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Muerte

Pablo Casado Muriel

Encogido en una esquina, buscaba con sus cansados ojos el único punto de luz de la estrecha celda. Presurosas sombras atravesaban el corredor que le conduciría a su destino. Él ya no era más que un despojo que esperaba la fatal hora. Sentía el mismo miedo que en la trinchera de donde había decidido huir. El barro de su ropa se mezclaba con sus propios excrementos. Había mantenido la entereza hasta que lo metieron en aquel agujero.

De repente, un golpe metálico y un destello de luz. Dos fuertes brazos lo conducen en su lento y pesado caminar hasta el patio trasero de aquella cárcel donde Dios no parecía existir. El pánico le impide percatarse de su entorno. Sólo durante un instante pudo sentir la brisa de la mañana antes de que un verdugo le tapara la cabeza con un saco. Una lágrima oculta, una oración que se intuye, un  empujón, una voz de mando, un chasquido, un disparo y después… el silencio… la nada.

Continúa el camino...
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