Home > Miscelánea > Como la canción de Mecano

Como la canción de Mecano

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Durante los últimos días de agosto y los primeros de septiembre, las redes sociales se convierten en un auténtico catálogo de fotografías de pueblos, playas, atardeceres y desayunos tardíos y felices. Los pies posan por última vez sobre la arena, las toallas y las bolsas de rayas se sacuden y se respira un aire nostálgico entre los comentarios y los me gusta.

Tras haber estado días, semanas o incluso un par de meses viviendo despreocupados y relajados, en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos con una triste (pero eso sí, morena) versión de nosotros mismos al fondo de un soleado pasillo, con un nudo en la garganta, una maleta en una mano y en la otra los primeros atisbos de morriña.

Uno no se da cuenta, pero en la carretera es donde se produce esa ruptura sentimental entre nuestra vida en vacaciones y nuestra vida rutinaria. La primera es nuestra amante; atractiva, maravillosa, paradisíaca. Pero no deja de ser una pasión y, como tal, es breve y escurridiza. La segunda es nuestra mujer; con quien realmente convivimos, con quien sufrimos por el agobio y el frío de los meses y con quien disfrutamos de los pequeños placeres diarios. Es quien realmente nos conoce y a quien estamos acostumbrados. Discutimos entre junio y julio y volvemos junto a ella en septiembre, cuando nuestro pasional amor de verano apenas se distingue entre los múltiples recuerdos del mar.

Como la canción de Mecano | Andrea Reyes de Prado

El cambio de chip entre la conocida depresión post-vacacional y la “vuelta al cole” tiene un pequeño paso esencial, sin el cual esa transformación no sería posible. Y ese paso tiene materia, forma y nombre: balanza.

Septiembre se parece mucho a enero. Los días previos a ambos meses dedicamos muchos minutos a mirar atrás, a lo que hemos sido y hecho, a lo que no hemos sido ni hecho y a lo que quizá deberíamos haber sido y hecho. Hacemos el balance de lo bueno y malo, como la canción de Mecano. La única diferencia es que ahora, en septiembre, no se llena de gente la Puerta del Sol ni cambiamos el número de año en los diarios, cartas, recibos y contratos.

Pero ¿quién no se ha propuesto las mismas metas que cuando preparaba las doce uvas? Hacer más ejercicio, dejar de fumar, encontrar pareja, no encontrarla, aprender idiomas, ser más ordenado, aprobar todas las asignaturas, ahorrar para un viaje, hablar con esa persona… A lo mejor ya hemos desistido de los objetivos del pasado fin de año, o a lo mejor ya hemos cumplido alguno de ellos. A lo mejor con el nuevo curso sustituimos metas, o quizás nos planteamos unas nuevas.

Lo alcancemos finalmente o no, lo que sí es seguro es que siempre tendremos algún objetivo por el que luchar, porque siempre habrá algo que deseamos conseguir, algo que creemos bueno para nosotros, algo que nos llena un poquito más. Porque el hombre nunca cesa de buscar la felicidad.

Continúa el camino...
Bajo ojos de Leica
‘Una mujer en Berlín’: memorias del subsuelo
Amar un abismo
Lewis Baltz. Lo que deja la ausencia

Deja un comentario

Este sitio emplea cookies propias y de terceros para mejorar su calidad. Si continúa navegando o utiliza el scroll de navegación vertical, aceptará implícitamente el uso de Cookies. Puede consultar más datos en nuestra Política de Cookies

Las opciones de cookie en este sitio web están configuradas para "permitir cookies" para ofrecerte una mejor experiéncia de navegación. Si sigues utilizando este sitio web sin cambiar tus opciones o haces clic en "Aceptar" estarás consintiendo las cookies de este sitio.

Cerrar