más íntima despedida: Das Lied von der Erde. Consciente del negro significado que podría acechar tras una novena sinfonía (Beethoven, Schubert, Bruckner), el compositor decidió designar su última gran obra como un conjunto de lieder. Sin embargo, si por algo se caracteriza el genio es por conocer la vida, y Mahler sintió su fin, la cercanía de la muerte, de lo inexorable, firmando así Der Abschied (La despedida) como último movimiento.

Siguiendo la línea compositiva de los maestros que le precedieron, Gustav nos descubre en su última producción su más profunda realidad desde la absoluta transparencia de su música, aunque conservando ese angustiado espíritu que pronto abandonaría el sufrimiento terreno. Es por ello que nos sentimos fluir en una atmósfera diáfana, elevándonos cada vez más hasta la nada, o hasta lo eterno.

Porque de contradicciones está construida la obra de Mahler. Es en la última estrofa de La despedida donde tal vez se encuentre la clave de toda su expresión artística y existencial. “Voy a errar por las montañas” es sin duda alguna el recuerdo a sus primeros lieder de relevancia: Canciones de un compañero errante; con la diferencia de que esta vez encuentra su camino. De la negación de la felicidad en el final de Ging heut Morgen übers Feld resplandece de nuevo la naturaleza, la tierra, para entonar su canción y, ahora sí, hacer florecer la eternidad.

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Das Lied von der Erde  – Der Abschied (La despedida)

Christa Ludwig, mezzosoprano
Fritz Wunderlich, tenor
Philarmonia and New Philarmonia Orchestra, Otto Klemperer

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El sol se despide detrás de las montañas.

En todos los valles baja el atardecer

con sus sombras, llenas de frío.

¡Oh, mira! Como una barca argéntea,

cuelga la luna alta en el mar del cielo.

 

¡Noto cómo sopla un frágil viento

tras los oscuros abetos!

El riachuelo canta lleno de armonía a través de la oscuridad.

Las flores palidecen a la luz del crepúsculo.

La tierra respira llena de tranquilidad y de reposo.

 

¡Todo anhelo quiere ahora soñar,

los hombres cansados vuelven al hogar

para aprender nuevamente, en el descanso,

la felicidad y la juventud olvidadas!

Los pájaros se encogen tranquilos en sus ramas.

 

El mundo descansa…

El viento sopla frío por las sombras de mis abetos.

Yo estoy aquí, y espero a mi amigo,

espero su último adiós.

Oh, amigo, deseo fervientemente gozar

contigo de la belleza de este atardecer.

 

¿Dónde estás? ¡Me dejas demasiado tiempo solo!

Camino de un lado para otro con mi laúd

por campos cubiertos de hierba tierna.

¡Oh, belleza! ¡Oh, mundo ebrio de amor y de vida eternos!

 

Bajó del caballo, y le ofreció el brebaje

de la despedida. Le preguntó hacia dónde

se dirigía, y también por qué tenía que ser así.

Habló, y su voz estaba anegada en lágrimas:

 

¡Oh, amigo mío,

la fortuna no fue benevolente conmigo en este mundo!

¿Adónde voy? Voy a errar por las montañas.

Busco la tranquilidad para mi corazón solitario.

Hago camino hacia la patria, hacia mi hogar.

Ya nunca más vaguearé en la lejanía.

Mi corazón está tranquilo y espera su hora.

¡La querida tierra florece por todas partes en primavera y se llena de verdor

nuevamente! ¡Por todas partes y eternamente resplandece de azul la lejanía!

Eternamente… eternamente…

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“Así, lo que constituye el valor supremo de la obra de Mahler no es la novedad de su carácter a menudo tan sorprendente, osado e incluso excéntrico, sino que esa novedad se plasme en una música bella e inspirada que posee, a la vez, las cualidades imperecederas del Arte y una profunda humanidad. Esto le hace seguir siempre viva y garantiza su supervivencia” Bruno Walter

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