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Umbral de tiempo recogido. Poesía de Mario Vega

Ficha técnica

Título: Al umbral de las horas

Autor: Mario Vega

Editorial: Valparaíso

Año: 2016

Páginas: 68

Precio: 10 €

 

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


Horas que cautas, pacientes, aguardan el momento de ser relevadas por las próximas. Para ser vividas, aportar lecciones no pedidas, inspirar nuevos poemas de impredecibles longitudes. Para ser. Para su primer poemario, Al umbral de las horas (Valparaíso, 2016), de todas las acepciones que el sustantivo masculino posee, Mario Vega (Oviedo, 1992), poeta que además es director y editor de Maremágnum, seguramente escogió el mestizaje resultante de las dos siguientes: «comienzo, principio de una actividad»; «límite a partir del cual se percibe una sensación o estímulo». Son también, dentro de lo que permite el imparcial academicismo de un diccionario, las más poéticas, claro. Y poseen en común un punto de inflexión. Un detenimiento, aunque breve. Un instante cuya extensión en vida sólo sabe el joven autor y que, en objeto latente, dura lo que estos treinta y cuatro poemas suspendidos dictan a cada lector que duren. Un instante que podría definirse como aire de memoria.

Mario Vega
Mario Vega.

Tras una introductoria frontera cíclica de T. S. Eliot –In my end is my beginning– a modo de apunte esencial, el libro se estructura en tres vértices de un mismo sosiego bajo los nombres de Amarilis, La orilla y Soledades. Tres soledades en sí mismas, tres recodos de pensamiento en los que el pasado, muy presente, se verbaliza de formas diferentes: Amarilis se acerca como nostalgia tierna, ingenuidad superada, ternura no exenta de dolor, pues éste aún late cuando se aproxima un recuerdo. «A veces me pregunto / por qué los dos bajamos la mirada / al acogernos insistente el día» (El puente). «Yo me siento muy lejos / de la templada intimidad que esbozas» (Cautiva intimidad). «Hoy como ayer, las sombras se despiertan» (Ruego). Nostalgia ya familiar y asumida que canta como un réquiem en uno de los poemas más bellos, Balada interior: «Y qué importancia tiene si soy yo, / si soy muchos o apenas un indicio / de aquellas / necesarias noches, alma / misma de aquel milagro, / reconcentrada calidez, / ropaje último en que descansa / la irregular belleza de unos ojos».

Sobrevolada una historia que parece reposar tras el duelo, La orilla trae palabras frecuentes como juventud, tiempo o, especialmente, recuerdo, que en sus distintas terminaciones aparece veintiséis veces a lo largo de Al umbral de las horas. Sin duda la humedad que deja la vida ya vivida es oxígeno y motor en los poemas de Mario Vega, que en este segundo grupo se manifiesta más madura e intensa: habla del ser humano más que de un hombre, y acentúa el carácter cíclico del tiempo, la memoria y la poesía: «La muerte es el regreso hacia el origen» (Overseas). Certezas que siempre estuvieron a nuestra sombra, descubiertas en un parpadeo de escritura. Dolor por la realidad, aprendida a lo largo de un lento y veloz pasado. Dolor que se muestra experto y advertido, que conoce el funcionamiento de la vida y sabe las trampas de su juego. «Y entregártelos libres de ceniza, / sin las manchas que poco a poco, lento, / el paso de los días va dejándonos; / sin aquellas palabras que me llevo, / que arrastro y me hacen ser umbrío, necio, / y transido de vida» (Introito). «Apenas un momento, un instante / de intimidad te basta para estar / de más sólo contigo» (Redención). «Reverbera el silencio de los hombres, / la contraria miseria de sabernos / los reyes de la nada» (Ciudadano). O, como tajante y herido expresa La madurez:

«La juventud transcurre rumorosa
como el nacer manado de las aguas
o el etéreo cuello de los cisnes,
y continúa hasta algún punto en que alguien
nos recuerda que el tiempo de los besos
se ha acabado, que así empieza la vida.
Entonces asumimos el engaño
de lo que a gritos llaman madurez
cuando todos sabemos que no existe».
Mario Vega
Versos de «Noche de hogueras».

Es un orden extraño el de este libro, sumido en una tranquilidad que, pese a haberse dado sólo después del largo y tormentoso viaje que es toda creación poética, dócil se abre a cada página. Dócil, mas no entera. La propia calma que transmite Mario la respiran también sus versos, cuya mirada, como la suya propia, advierte de un misterio al alcance de pocos. Soledades concluye con el ascenso a un tercer escalón en ese camino que es ida y retroceso, parada entre dos momentos que son el mismo, pues la vida es continuidad y tránsito. Los títulos de los últimos poemas ya avisan del tono más oscuro, solemne, empleado: Los convidados I y II, Sombras, Noche de hogueras, Carpe Diem. Nombres de otros poetas que Mario ha bebido matizan con sus versos las hojas de Amarilis y La orilla (muchos de ellos conocidos, como el mencionado T. S. Eliot, John Keats, Alejandra Pizarnik, Rafael Alberti, Luis Cernuda o Ángel González o Luis García Montero, «padrino» de este volumen; otros popularmente menos sonados como Víctor Botas [Oviedo, 1945–1994] o Francisco Brines [Valencia, 1932]. Todos, desde sus voces, nos otorgan el conocimiento de sus influencias). Pero en Soledades, en cambio, es el propio Mario quien se entrega a maestros, compañeros o amigos. Pues no es lo mismo para un poema ser «para» que ser «a».

Sin rima, musicalmente serenos, como gotas de la primera sabiduría de la juventud, la poesía de Mario Vega, asomada ya en Al umbral de las horas, es como define Luis García Montero «regreso, instinto de plenitud y pérdida, soledad y diálogo. Su memoria es un verdadero punto de partida […]. Quien sabe desde joven sentirse acompañado por la poesía puede acompañarnos con su palabra a los demás». Quizá no sea tanto saber, sino nacer con ella. Con la inclinación precisa, abismal e irreversible a la poesía. En ese metro cúbico de universo que para Juan Antonio González Iglesias es el poema, habita ya, entre elegantes fronteras de silencio, Mario Vega.

Continúa el camino...
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