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La fiesta de Reyes, una reflexión comunitaria

Diego Vigil de Quiñones Otero


El año pasado, al llegar la fiesta de los Reyes Magos (que oficialmente se denomina de la Epifanía por ser la de la primera manifestación pública o epifanía de Jesucristo cuya Navidad se celebra el 25 de Diciembre –también festivo-) un amigo planteó en su muro de Facebook algo muy interesante: ¿existiría a día de hoy esta fiesta sin la cooperación o el interés de los grandes comercios?

La pregunta puede parecer estúpida si consideramos que la fiesta se celebró de mucho tiempo atrás; y puede parecer provocadora, si tenemos en cuenta que tiene un sentido religioso (o al menos se le supone), pues responder que el principal sustento de la fiesta son las grandes cadenas de almacenes comerciales es tanto como decir que hemos perdido su sentido religioso o que la celebración de la misma es una vaciedad sin más contenido que el consumista.

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Para poder pensar bien el sentido y alcance de la fiesta, en lo religioso y en lo civil, hemos de tener en cuenta que la de Reyes (Epifanía) es una fiesta católica que no se celebra en día separado en todo el mundo. En Asia y África, por ejemplo, el segundo Domingo siguiente al de Navidad es el de Epifanía (en este 2016, el 3 de Enero y no el 6), de modo que celebran litúrgicamente la fiesta sin que haya un reparto de regalos en las casas y sin día festivo diferente del Domingo. En algunos países de Centroeuropa, la fiesta en la que hay regalos, además de la Navidad, es el día de San Nicolás (6 de Diciembre). Sin perder lo religioso, por tanto, otros países regalan en otros días y celebran la Epifanía en el Domingo más cercano. Esto muestra que la fiesta no se perdería en lo religioso si dejase de existir el día de Reyes como se vive en España: la Epifanía, sin día de Reyes, sería como la Resurrección, la Ascensión, el Corpus y otros Domingos señeros del calendario cristiano, los cuales se celebran en lo religioso sin necesidad de reparto de regalos.

La dimensión religiosa de la fiesta no depende, por tanto, de la dimensión comercial. Sin embargo, es evidente que la dimensión comercial es la que le da a la fiesta su carácter civil, lo cual nos aproxima algo más al complejo sentido de la misma.

En efecto, y respondiendo a la provocadora pregunta (¿existiría la fiesta sin el empuje de los grandes almacenes?), habría que destacar que a día de hoy la fiesta de Reyes es a la vez cívica y religiosa, pesando lo cívico- comercial más que lo espiritual. Ello es vivido con gozo por la inmensa mayoría, que compra lo que puede, regala con gusto, disfruta las cabalgatas y roscones, celebrando con ello muchas cosas: lo que se regala, a quien se regala, el inicio del año comercial, la familia, la tradición, y algunos hasta la epifanía del Señor Jesucristo.

Pese al alborozo generalizado, pese a lo que la fiesta de Reyes es en las familias (la ilusión de padres a hijos es lo central), cuando alguien se plantea que la fiesta es muy comercial, brota el desánimo y parece que nos quedamos como decepcionados al comprobar que estamos centrando la atención en lo material y no en lo espiritual considerando que ese materialismo es malo. Nadie quiere ni plantear que los motores de la fiesta sean los grandes almacenes. Y quien se lo plantea lo admite, y entonces como que se agua la fiesta y pierde su sentido. Así ocurrió en el debate de mi muro de Facebook: se sucedieron los mensajes de constatación de que la fiesta es comercial, y con ello cierta vergüenza o cierto desánimo.

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Frente a dicho sentimiento, creo que merece la pena hacer un replanteamiento de la fiesta de Reyes en sentido civil y en sentido religioso.

En sentido civil, hay que partir de que toda comunidad, desde siempre, ha celebrado lo que es. Es muy propio de cualquier comunidad tribal, rural, campesina,…expresar estéticamente lo que se es, en cierto momento del año en que la comunidad se celebra a sí misma (ese es el sentido de la fiesta según, por ejemplo, la Estética de la creatividad del Prof. López Quintás). Y así, en las fiestas patronales de todos los sitios existen referencias a la tradición y esencia de la comunidad que celebra, reflejando lo que la comunidad es con un folklore y unas actividades propias. Sin embargo, en las comunidades industrializadas y globales, hay como una falta de identidad. Se celebran cosas, y se simboliza lo que la comunidad es, pero no hay una identificación festiva identitaria. Por ejemplo, nadie en Madrid considera que la carrera de San Silvestre sea una fiesta identitaria como puede ser la que se celebra cada Mayo en la Pradera de San Isidro. Pero, ¿acaso no es lo mismo?, ¿acaso no es una comunidad que celebra, exteriorizando algo que la caracteriza a día de hoy como es deporte? Naturalmente que si. Y al igual que las carreras son fiestas populares de una sociedad de runners, una gran fiesta del regalo y del consumo es una fiesta de una comunidad que se caracteriza no por el campo, o por la guerra, o por la artesanía, sino por algo que la mueve, la sacia de necesidades y caprichos, pero sobre todo la configura como comunidad: el consumo. Fiestas como la de Reyes, asumidas como una celebración y no sólo como una acción de provisión de cosas consumibles, son la forma moderna, presente, de celebrarse como comunidad en las sociedades de consumo. Forma moderna que asume elementos tradicionales como  el roscón, las cabalgatas etc. A diferencia de otras fiestas, la de Reyes no es una fiesta nacida de nuevas en el contexto moderno de consumo, sino una fiesta en continuidad con la tradición.

No creo, por tanto, que haya que avergonzarse de celebrar la fiesta de Reyes como un acontecimiento comercial, pues al igual que cualquier comunidad se celebra a sí misma en sus signos, la comunidad global de consumidores ha de celebrarse a si misma en grandes fiestas de consumo.

Ahora bien, se comprende perfectamente que el pensamiento de que la fiesta solo es consumir genere cierto desanimo, y que el simple materialismo suscite desazón. Se comprende también que, viniendo de una tradición cristiana en la que la comunidad que instauró la fiesta se celebraba a sí misma pero por referencia a su Redentor y no a un acto de consumo, haya desilusión en pensar que ya no se celebra lo que antaño fue la fiesta en la esfera espiritual.

Frente a dicha desilusión, tal vez habría que redescubrir la dimensión trascendente de la fiesta. Pero no tanto asumiendo la tradición como si no hubiese hecho presente, sino al revés: buscando la transcendencia de lo que de hecho y ya se celebra comercial y cívicamente. En estos tiempos en que todo está en cuestión, pues la revolución tecnológica, moral y cultural operada por la globalización en el último medio siglo ha supuesto una ruptura en toda regla con las tradiciones, no será mala cosa que pongamos en cuestión también la fiesta de los Reyes. Y si nos la cuestionamos, descubriremos que si es lógico (como hemos visto) celebrar el consumo, será lógico buscar santificarlo. Muchas veces se ha vivido el mandato de “santificarás las fiestas” como celebrar la fiesta santa preestablecida, como dar culto a Dios a través de la fiesta transmitida de culto a Él (sea esta como fuere, con o sin elementos que nos permitan hacerla propia) pero, ¿acaso no podría plantearse “santificar” como buscar el sentido justo –santo- de lo que ya es antes una fiesta? Si así fuese, la santificación/justificación de la fiesta civil del regalo, incluiría buscar una proporción en el afecto a los bienes. Una proporción que implicaría moderarse en su adquisición. Implicaría también una apertura al prójimo, descubriendo que el regalo no es un acto egoísta de recibir lo que deseo, sino de dar lo que otro quiere (o incluso darse a sí mismo, que es al fin y al cabo lo que hacen los padres cada 6 de Enero). Implicaría también abrirse a no regalarme solo a mí o a los míos, sino aprovechar esas fechas para regalar a los necesitados de mí alrededor. Implicaría, como no, buscar una fecha propicia de acuerdo con una tradición y una religión. Si este planteamiento santificador se realizase, a buen seguro que la fecha que elegiríamos sería la de la Epifanía. Y seguro que, dada su importancia cívica y religiosa, no la pondríamos ni en un Domingo ni en su lunes inmediato (como pretenderían los promotores de la eficiencia), sino en un día fijo, caiga como caiga en la semana.

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Regalar, compartir, adorar al Redentor con regalos a los prójimos…La fiesta de Reyes, cívica y comercial, puede tener un sentido muy elevado, y más en un mundo global. No podemos olvidar que el pueblo que esperaba al Mesías era el de Israel, y que los Sabios de Oriente que menciona la escritura eran zoroastristas persas completamente ajenos a la tradición judía. Desde sus primeros momentos, el Salvador quiso mostrarse (Epifanía) a otros, sin importar su raza ni filiación. La fiesta de Reyes sería entonces, también, una fiesta para platearse la apertura a otras fiestas y religiones a las que mostrarles lo que somos y celebramos.

Hace poco, el atropólogo del CSIC Manuel Mandianes planteaba que la sociedad actual ha perdido el sentido referencial de la fiesta, y la ha reducido a producto de consumo. Fiestas como la de Reyes tal vez nos ayuden a comprender que la fiesta no es un producto de consumo, sino el fruto celebrativo de una sociedad que se cimenta en el consumo. Un fruto que no se consume, sino que se disfruta (consuma), y que por tanto requiere de todo un significado. Un significado que bien puede ser convertir el acto de consumo en acto de solidaridad, de donación, de aprecio a otros…y con ello de adoración. La dimensión trascendente de la fiesta no es imprescindible para que exista. Incluso sin almacenes comerciales, arrastraríamos la fiesta de los Reyes…pero sin la misma trascendencia social. Pero si existe, aunque solo afecte indirectamente (pensemos que el Black Friday cuelga del Thanksgiving) la fiesta de Reyes tiene un sentido por el que vale la pena celebrarla sin desazón, y sin lamentarse de que sus principales promotores sean los grandes almacenes. La misión de estos nunca fue santificar. Eso depende de la intencionalidad con la que cada cual haga sus regalos.

1 Response

  1. Este artículo es, en sí mismo, un oxímoron. Se está defendiendo la actual aberración social del consumismo como manera de santificar una fiesta religiosa que no necesita del mismo. Antes de la conquista capitalista de España, el gesto (que no es más que eso) del regalo tenía sentido, pues nacía del trabajo de quienes participaban en ella, ya fueran quienes hacían esos regalos de manera artesanal o quienes los compraban con un dinero que resultaba muy difícil ganar… Ahora, que todo procede de la voracidad de los mercados, eso ya no existe. Por otra parte, ya se quiera uno apoyar en el Evangelio de manera radical o en el tamiz de la Doctrina Social de la Iglesia desde León XIII, es irrebatible que el cristianismo, y más concretamente la Doctrina Católica, resulta opuesto al consumismo. Regalar, en sentido cristiano, radica en la privación personal de un bien en beneficio del prójimo, punto. Ahora bien, con ello no quiero decir que no haya que hacerles regalos (de manera comedida y seleccionada) a los niños, sino que esa palabra, “consumismo”, está totalmente fuera de lugar en la concepción católica de la fiesta, no entro en la cívica. Y ¿qué es eso de que una comunidad se celebra a sí misma? Lo siento, pero eso me parece, sencillamente, una soberana estupidez.

    Feliz Efpifanía del Señor.

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