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Una obra sin ensayos

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Un corral de comedias es un pequeño teatro que tiene su origen en el Barroco español, a mediados del siglo XVII. No es móvil, sino fijo (¡anda, como los teléfonos!), y se construye en el patio de un edificio, entre las propias viviendas. Resulta curioso, ¿verdad? El teatro dentro de las casas, dentro de la vida de las personas. ¿O es la vida la que está dentro de un teatro?

El corral de comedias no es totalmente libre, tiene una serie de normas en torno a la temática de las obras, los diálogos, la métrica, la ruptura de las unidades clásicas… El teatro de la vida también las tiene. De hecho, estamos rodeados de ellas: no fumar, no beber, no aparcar, tire, empuje, por aquí, por allá, insert coin, espere su turno, agitar antes de usar, exit, nombre de usuario, contraseña, romper en caso de emergencia…

Las normas están para (in)cumplirlas, pero, como buenos actores, también sabemos improvisar. Improvisamos te quieros y perdones, sonrisas y lágrimas (¡anda, como la película!), preguntas y respuestas, confesiones y mentiras. Todos tenemos un papel, una pieza de puzzle que encajar. Ese papel nos lo dan en blanco, un blanco limpio, brillante, con olor a nuevo (y a papelería). A lo largo de nuestra vida escribimos, borramos, subrayamos, coloreamos y emborronamos ese papel. A veces queremos enmarcarlo, y otras, en cambio, romperlo en mil pedazos. A veces nos parece el mejor papel del mundo, y otras, sin embargo, el más sucio, ruin y absurdo.

El público que acude al corral de comedias es, en gran parte, analfabeto, y por ello el teatro tiene un carácter didáctico. Igualmente está dividido en partes, y cada una de ellas está destinada a un determinado grupo social: la cazuela; para las mujeres, los corredores laterales; alquilados por familias pudientes, los palcos; para los burgueses y nobles…

Una obra sin ensayosEl teatro de la vida tiene un público igual de variado y feroz, al cual nos enfrentamos cada día. Miradas amables, generosas y agradecidas, miradas insustanciales, indiferentes. Pero, sobre todo, miradas críticas, acusadoras, con los ojos entrecerrados, fijos, detectores de defectos, de errores, de fallos. Y nosotros, sintiéndonos indefensos y con miedo escénico, buscamos refugio en acotaciones o susurros que nos ayuden a salir del paso.

Llega el final de la función, y esperamos aplausos. Aplausos por sonreír al que está triste, por dejar salir antes de entrar, por ceder el asiento en el autobús, por ayudar con un trabajo, por cumplir con las expectativas, por superarlas. “No vemos las cosas tal como son, sino tal como somos”, cita alguien a quien desconozco. Podemos quedarnos con los tomates; con las críticas, las quejas y los ceños fruncidos. O podemos quedarnos con las flores; con las alabanzas, las gracias y las sonrisas.

El teatro refleja la vida, y la vida es el reflejo de un teatro. Nuestra obra tiene título, protagonista, personajes principales, secundarios, antagonistas y un decorado. En nuestra mano está elegir el género, los actos y su final. 

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