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“donde hay música…”

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Fernando Bonete Vizcaino

Humanista es aquel que ha entendido la existencia. Escultor lírico del pensamiento, curioso niño hambriento de conocimiento, el humanista se alimenta de ese delicadísimo manjar del espíritu que es la vida. La vida y toda su realidad: la filosofía, la historia, la literatura, el pensamiento político, el arte… y la música.

Entonces ¿dónde está la hija de Zeus y Mnemosine, la más grande de las musas? Desde luego, no ha ido a parar al programa académico de la carrera de Humanidades. Los herederos de san Isidoro saben de pintura, escultura y arquitectura; conocen incluso alguna que otra teoría estética. Van a museos y exposiciones, visitan iglesias y grandes catedrales. Valoran con enérgico juicio nuevas propuestas artísticas y entablan vínculos históricos y culturales. Son capaces de ofrecer un panorama artístico certero y ajustado de cada periodo. Identifican el óleo, el fresco, el dórico, el jónico, el mármol de carrara y hasta la técnica de la cera perdida. Y entonces, se da la rara ocasión en la que asisten a un concierto de música clásica, de jazz si me apuran.

Terminada la actuación apreciarán, sin duda, el valor de “la obra esa lenta cuando tocaban los instrumentos de metal con asas, los dorados”, degustarán las texturas de “los violines y sus palos” y volverán a tachar por enésima vez la función del director como innecesaria. No les pregunten por la importancia del compositor en la etapa que le enmarca; la singularidad de la obra en el contexto artístico que la engloba; ni siquiera se aventuren a plantear un mínimo de debate sobre la calidad de la interpretación. Estos humanistas no saben de contrapuntos, tonalidades y figuras. Han perdido el ritmo del conocimiento guiados por una melodía académica que no termina de armonizar por completo.

Y si el humanista es aquel que ha comprendido la vida, por supuesto, Cervantes fue el primero en la historia:

-Señora, donde hay música no puede haber cosa mala. 
-Tampoco donde hay luces y claridad- respondió la duquesa. 

A lo que replicó Sancho: 
-Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan, y bien podría ser que nos abrasasen; pero la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas”.

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