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La novatada

Fernando Bonete Vizcaino

Hoy escuché una palabra de la que hacía tiempo mis oídos no disfrutaban: BURRADA. La escribo en mayúsculas porque sin duda les llenará la boca. Se paladea y degusta por su exquisitez clarividente. Su contundencia es formidable.

Pues bien, estamos en época de novatadas. Tenía pensado referirme a ellas en el artículo de esta semana como sinónimo de gilipollez, pero, dado que esta mañana redescubrí la riquísima lengua española, utilizaremos la palabra BURRADA ¡Qué admirable sonoridad!

Y qué absoluta memez aquello de la novatada. Cuánta pena pueden llegar a darme, no las cadetes víctimas (no son más que pobres diablos sin personalidad), sino los llamados “veteranos” (me desagrada en extremo utilizar el término fuera de la semántica bélica). El saberse dueños de la situación por una vez en su vida, ostentar el control y la decisión últimas de alguna cuestión por nimia que sea, les hace creerse algo. “Algo”, que no personas. Porque ser persona va mucho más lejos que la soberana tontería de conducir a niños por la calle como si fueran borregos, de emborracharlos hasta la inconsciencia o de hacerles la vida imposible hasta la náusea.

Se me antoja que tal vez los que organizan estos carnavales sean algo infelices, y que al no encontrar sustancia con que llenar su vacío vital, busquen en la salvajada, en la BURRADA (¡qué genialidad la “erre”!), su único consuelo a una existencia pobre y sin sentido.

Que conste que nunca fui víctima de tales prácticas. Mi rabia frente a la estupidez de marras no está fundada en venganzas ancestrales, sino que procede de la desolación de ver perder el tiempo a jóvenes con edad suficiente para poder intentar pensar, y de observar que se lo hacen perder a otros que deberían centrarse en el nuevo camino que se abre ante ellos.

Y que conste también que soy el más veterano de mi lugar de residencia, y que nunca se me ocurrió ejercer de maestro de ceremonias circenses. Si acaso, se me ha ocurrido la feliz idea de ayudar cuando alguien ha tenido dudas sobre la nueva vida que comienzan (por otro lado lo normal, sin aires de beatitud).

Lo que yo plantearía sería aprovechar esas cinco horas diarias que pierden de su vida para, ya no digo estudiar, allá cada cual con sus notas, pero sí leer un poco a Cervantes, ir a una exposición de vez en cuando, ver alguna que otra película interesante, tal vez ponerse una sinfonía… o un cómic de “Mortadelo y Filemón”, yo que sé. Pero que dejen vivir en paz a quienes quieran conocer y ser felices.

Como de todo esto nunca van a tener conocimiento los burros de turno, pues mientras usted lee, los tiene a ellos dando las únicas órdenes que van a tener ocasión de pronunciar en su triste vida, les dejo una última aportación lingüística que escuché al término de la tarde: zurcir. Pues eso, qué les zurzan ¡Qué fantástica resonancia!

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3 Responses

  1. Censurado

    No hay verdad más grande como la que nos cuentas. Ojalá pudiera gritar más fuerte y hacerme oír, pero mi situación es muy delicada y me veo obligado a colaborar en la sombra. Yo no las he sufrido, pero las he vivido delante de mis narices, teniendo que aguantar BURRADAS una detrás de otra, sin poder ayudar porque de lo contrario, el excluido eres tú. Lo que me parece más preocupante es que estos jóvenes que sí las sufren lo llegan a ver como algo normal, y así de generación en generación. Cada vez peor, no hay límites a las reglas no escritas. Menos mal que aún quedan voces como lo tuya. Muchísimas gracias por tu aportación.

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