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Y en el principio estaba lo sagrado…

Ignacio Álvarez O´Dogherty

Ahora que el verano se presenta delante de todos, bachilleres y universitarios, antes de que archivemos aliviados los apuntes del año y de que nos disolvamos por entero en el ocio, muchas veces mal entendido, me gustaría rescatar un recuerdo universitario. Me refiero a ese momento en el cual nos decíamos, después de una clase de Historia de la que salíamos con cierto entusiasmo, “esta vez vamos a aprender lo que pasó en la Antigüedad”, y allí los más aplicados acababan comprándose y ojeando algún libro recomendado y, los más optimistas, leyendo sin más novela histórica.

Para discernir qué es la cultura y qué el pseudo-entretenimiento, habría que recomendar, a este respecto histórico, un libro que permite entender los orígenes más recónditos de Occidente.

Pasados los años de la Revolución Francesa y de Napoleón, la Francia del s. XIX se daba al romanticismo de afamados literatos como Víctor Hugo y veía nacer poetas como Rimbaud o Baudelaire. Durante el mismo período otros escritores, no menos ilustres, se dedicaban al estudio e investigación en el ámbito académico. Son verdaderas las joyas que se encuentran, en esta época, en lo que a investigaciones universitarias respecta y auténticas perlas, asimismo, sus correlativos profesores. Uno de ellos es claramente Fustel de Coulanges quien, en su basta erudición sobre la Historia y el Derecho, escribió un libro considerado hoy como un clásico indiscutible, se trata de La Ciudad Antigua.

Acostumbrados a mirar al pasado para volver a “renacer” espiritualmente en Europa, este estudioso de lo que hoy se conoce como cultura clásica, se da cuenta de que, como tantas veces, en el fondo no se han entendido a nuestros antepasados. Cada época, nos recuerda, juzga aquella historia en función de la suya y cree incluso hasta parecidas las revoluciones de los antiguos respecto a las que les suceden a ellos. No en vano, como automáticamente repetimos, griegos y romanos son la cuna de nuestra civilización, ¿no?

En concreto hoy, la época en que los miramos como los más astutos y viles de entre todo aquel piélago de toscos individuos, aquellos que acaparaban el poder, los que realizaban continuos sacrificios y creían en absurdas supersticiones siendo, en el fondo, más bárbaros que los bárbaros. El patricio era un plutócrata elitista y el plebeyo la víctima aplastada de un tal despotismo, situación germen de continuas conspiraciones, en una sociedad primitiva y enferma.

Esto, en efecto, no es sino un prejuicio de una época como la nuestra que traslada estos lugares comunes, que son los suyos propios, a épocas remotas que no se ha tomado la molestia de intentar comprender en sí, sino únicamente, y siempre, a través de sí misma.    

Fustel de Coulanges nos rescata del atasco y nos hace entender, con una tesis tremendamente sencilla y sugerente, lo que caracteriza, en la base, a aquella antigüedad que se presenta tan oscura: la creencia en el más allá. Es ésta claramente el fundamento de todo lo griego, romano e, incluso, indoeuropeo. Es por ellas que queda determinado todo el derecho público y privado, la existencia de una fratría o comunidad, el salir, o no, al campo de batalla, la jerarquía familiar y la razón, en definitiva, de toda la ciudad. Es en este culto a sus antepasados, a partir de su sepultura, sobre el cual descansa su buena o mala situación terrena y por el que se garantiza, a su vez, su futura trascendencia.

Nuestra mirada de indignación tornará quizá a la de sumo respeto e incluso admiración por este antiguo culto, una respuesta civilizada a esa realidad radicalmente provocadora en el hombre como la muerte. Además, si cambió, si evolucionó con el tiempo, algo que se hace más visible en el caso romano, fue por el cambio a la larga que se operó en las ideas consecuencia natural del espíritu humano, que, debilitando las antiguas creencias, arruinó al mismo tiempo el edificio social que estas creencias habían levantado y que sólo ellas podían soportar, nos dice el profesor Coulanges, a la vez que añade como causa la existencia de un grupo de hombres colocados al frente de la organización de esta ciudad, que la sufrían, que tenían interés en destruirla y que le hacían la guerra sin descanso.

Además de esclarecedor, con esta tradición que hoy conocemos como pagana, el libro resulta de lo más ameno y expone con método ordenado todo lo concerniente a esta civilización ya desaparecida y a su sagrado fundamento. Si no se conoce esta obra tan sugerente, es normal que uno se aburra y no entienda nada en sus clases de Historia, tantas veces enseñada de manera objetivada y acrítica, cuando la Historia está para interpretarla.

Un libro, por cierto, especialmente recomendado para los que se van este verano de vacaciones a Roma o Grecia y que, por cierto, habrá que buscar por internet en Iberlibro o Amazon (también disponible en Ediciones Omega), si no se tiene evidentemente a mano una de esas librerías antiguas… hoy ya cada vez más desaparecidas.

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