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«Ya no estaremos aquí». Relatos de un tóxico dónde

Ficha técnica

Título: Ya no estaremos aquí

Autor: Matías Candeira

Editorial: Salto de Página

Año: 2017

Páginas: 152

Precio: 15 €

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Errónea, fácilmente, suele pasar inadvertida. Tan breve, impercibida. Colocada como por azar, como por cierta estética, un instante antes del comienzo. Sin embargo su presencia es a veces esencial: contiene, en palabras y contextos de otros, lo que el autor considera que es síntesis casi perfecta de su propia obra. Por eso cuando Matías Candeira cita a Salinger («Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno, muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno…»), y a Canetti («Ningún animal ha visto las estrellas, ni una sola estrella es conocida por un solo animal…»), una página antes de su Ya no estaremos aquí (Salto de Página, 2017), es porque ambos extractos ya hablan; sin saberlo ya dicen, el libro.

Si «la imaginación es una enfermedad», como se expira y sentencia en «Bosques tranquilos», Matías está siniestra y hermosamente contagiado. Autor de los volúmenes de relatos La soledad de los ventrílocuos (Tropo, 2009), Antes de las jirafas (Páginas de Espuma, 2011) y Todo irá bien (Salto de Página, 2013), y de la novela Fiebre (Candaya, 2015), el escritor regresa al formato breve con nueve historias de atractivo y gélido terror. Profesores, padres, hijos, artistas, hasta patos y perros, en profético lenguaje son testigos y víctimas de la destrucción, la metamorfosis, el desoriento y la pesadilla habitada y habitante. Siempre cerca suyo, como verdaderos protagonistas, esquejes de hombres y mujeres. Humanos pequeños, niños; que en su misterio tal vez contienen alguna esperanza. «Hay cerraduras en mi hija –se narra en «Las profundidades»–. A veces me pongo rojo delante de ella. Sucede cuando quiero que esté aquí de verdad, que me deje ser su padre, o al menos alguien seguro con quien cruzar una palabra». Sí, tal vez se halle en ellos alguna luz, pero celosamente la guardan, la custodian, la esconden. ¿…Y si amenazaran con condenarla, como sus adultos hicieron consigo mismos?

Personajes que en profético lenguaje son testigos y víctimas de la destrucción, la metamorfosis, el desoriento y la pesadilla habitada y habitante.
«Greenhouse», Aron Wiesenfeld, 2012.

Fiel a su voz oscura y distante, en cuya originalidad y tenebrismo halla su valor, a través de «Casa de nieve», «Detrás de la tormenta» o «Hija pródiga» Matías recorre con pies punzantes escenarios tan comunes y simples como desoladores. Esquinas de ciudad y campo donde se sucede lo desterrado. ¿Los hizo así el hombre, sabiendo de antemano que las flores mueren? ¿Los hizo a su imagen y semejanza? En «El interior de un ojo» se escruta: «Son sus ojos. Hay algo ahí detrás. La negrura resbaladiza, el vacío». Ojos aquí como esferas, como espejos de noche, mas también como metáforas de los escenarios y personajes de Ya no estaremos aquí. Aquí, dónde. Indescifrable, oscuro, tóxico dónde. Un espacio del ser humano donde vive la asfixia. Porque gran parte de estos cuentos los sobrevuela la incomprensión, la incoherencia –premeditada, se entiende, se supone–, en los que la descripción de las emociones y su conducta, a veces temeraria, otras huidiza por débil; siempre angustiante, se come al argumento. Que baila, dice, desdice y deja en suspendida intriga su cronología y su verdad. En Matías, sobre todo, es el deleite de la forma. Forma metamorfoseada en mueca que hereda de Kafka esa finísima frontera entre lo absurdo del personaje y su situación, su estar o ser, y la terrible cotidianeidad que lo rodea y devora.

«Y me preguntó si crecía hacia dentro o hacia fuera». Acento de «Bosques tranquilos», el que condenó la imaginación. Forma que cuenta, con hilos negros, pesadillas de los que fueron infancia y de los que nacieron sin ella. Seguir la prosa de Matías Candeira –de puntillas, por si acaso se pisa niebla y se cae en un insondable agujero negro–, es acción recomendable para quienes gustan de literatura atípica, indómita e incógnita. Y así como Salinger y Canetti ya lo advierten en aquella siempre olvidada página–prólogo, antes lo hace la portada: una ilustración de Aron Wiesenfeld, sugestiva y misteriosa como son todas las suyas y bautizada Flood, anuncia esa tierra de nadie vacía y llena de grito que es este libro. «“Crecen hacia dentro”, me dije entonces, y di gracias por la sabiduría de mi hija».

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