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El Rey León

Andrea Reyes y Pablo Casado
@AudreyRdP@pablo_casado

Un delicado y elaborado telón se abre lentamente en el Teatro Lope de Vega de Madrid. Con la misma armonía, desaparecen poco a poco las luces de las elegantes lámparas, las voces del público, convertidas en susurros, se apagan. Y el alma, desde el primer instante, se enciende.

El Rey León

Estás en un musical, conoces la historia que en él se desarrolla. Sabes que no se mueven solos los decorados, sabes que son actores de animales y plantas disfrazados. Sin embargo, la voz de Zama Magudulela te atrapa apenas emitidas las primeras notas y, de repente, ya no la ves a ella. Ves a Rafiki. Ya no ves decorados, ves la sabana africana, el cementerio de elefantes, el desfiladero y la jungla. Ya no ves actores, ves leones, gacelas, cebras y hienas. Ya no ves un escenario, te ves a ti mismo formando parte de una apasionante historia que gira en torno al ciclo de la vida y el papel fundamental que todos, en mayor o menor medida, interpretamos en él.

El Rey León, el musical 1

Vives cada una de las escenas, te emocionas con ellas, te sobresaltas, ríes, lloras, aplaudes. Sientes la magia que te rodea, la magia que más de cien personas crean día a día, una proeza de música, danza y color que te encoge el corazón.

“Cuando el espíritu humano visible anima un objeto, experimentamos una conexión muy especial, casi como la de otorgar vida. Nos atrapa tanto el método de contar la historia como la historia misma”, dice Julie Taymor, directora del musical. Puede que ahí se esconda una de las palabras que mejor pueda definir esta maravillosa experiencia: conexión.

Conectas con el espectáculo. Conectas con los personajes, con sus diálogos, con sus problemas. Conectas con su historia. Te sorprende y te conmueve, aprendes y disfrutas con ella, la haces tuya.

El musical El Rey León es todo esto y más. Cualquier crítica que pueda leerse intentará exponer en unas líneas lo vivido en unas horas, y todas se quedarán cortas. Con todos los adjetivos posibles ya escritos, cuando se pone en marcha el ciclo de la vida uno sólo puede pensar hakuna matata y disfrutar.

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