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El teatro de la vida

El teatro en la Edad Media ha supuesto siempre, desde la disciplina literaria, un panorama difuso y no muy esclarecedor en cuanto al concepto que representa. La ausencia de textos impresos y la variedad de sus formas han construido una nebulosa en torno a la materia que el Dr. Miguel Ángel Pérez Priego, profesor de la UNED, se encargó de disipar en el XV Ciclo de Conferencias de Literatura Española de la USP-CEU con la ponencia “Teatro y espectáculo teatral en la Edad Media”. La cita tuvo lugar el día 14 de diciembre en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación, en el marco del conjunto de conferencias que dirige y coordina la Drª. Isabel Pérez Cuenca, profesora de Literatura de la mencionada universidad.

Es necesario abandonar todo prejuicio sobre el teatro más actual para poder abordar con corrección la retrospectiva a la que Pérez Priego recurrió con tanta concisión y síntesis. Olvidemos los personajes y su argumento y caracterización psicológica; no pensemos en escenarios ni montajes; tampoco nos interroguemos por el lugar de representación, ni siquiera por el cuadro directivo de la escenificación. Con todo, situémonos lejos de la idea convencional del teatro que poseemos, pues en la Edad Media todo se celebra, todo participa de la colectividad. “Teatro” en la Edad Media significa “lugar donde se reúne la gente, sin connotación dramática propiamente dicha”. Para Pérez Priego el medievo está imbuido de dinamismo, del “ir y venir de un sitio a otro”.

En este contexto conceptual, el conferenciante definió dos núcleos ejemplares de origen, fundamentales para poder comprender esta forma genérica de entender el teatro. Un centro de creación de espectáculos fueron los conventos, las catedrales y las parroquias. Los templos acogen las ceremonias de la anunciación a los pastores, la venida y adoración de los Reyes Magos y la resurrección tras la Crucifixión. La representación de todas estas escenas es ya mencionada por Alfonso VIII, y comprobamos su realidad con la alusión del Concilio de Aranda, que evidencia la costumbre de llevar a cabo “juegos escénicos”, pero también alguna que otra “inhonestidad”. Pérez Priego señaló en este sentido que “se trataba en muchas ocasiones de una parodia de la liturgia, con mucha carga teatral (los espectadores, el escenario que aportaba el templo) de tipo carnavalesco. No es teatro como en la época moderna, pero encontramos el germen en dichas ceremonias”.

Pero no solo la Iglesia es marco de representación del espectáculo. La Corte y sus fiestas de disfraces, denominadas “momo”, son sencillas escenificaciones que se producían al término de la cena. Las mesas eran retiradas y los cortesanos aparecían vestidos con las ropas más inverosímiles. Acompañaban su atuendo con una leyenda poética de acuerdo con sus fantástico ropaje, unas veces ofreciéndola al mantenedor de la celebración, otras a la dama a las que dedicaban su amor. Aunque su origen se sitúa en Portugal, pronto pasará a Castilla en la Corte de Enrique IV y, más adelante, con los Reyes Católicos, esta práctica llegará a su apogeo. Todo con gran ceremonia, pero con la máscara y lo musical como garantes, los textos de la época, que Pérez Priego citó acertadamente, dan cuenta de ello:

Vino el señor rey con veinte cavalleros de los prinçipales de su corte hechos momos, con sus carátulas e çimeras, con grand estruendo de trompetas, e dieron dos vueltas por la sala dançando. Y después el señor rey començó ir al estrado; y la señora reina desque sentió que era él, levantóse y salió a reçebirle a la meatad del estrado, y juntáronse; el señor rey quitó la carátula y el bonete y con grand prazer reyendo se hizieron grandes reverencias bien baxas el uno al otro, y después fueron a dançar.

Ochoa de Ysásaga

También los torneos y combates, en los que concurrían caballeros de toda Europa, eran propicios para la exhibición representada establecida por un protocolo. El paso de armas concebía la defensa del lugar por parte de un solo caballero, siempre en nombre de su dama, a la que dedicaba la victoria.

La variedad de estas representaciones, su carácter diverso y distinto, hacen de la Edad Media un periodo donde el teatro y el espectáculo se integran en la acción cotidiana. La celebración participa de toda realidad, y el aderezo visual queda servido para enriquecer una vida que es toda ella teatralizada.

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