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Más licuefacción

Viene de Licuefacción

Fernando Bonete Vizcaino

Como continuación al artículo anterior, en el que comenzábamos a adentrarnos en la caracterización de la posmodernidad, seguimos en este caso profundizando sobre las llamadas “relaciones líquidas”.

Tomaremos como punto de partida para nuestra explicación el estado en el que las relaciones personales se encuentran en nuestro tiempo: el miedo al otro, al que ya nos hemos referido anteriormente. Si ahora los amigos, los enemigos y, sobre todo, los extraños, esquivos y misteriosos que tan pronto pueden ser amigos como enemigos se mezclan y hacinan en las ciudades, la reacción más natural a este modo de entender la alteridad sería establecer cierta distancia de seguridad para salvaguardar nuestra integridad personal. El sociólogo Zygmunt Bauman pone nombre a este comportamiento, sin duda aislante, denominándolo mixofobia [2007:104-105]. El miedo a compartir con el otro un mismo espacio de actuación, un mismo universo de valores profundos y constantes.

Se trata de una respuesta generalizada ante la época de incertidumbre que nos ha tocado vivir. Un “tiempo líquido” en el que la relación interpersonal discurre como un fluido más intentando recorrer su cauce de forma rápida, vadeando al otro, un obstáculo sorteado por el ingente caudal de intercambios basados en este modelo. Así, el amor, la amistad, la comprensión mutua, y un sinfín de relaciones personales más, se han licuado para escapar de la opresión, de la durabilidad y de las ataduras y lazos a los que la solidez moral anterior los había condenado. Para la presente modernidad líquida del consumo, basada en el usar y tirar, una relación estable y duradera ya no tiene sentido. Como cualquier intercambio económico, la relación debe otorgar una satisfacción que cubra nuestras necesidades más elementales y que a priori parecen las únicas que constituyen el anhelo humano.

Poniendo como modelo de estudio el amor, podríamos indicar la transformación de la relación de pareja en un universo hedonista y de transacción material. Se trata de que haya una movilidad constante para evitar que el contacto prolongado pueda causarnos algún mal. No encontramos seguridad en el otro y la eternidad podría finalmente infectarnos de tedio, por lo que realmente estamos mucho mejor solos, no necesitamos al otro para existir. De nuevo el yo se erige como ideal, respondiendo solo a las exigencias propias, el narcisismo hace de nuevo acto de aparición en el marco de las relaciones contextualizadas por la sociedad de consumo.

Se trata de escoger entre el amplio surtido de posibilidades aquella relación que nos procure la satisfacción necesaria en un momento determinado, para luego, una vez gastada y acabada, desecharla en busca de otra. Con todo, la diversidad de modalidades de relación que encontramos en la práctica es ingente, siempre marcadas por lo esporádico de su articulación: heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, pansexualidad. Un largo etcétera de posibilidades que, desde luego, ya existían mucho antes del llamado periodo de la posmodernidad al que nos referimos aquí, pero no con ese carácter tan marcado de cambio en la pareja, de separación entendida como regla general, de parejas “abiertas” y, por supuesto, el ya más que aceptado y casi obligatorio rechazo a la institucionalización matrimonial (no haremos ya referencia a las relaciones sentimentales entendidas desde el marco de la religiosidad, algo desconocido y perteneciente al periodo “pleistocénico” para la gran mayoría).

Con todo, quienes practican “relaciones líquidas” buscan como primer y único fin el sexo sin consecuencias, sin una afectividad que vaya más allá de la pura actividad física. En ocasiones, ni siquiera se trata de un contacto real; el miedo al otro llega a tal extremo que se encuentra un refugio seguro en la máscara que nos proporciona la red. De ahí que se hayan puesto de moda prácticas como el sexting (envío de imágenes de desnudos por móvil o internet, eso sí, sin que se vea el rostro), speed dating (citas rápidas en las que se dispone de siete minutos para encontrar la pareja que más se adapte para luego quedar con la que más nos convenza), toothing (sexo anónimo, no solo por teléfono, también por bluetooth) y los ya más que conocidos portales de citas meetic, match.com, sexy o no, peexme, etc.

Nadie dijo que la relación con, en, y sobre todo para el otro fuera fácil. Estamos de acuerdo en que el intercambio interpersonal con los demás y más aun con la pareja implica una serie de dificultades morales y de actuación enormes. El amor implica siempre la dualidad del intento de alcanzar la felicidad plena mientras nos esforzamos por el otro, mientras nos damos al otro. El deseo de infinito en un carácter que de suyo es finito, una paradoja que se convierte en problema real cuando el ser humano no acepta su propia naturaleza. Bauman [2009:103] ha señalado los dos caminos o estrategias seguidos para salvar la aporía de la relación: la fijación, el destierro de sentimientos inestables para asegurarse de que se mantiene el equilibrio de la relación, forjar una serie de hábitos para marginar toda actuación que pudiera afectar la rutina del amor; la flotación la negativa a seguir esforzándonos en mantener la relación, dejar nuestros sentimientos aflorar a su libre albedrío sin templarlos con la voluntad, darse por vencido y buscar en otra parte aquello que no se nos da, sin pensar siquiera en lo que uno mismo puede aportar.

Estas dos formas de actuación opuestas son rechazadas por Bauman para proponer la “caricia” [2009:96] como única manera reconocer la alteridad absoluta. Esta suerte de metáfora encuentra su sentido en no asir al otro, en no agarrar para retenerlo. El otro no es un objeto destinado a ser mío ni convertirse en mí, siempre está controlado por su misterio, que no debe ser desvelado por la mano transgresora y tenaz, sino ser palpado y reconocido por la caricia. Lo que diferencia a la alteridad pura y simple con el verdadero amor es el erotismo, única forma de hacer patente la dualidad de los seres mientras se forja una unión de los dos cuerpos en uno [2009:98-99].

Estamos de acuerdo en que tanto la fijación como la flotación son direcciones equivocadas a la hora de escoger el camino hacia el amor. La una por subyugar a la pareja con normas y patrones de conducta, la negación total del sentir humano, y la otra por dejar la relación flotar a la deriva, movida por el descontrol de los sentimientos guiados por la irracionalidad. Pero es que tampoco la caricia, por muy bella que pueda resultar la metáfora y sus connotaciones, resuelve el problema de la ambivalencia del amor de forma íntegra, pues en la relación íntima sin más acecha el narcisismo en cada momento acuciado por la obtención del placer, o bien la indiferencia, una vez desvelado el misterio antes ocultado.

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