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Camaleones, post-punk y post-adolescencia

Carlos Maroto Pla
@blacknoveau


The Chameleons me sorprendieron allá por 2009 cuando descubrí un disco y un grupo que cambiaron en cierta manera mi visión de la música en ese momento de mi vida. De algún modo hasta ese momento (con aisladas excepciones como el Faith de The Cure) siempre me venía sintiendo identificado con música de mi generación y los ochenta, concretamente, eran algo desconocido para mí, un terreno lleno de niebla en el que no me había adentrado y del que poco sabía.

Todos podemos tener una idea muy popular de lo que fueron los ochenta en cuanto a lo musical y estético se refiere: Michael Jackson, hombreras, ridículos cardados, Prince, Madonna… “La Movida” con Alaska o Gabinete Caligari, si nos remitimos a lo patrio. En fin, para muchos la idea de lo que debían ser los 80 parecía ser eso, digamos que fue una década para muchos infame y en donde la música y la aparición de esos sintetizadores chillones se habían comido la magia del rock progresivo. Los ochenta habían aniquilado a bandas como Led Zeppelin, Pink Floyd o incluso habían acabado con ese punk agonizante del 77.

Pues bien, entonces apareció ante mis ojos por casualidad un disco que cambió totalmente mi forma de concebir los ochenta, que por otro lado tampoco era la que se presupone a alguien ajeno a esa década porque no había siquiera nacido. Un disco cuya portada era la de una especie de Mickey Mouse psicodélico bastante inquietante que me llamó poderosamente la atención por su extrañeza. El cebo visual me adentró hacia la intro de la placa con una evocadora y relajante “Silence, Sea and Sky” para explotar en un mar de guitarras afiladas, baterías contundentes con mucho eco y un bajo gravísimo acompañados de una voz aguda y doliente, era “Perfume Garden”, un temazo en toda regla, inapelable y emocionante. Las letras hablaban de soledad, de la melancolía arraigada a la niñez en busca de recuperar la felicidad de antaño y un aire atormentado sobrevolaba inevitablemente la lírica de los temas, aunque había sobretodo espacio para la emoción y los sentimientos desbocados.

La seguía la increíble “Intrigue In Tangiers” en donde brillaban las guitarras escurridizas, una a veces cortante, muy punk-rock y la otra hasta las cejas de reverb. Preciosas capas de sintetizador explotaban en un mar de luz y emoción. En éste momento me di cuenta de que el material era deslumbrante, que nunca había escuchado nada parecido. Un universo se abría ante mis ojos al ritmo de los temas que conformaban aquel brillante “What Does Anything Mean? Basically”. Me emocioné hasta decir basta con una sobrecogedora “P.S. Goodbye” que calaba muy hondo, seguida de la urgencia punk-rock de “In Shreds” para terminar con “Nostalgia”, superlativa, cuyo sentimiento referente al título de la canción impregnaba cada nota, dejándome sin palabras.

Traté de buscar, fascinado, por medio de Internet acerca de la banda que me ocupaba y descubrí que la conformaron unos jóvenes británicos de Manchester allá por el 81, su cantante y bajista se llamaba Mark Burgess y además se encargaba de dar forma a las sentidas letras de la banda. Éste era su segundo disco y que se encuadraban dentro de un género denominado como post-punk, es decir, una evolución natural y necesaria del punk hacia terrenos todavía por explorar, pero cuya raíz todavía se instauraba en ese último punk-rock de finales de décadas que parecía evolucionar hacia algo diferente. Es entonces cuando buscando y rebuscando salió el nombre de Joy Division, unos muchachos de Manchester cuyo cantante, un tal Ian Curtis, se había quitado la vida poco antes de que la banda realizase su primera gira en Estados Unidos. Pero el ahora era The Chameleons y nada importaba más que ese disco de melodías grandiosas y ecos furtivos.

Tomorrow, remember yesterday
Tomorrow, nostalgia lead my away 

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