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Sobre la medicina integral

Autor invitado / Blanca Fernández Pacheco

Voy a basar este artículo en el texto de Ken Wilber (léase aquí), donde se hace una aproximación a la denominada medicina integral, que aunque es la manera en que todo médico debería proceder, no ocurre la mayoría de las veces, y de vez en cuando alguien tiene que recordarlo para no perder de vista una perspectiva más global de la medicina.

Como una primera definición de este concepto, se podría decir que es la propuesta de entender la práctica médica como un conjunto de habilidades de muy diverso tipo (sociales, culturales, psicológicas…), de interrelacionar la técnica con, cómo muy bien dice el autor, “algún otro campo alarmantemente irrelevante”, en vez de una especie de cadena de montaje donde cada especialista pone una pieza, hasta que el paciente, que no es más que un mero número en la lista de espera, queda “curado”.

En resumen, lo que reclama esta corriente es mantener siempre presentes las aptitudes humanistas, aparte del conocimiento sobre la salud y la enfermedad. Conseguir tratar al paciente, no sólo como un órgano que debe funcionar, si no aprendiendo a conectar con él, a comprenderle en su enfermedad, y de esa manera ayudarle en el proceso de curación.

Creo que es muy positivo recordar que los médicos son personas que tratan a personas, y que por mucho que se pretenda eliminar la humanidad de cualquiera de las dos partes, no es la forma más adecuada de trabajo, porque se elimina la propia esencia de la relación y, en muchos casos (quisiera poder decir la mayoría), la razón por la que llaman a la medicina una profesión vocacional.

Hace poco tuve la oportunidad de volver a ver la película de Patch Adams, por lo que pude fijarme más en los detalles del principio de la película. Esta vez me llamó mucho la atención el discurso de bienvenida del rector de Medicina a sus alumnos, en el que decía que las personas no son de fiar, se equivocan y se dejan llevar por los sentimientos, y por tanto en esa universidad lo que se pretendía era en convertir a los alumnos en algo sobrehumano, en médicos. Esto recuerda mucho a una de las preguntas que plantea Wilber “¿Es realmente necesario que cuanto más me convierta en un doctor, tanto menos me convierta en ser humano?”

Ya que estoy comparando con películas, no puedo dejar de mencionar la que me viene a la mente hablando sobre este tema: Yo, robot. En un supuesto futuro donde se produce una rebelión robótica que, bajo los preceptos de cuidar la raza humana, intenta tomar el control sobre ella, porque llegan a la conclusión de que los humanos no saben cómo preservarse a sí mismos.

Esta idea de “las personas no sabéis lo que os conviene”, me recuerda tanto al paciente como al médico. El médico asume el rol del robot, en el que cree saber lo que le conviene al paciente. Pero lo más duro de todo, lo más escabroso, es que realmente lo sabe, y no lo puede sacar a la luz porque no es lo que hacen los “médicos convencionales”. El médico realmente sabe que un alcohólico lo que de verdad necesita es una motivación para estar sobrio, pero sin embargo, lo manda a desintoxicación. Sabe que una anoréxica lo que necesita es sentirse bien consigo misma, pero lo que hace es internarla para que coma. Y en un nivel menos crítico, sabe que lo que necesita un padre cuando van a operar a su hijo de apendicitis es que le digan que todo va a salir bien, pero lo que hace es darle una carta de consentimientos, casi como si le estuvieran obligando a firmar su defunción.

Por supuesto, y a Dios gracias, no son todos los médicos, pero como muy bien dice Wilber, esto es lo que se le exige que haga el médico medio de hoy en día.

Después de esta reflexión me gustaría comentar uno de los dilemas más serios a los que se tiene que enfrentar un médico, pero esta vez desde el punto de vista contrario, como profesionales a los que no se les permite ejercer una medicina integrada, no porque haya cambiado de opinión en apenas una página escrita, si no porque creo que es importante analizar todos los obstáculos para encontrar las soluciones.

Me ha llamado mucho la atención (no es de extrañar pues era la intención del autor) la frase “¿Y qué puede hacer el pobre médico?”. Y es que muchas veces el médico no tiene otra solución mejor. Una parte que casi no se menciona, o se hace de forma muy superficial, es una de las que están ahora mismo más en boga, y que desgraciadamente es la que últimamente ata las manos del médico, es el tema legal.

Hace poco uno de mis profesores, del que puedo decir que es un excelente médico, nos contó un caso que tuvo con un niño. Me gustó mucho el respeto con el que trató el tema, cambió el tono dejando los tecnicismos por un momento (“Varón. 9 años. Dolor torácico…”), para contarnos que fue lo que pasó y cómo murió, tratándolo de verdad como una persona trata a otra que tiene que proteger. Y de repente, una nota discordante: “…y menos mal que encontré tal cosa en el saco pleural porque si no nos meten a todos en el talego. Un caso muy feo”. Ya se ha roto la magia, antes de empezar la frase ya había vuelto a su tono de profesor serio y médico experto. Y no es de extrañar, porque ya en tercero de medicina, todos sabíamos o intuíamos lo que había debajo de todo eso: discusiones con los familiares, amenazas de los padres, abogados que juzgan y critican algo que no entienden, un seguro que no cubre justo ese “percance”…

Creo que este ejemplo muestra muy bien como los propios pacientes, o tal vez la sociedad en sí, son los que están obligando a los médicos a ceñirse a un papel que no les corresponde, para protegerse también a sí mismos. En vez de estar afligidos por la muerte de un paciente, tienen que dedicarse a buscar pruebas que demuestren su inocencia. Y no voy a defender sólo a “mi parte”, porque por la otra cara hay más de lo mismo, médicos negligentes que gracias a las vías legales consiguen salir impunes de sus descuidos.

Por supuesto que estoy de acuerdo con una Medicina integral o integralmente informada, pero creo que no sólo basta con que los médicos conozcan y pongan en práctica todas sus dimensiones, falta una parte también muy importante, y es que los pacientes, o como ya he mencionado antes, la sociedad en su totalidad, se dé cuenta de este cambio (que debe ser no solo en el sector de la salud, si no en todas los ámbitos de la vida humana), y lo ponga en práctica también, porque aunque en la profesión del médico sea más tangible y posiblemente más urgente esta necesidad, la verdadera carencia de estos tiempos es la humanización en toda la humanidad.

Blanca Fernández Pacheco es estudiante de medicina en la Universidad San Pablo CEU de Madrid;
curiosa apasionada, natural y espontánea, ilusionada con la vida; una auténtica mujer en camino. 

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2 Responses

  1. Tal y como señalaba el doctor Marañón, se echa de menos la silla como el instrumento médico más eficaz. Sentarse y entablar una conversación con el paciente, crear una relación personal y amistosa… Tal vez por los factores psicológicos y sociológicos que muy bien has extraído de la lectura de Wilber sea imposible esta concepción del médico especialista como figura enteramente humana, como si de un médico de cabecera o de familia se tratara.

  2. Mairena Ruiz

    Yo me quedo con ese “conseguir tratar al paciente”. Me parece fundamental, tratar al paciente y no las enfermedades. Yo he tenido la suerte de tener durante muchos años un médico de cabecera que dedicaba mucho más tiempo a escuchar que a escribir recetas, aunque tardara mucho más tiempo del estipulado con cada paciente, lo que siempre le trajo problemas. Por desgracia sé que es una extraña excepción.

    La solución, como tú apuntas, Blanca, imagino que es muy complicada, pero espero que poco a poco, con artículos como este, todo el mundo se vaya concienciando.

    (Y no puedo evitar preguntarme… ¿Lo de Pomfrey será medicina integral…?)

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