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Somos leyenda

Fernando Bonete Vizcaino

Cuenta la leyenda que el virtuoso y genio del violín Niccolò Paganini se halló en mitad de la ejecución de uno de sus famosos conciertos para violín y orquesta sin más cuerdas que la primera y la segunda. Las otras dos cuerdas, re y sol, se rompían tras el desgaste sufrido por la prodigiosa interpretación. El músico, sin dedicar siquiera un pequeño gesto de sorpresa al auditorio, continuó tocando la obra sin modificaciones o supresiones aparentes en la partitura original, haciéndose diestramente con el manejo absoluto del instrumento aun viendo limitadas sus posibilidades a la mitad.

Hasta ahí la leyenda. Sin ánimo de hacerles dudar de la inmensa capacidad de este prodigio del violín o de restar importancia e interés a la magia que toda leyenda imprime en la ilusión de creer, no quisiera extrañarles si les confieso que Paganini salió al escenario desde un principio sin esas dos cuerdas que la épica da por perdidas accidentalmente.

La libertad, la voluntad del músico, de la persona, es un logro constante en pro de un reto, de una meta que cuanto más difícil y compleja nos resulta, tanto más consigue llenar el anhelo que tenemos de perfección. Ser libre, actuar de acuerdo con lo que somos, con nuestra naturaleza, es un camino arduo y precario, pero necesario. No es un derecho, sino un deber obrar en correspondencia con la naturaleza, con nuestra conciencia y voluntad, a pesar de que nuestras acciones verdaderas, libres, acarreen andar por un camino de penurias y desolación. Incluso la muerte, la responsabilidad es ilimitada.

Se me ocurre otra leyenda artística: la de la madre que se sacrifica por su familia, cuyo instrumento, pincel e inspiración son los hijos. La de la madre que actúa en el día a día, en casa, en el trabajo, hasta el último suspiro, hasta la última consecuencia. La desidia, la vagueza e incluso el descanso más básico quedan relegados ante la necesidad de hacer las cosas bien. No es la casualidad o la apariencia que nos dé derecho al sueldo o la sensación de haber cumplido la que mueve a la madre, sino el amor por cada detalle y el ejercicio de su libertad (la razón, la lógica) para conseguir que el momento sea especial y conforme a la verdad. Hasta ofrecer, si fuera preciso, la vida por ello.

Hasta ahí la leyenda. Esta es realidad; esta es a título personal.

Continúa el camino...
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