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¡Crucis!

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

No puede ser. No me lo creo…

¡¡Por fin!! Después de meses soñándolo, semanas preparando carteles y camisetas y días sin dormir, ha llegado el día D, la hora H y el lugar L. 14-03-13. 20:00. Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid. Justin Bieber en concierto.

Calma, no pongas esa cara. No voy a hablar del famoso ídolo de masas adolescente, ni de sus alocadas fans, que llevan alrededor de un mes acampando frente al Palacio de los Deportes como si de un quinceañero 15-M se tratara. Felices, sin importarles el frío, la lluvia, el sueño o el faltar a clase. Ya se sabe, sarna con gusto…

De todas formas, ¿quiénes somos nosotros para criticarlas? ¿Es que nadie ha llenado su agenda escolar con fotos y las paredes de su habitación con pósters de Bravo, SuperPop o Topmusic? ¿Qué chica no ha comentado fotos de Tuenti del cantante de turno con miles de eles entre paréntesis? Ahora nos reímos de las beliebers, las swifties, las directioners o las recién nacidas auryners, pero si echamos un vistazo al baúl de los recuerdos, probablemente de quien nos riamos sea de nosotros mismos. Éramos igual de enloquecidos, igual de fanáticos e igual de ilusos (especialmente las féminas).

De lo que no estoy tan segura es de si, dentro de unos cinco años, los adolescentes seguirán con las tradiciones propias de esa edad. Las generaciones cambian cada vez más rápido, y me atrevería a decir que más por desgracia que por suerte. Te lo voy a demostrar: si me acompañas, viajaremos en el tiempo durante unos minutos…

¿Recuerdas, por ejemplo, la Nintendo DS y el famoso juego Nintendogs? ¡Qué ansia por poder dar un paseo más largo al perro, y por comprar la casa de la playa! ¿Recuerdas tu cara de concentración cuando jugabas a los tazos de Pokémon? ¿Y el Tamagotchi? Venga, reconócelo, dejabas que se acumulasen sus excrementos en la pantalla a propósito…

O el Furby, las Bratz, su bótox y sus inexistentes pies, Oliver y Benji y el ya épico inacabable campo de fútbol, los cómics de Astérix y Obélix, Súper López, Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape…

Pero, por encima de todo ello, ¿recuerdas el pilla-pilla? Y el escondite, mirando de reojo mientras contabas pegado a un árbol y con la adrenalina por las nubes buscando el mejor rincón. El escondite inglés, cuyo nombre nunca he logrado descifrar (¿será que es una versión más fina de jugar?). ¡Tinieblas! Aguantando la respiración como si la vida te fuera en ello y haciendo todo tipo de acrobacias entre los muebles. Polis y cacos, balón prisionero…

Pilla pilla

Qué bien nos lo pasábamos, ¿verdad? Nuestra única preocupación era conseguir gritar aquello de “¡por mí y por todos mis compañeros!”, agacharnos a tiempo cantando “en la ca-lle-lle veinticua-tro-tro…” o terminar la colección de cromos de la Liga mientras decíamos “sile, sile… ¡nole!”.

La infancia, sin duda alguna, es la mejor etapa de la vida. El único defecto, quizás, sea que no nos damos cuenta de ello, que somos felices sin saberlo. Pero también quizás sea ahí donde se encuentre la magia de la niñez. Una magia que estamos convirtiendo en un truco barato. Porque ahora los niños mayores ya no compran cromos, sino fundas de BlackBerry. Ahora ya no ven Disney Channel, sino Mujeres y Hombres y Viceversa. Ahora los parques sólo se llenan por las noches, y los iPad han sustituido a los puzzles y pizarras.

Enseguida los piercings, el cigarro y los tacones. ¿Dónde vais, si sois unos críos? ¿A qué vienen tantas prisas? ¡Os estáis perdiendo la última oportunidad de disfrutar y ser libres sin complejos, antes de entrar de lleno en el mundo del acné y las peleas familiares! Luego uno se arrepiente de haber quemado cartuchos antes de tiempo. Porque no hay marcha atrás, los años ni vuelven ni se devuelven. Y nadie se puede escaquear, porque Peter Pan sólo hay uno.

Por cierto, por si te interesa, hoy Justin Bieber da un concierto en el Palacio de los Deportes, aquí en Madrid, sobre las ocho de la tarde. 

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