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Las pasiones de un versátil

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Polifacético: dícese de la persona que posee múltiples aptitudes o que se dedica a diversas actividades. O que tiene muchas facetas, caras, versiones, polos. Que sabe hacer esto y aquello. Que te acostumbra a una cosa y, de repente, te sorprende con otra. O que en el mismo día parezca cernirse sobre él un agujero negro y, en sólo un par de horas, se reflejen en sus ojos todas las estrellas del firmamento.

Un nueve de julio de 1911 nació, en la tierra del arroz y las grandes murallas, un discreto polifacético. Con hermanos mayores y padres misioneros, el pequeño Mervyn inspiraba y expiraba cada rincón de naturaleza que rodeaba las llanuras del Ho, sin saber que, algún día, serían la inspiración de sus novelas. Por aquel entonces tampoco sabía que el futuro estaba, literalmente, en sus manos.

Conoció Inglaterra siendo aún pequeño, pero hasta la década de los 20 no estuvo preparado para abandonar su primer hogar. En 1929, cuando la economía del mundo occidental se precipitaba por el abismo, una mente caótica de dieciocho años se matriculaba en la Academia Real de Croydon.

El destino de Mervyn Peake comenzó a caminar

Su primer y tímido paso lo dio en la exposición de verano de la propia Academia en 1931, en la que enseñó algunas de sus pinturas a todo aquel que quisiera verle. Su segundo y profético paso, exponer su obra con el conocido Grupo de Sark tanto en Londres como en París.

El tercero fue casarse en 1937, y posteriormente tener tres hijos. Probablemente su familia fuera el amor de su vida, pero su trabajo fue el amor de sus días. No hubo un solo anochecer en el que se acostase sin una mancha de pintura, ni un solo amanecer en el que no tuviese en mente un nuevo proyecto.

El año que estalló la Segunda Guerra Mundial, Mervyn Peake visitó Alemania como artista de guerra, inspirando y expirando, esta vez de reclusos de un campo de concentración, inspiración para un futuro libro de poemas. La poesía de un polifacético está llena de sentimientos. La versatilidad en verso. Quizás sean los dueños de los versos más intensos, pues tienen la fortuna, o la desgracia, de haber conocido todo tipo de emociones.

Un año después, en 1946, una niña de cabellos rubios que perseguía a un conejo blanco se cruzó en su camino. Lo malo de hacer tantas cosas es que, al final, las generaciones posteriores sólo te destacarán en una de ellas. En el caso de Mervyn Peake, su pequeña estrella llevaba por título Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Ilustró una de las historias más conocidas de nuestra literatura, aunque no fueron ni mucho menos sus únicos dibujos. El mundo ilustrado de Peake es el menos iluminado por nuestra sociedad, y debido a ello el más interesante y misterioso. Como la sonrisa del gato de Cheshire.

1951 fue un buen año para él. Ganó el Premio Heinemann de Literatura con Gormenghast y Los sopladores de vidrio, y fue elegido miembro de la Real Sociedad de Literatura. Siempre le esperan grandes éxitos a quien sabe esperar. Cinco años antes se había publicado Tito Groan, y ocho años después, su última obra, Tito Solo. Él mismo ilustró, por supuesto, las tres portadas de la erróneamente considerada como trilogía.

Frases entre líneas en algún artículo, notas a pie de página o comentarios fugaces entre dos cafés. Pero se le llegó a considerar mejor poeta que Edgar Allan Poe y se le llamaba “el otro Tolkien”. Fue niño, fue soñador, fue pintor, escritor y reclutado en el ejército. Fue soplador de vidrios, diseñador de logos, ilustrador de obras propias y ajenas y un inglés de origen chino. Vivió sin demasiada fama y murió con desgana.

Pues ¿qué peor final para una mente tan activa que ver cómo ésta enferma irremediablemente? ¿Qué lágrima más triste puede caer sobre un rostro si no es la de un artista que ya no puede utilizar sus manos? Con una última y entrecortada expiración, el discreto polifacético dejó su imaginación descansar el frío noviembre de 1968, habiendo recorrido un camino en el que líneas, sombras, colores y palabras guiaron su polifacético, y sin embargo tímido, corazón.

Porque, como dijo el primer gran filósofo, el hombre que siente mucho, habla poco. Y es que nunca hay que fiarse de las apariencias, pues detrás de una fachada sencilla y sosegada puede esconderse la personalidad más compleja y maravillosa. Como la de Alicia. Como la de Mervyn Peake.

¿Como la mía?

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