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‘Yo no soy mi cerebro’: pensar en cómo pensamos

Reseña de libro: Yo no soy mi cerebro

Ficha técnica

Yo no soy mi cerebroTítulo: Yo no soy mi cerebro

Editores: Markus Gabriel

Editorial: Pasado & Presente

Páginas: 317

Precio: 23€

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Fernando Bonete
@ferbovi


Fue el profesor universitario de filosofía más joven de Alemania con tan solo 29 años; conoce nueve idiomas, chino incluido; su primer libro, un ensayo filosófico, consiguió llegar a la categoría de bestseller; se ha erigido, antes de entrar en sus cuarenta, en abanderado internacional del nuevo realismo alemán. Y luego está su manera de escribir filosofía: clara, amena, directa y repleta de ejemplos sencillos y cotidianos. Todo Markus Gabriel es una sorpresa, una constante ruptura de esquemas.

¡Si solo fuese su manera de titular! El título de sus obras, motivo de polémicas y alimento infundado para la prensa amarilla, es, en realidad, lo menos singular de su obra: Por qué el mundo no existe y Yo no soy mi cerebro (ambas nos llegan de la mano de la editorial Pasado & Presente) son provocaciones aparentes para lo que en el fondo es una visión de la realidad razonable y cercana, sin extravagancias o asomo de excentricidades.

Yo no soy mi cerebro
Markus Gabriel

Tanto es así que la atención de Gabriel no recae en abstracciones y quimeras, sino en temas de actualidad que suponen un reto de futuro inmediato. Su último libro es, por esa razón, un libro necesario. Yo no soy mi cerebro no solo retoma una preocupación esencial y persistente en la filosofía de las últimas décadas, la injerencia de la ciencia experimental en su objeto de estudio; no solo ataca la intrusión de la ciencia en el territorio de la filosofía para colonizar su discurso y erradicar su aportación a la explicación que damos de la realidad. Yo soy mi cerebro nos descubre, he aquí la gran virtud de la proposición de Gabriel, la repercusión que todo ello tiene para nosotros, haciendo nuestro, entendible para el gran público, un discurso tantas veces relegado a la mera discusión intelectual.

Porque el hecho de que la ciencia llegue a alzarse o no como única fuente de conocimiento y bastión de la verdad, depende en buena medida de que aceptemos o no que somos nuestro cerebro. O lo que es lo mismo, que aceptemos o no que aquello que nos hace ser quienes somos, la conciencia, esa particular percepción de la vida que es diferente y única para cada uno de nosotros, está alojada en algún lugar de nuestro cerebro, de forma material y tangible y, por tanto, puede ser estudiada, cuantificada y clasificada.

En este cambio de época, donde el eje antropológico de la humanidad ha virado hasta recaer en la tecnología (con todas sus virtudes y todos sus defectos), las grandes corporaciones tecnológicas han conseguido desempeñar el papel protagonista en el devenir del desarrollo global. No hay mejor manera de favorecer y engrandecer su presencia que anulando la realidad de toda dimensión intangible y aceptando y declarando la inexistencia de lo espiritual. Nos jugamos mucho, todo, porque si llegamos a asumir la idea de que nuestro yo, en toda su plenitud, es nuestro cerebro, basta con medir las tendencias de búsqueda, deseos de compra online, tiempos dedicados a cada tarea, así como situarnos en un determinado lugar en determinado momento gracias a la geolocalización para saber determinar objetiva e infaliblemente quiénes somos… y ser tratados según esa imagen y definición resultante.

Este reduccionismo es peligroso porque convierte al hombre en una serie de datos computacionales y sinapsis neuronales, y asume que las decisiones no son tomadas por nosotros mismos, sino por nuestro cerebro, con todas las repercusiones para la libertad que ese pensamiento trae consigo. Esta concepción dada por la deificación de la ciencia no es nueva, pero el ambiente hoy es más propicio que nunca para su éxito. Corrientes como el neurocientificismo, apoyado transversalmente por el materialismo y el darwinismo social, trabajan incansablemente para lograrlo, mientras las corporaciones ponen su granito de arena y esperan para hacer su agosto.

Contra esta cosmovisión se manifiesta Markus Gabriel, no con otro esquema mental contrapuesto, sino invitándonos a utilizar de manera libre y autónoma la herramienta de pensar en cómo pensamos. Lo que viene a ser, en definitiva, un urgente llamamiento para recuperar las humanidades.

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