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Licuefacción

Fernando Bonete Vizcaino
@ferbovi


Se ha hablado en este blog en más de una ocasión sobre la posmodernidad. Los posicionamientos adoptados, entre favorecedores y detractores, en cuanto a su dimensión social, me han impulsado a presentar esta breve síntesis en dos partes que pretende ser una introducción al concepto. Seguiremos los planteamientos del gran teórico de la posmodernidad Zygmunt Bauman a través de dos obras magistrales del sociólogo: Tiempos líquidos, obra que da nombre a la realidad que nos ha tocado vivir, aunque se centra en aspectos políticos; y Ética posmoderna, un repaso exhaustivo y profundo que me parece definitivo para caracterizar el periodo (al margen de lo que nos puedan parecer sus planteamientos).

Nuestro punto de partida será la modernidad, que herida de muerte ya a inicios del siglo XX había conseguido alargar su influencia unas décadas más. Su origen lo encontramos en los años posteriores a la Revolución Francesa, en los que, una vez suprimidos los poderes del Antiguo Régimen y de la Iglesia, los detentores de la “razón”, a su juicio los únicos con la facultad de guiar a las masas por su conocimiento de los códigos éticos y morales, se hacían con el control. Filósofos y hombres de Estado que habían proclamado los principios de la naturaleza humana, ahora se escudan en sus facultades y conocimientos, cuando no en el poder, para regir de forma “universal”, algo paradójico teniendo en cuenta que los postulados de la naturaleza, de su ética y moral, se imponen, como ya indicó Aristóteles siglos antes, por inducción.

El control moral y ético férreo y exhaustivo de estas autoridades que jugaban a ser guía de la raza humana bajo el pretexto de seguir cánones universales (volviendo a incurrir en el error al que pretendieron dar solución), encontró el hastío final de los individuos. Una ética mal entendida, basada en la creencia de que el hombre tiene potestad y autoridad para imponer normas morales que son de suyo comunes, naturales, causó finalmente la rebeldía en los años setenta del siglo XX. Su germen fue el ya archiconocido mayo del 68, desde el cual se abría una nueva etapa, posterior a la modernidad. Todo lo anterior queda destruido para construir ex nihilo una nueva estructura social. El planteamiento, la forma, buscar nuevos caminos con los que encontrar el ideal ya perdido, sin duda era necesario ante la pretensión del Estado de regir como si de las leyes naturales o de un Dios se tratara, pero no el contenido, como a lo largo de este análisis podremos comprobar.

Y es que hablar de posmodernidad o de relaciones líquidas es hablar de narcisismo. Se cuentan por decenas los autores, entre filósofos, sociólogos o psicoanalistas, que han atribuido a este síntoma la categoría de inaugurador de nuestro tiempo. Además de Zygmunt Bauman, de quien seguimos su discurso, Gilles Lipovetsky, Erich Fromm, Christopher Lasch o Tony Anatrella son algunos de estos teóricos de la posmodernidad que han apreciado la constante del narcisismo en nuestra cultura como generador y causa de sus particularidades.

Para un primer acercamiento a las características del narcisismo partiremos de la teoría de Sigmund Freud, quien hace uso del mito de Narciso, ya conocido por todos, para explicar algunas desviaciones en la personalidad. Su análisis toma como punto de partida la vida intrauterina y la primera infancia. Un bebé que enfoca todos sus esfuerzos a satisfacer sus necesidades, que observa el mundo como parte de sí mismo, como medio para cumplir sus deseos. El universo de este niño es el del chupete o el seno materno como prolongación de sí mismo. La experiencia que conduce de la infancia a la madurez hace que el chico se dé cuenta de que el mundo es un objeto distinto a él, incluso, en ocasiones, un elemento contrario a su voluntad.

Aquel que ha quedado atascado en el periodo de la infancia o de la adolescencia y vive de acuerdo con las características antes mencionadas (el entorno debe proporcionarle placer), queda encerrado en un narcisismo absoluto que obnubila la percepción de la realidad y erige su figura en ideal universal: todo y todos deben someterse a su medida. La alteridad pierde importancia para el sujeto, que solo percibe la subjetividad propia, y así la relación entre el yo y el otro queda apartada de la experiencia. Primero quedó apartado el nexo con Dios, después con la naturaleza, y finalmente con el otro.

De este modo, la mayor parte de las características propias de la ética posmoderna tendrían su origen en el narcisismo cultural. El rechazo a la autoridad y la moral, que tiene su formulación en el ya mencionado mayo del 68, y que se refiere tanto a la dominación estatal como al rol paterno, sería una de las primeras particularidades del periodo en quedar patentes. El rol paterno queda difuminado, en muchos casos ni siquiera hace un mínimo acto de presencia. El individuo no tiene entonces un modelo con respecto al cual fundar su identidad, queda condenado a forjar su propio camino sin vínculos fuertes que lo guíen, tomando como referencia su propio deseo y voluntad (de nuevo el narcisismo hace acto de presencia). Y esta pretensión de basar la vida en la figura de uno mismo no lleva a buen cauce, pues una y otra vez comprobamos en la experiencia que no siempre se puede obtener aquello que se desea.

De esta forma de proceder en la vida, la no aceptación de otras realidades que unas veces caminan a nuestro lado y otras en dirección contraria, surge la frustración. El vacío se hace patente, pues el sujeto no encuentra algo que le satisfaga completamente. El modelo de vida que ha escogido no le otorga la felicidad, pero para este individuo abandonado a su suerte, al que nadie aconseja ni ayuda, no existen alternativas. La vida ya no merece ser vivida con ilusión, cualquier esperanza de conseguir una estabilidad perdurable en el tiempo se ha desvanecido. De la censura al otro se sigue el miedo al otro.

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