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Teresa de Calcuta: el perfume de la caridad

Reseña de libro: La alegría de darse a los demás

Ficha técnica

07 Horizontes_LA ALEGRIA DE DARSE A LOS DEMAS.inddTítulo: La alegría de darse a los demás

Autora: Teresa de Calcuta

Editorial: San Pablo

Páginas: 336

Precio: 10 €

Pablo Ortiz Soto
Ilustraciones por Andrea Reyes


A las Misioneras de la Caridad,
Agnes Mary y Subrata, del
Alcohol & Drug Rehab Centre.
St. Helen’s Convent, Blarney.
(Cork – Ireland)

El 29 de diciembre de 1975, la conocida revista estadounidense Time sorprendió al mundo con un gran reportaje titulado Living Saint. Lo curioso de tal acontecimiento no era solamente que estuviera dedicado a la magnífica labor de la Madre Teresa de Calcuta, es decir, a una monja católica, sino que además lo interesante es que un medio laico utilizara la palabra “santa” para el titular. ¿Cuál es la razón de un hecho tan insólito? La respuesta la podemos encontrar en otra palabra: Caridad. Un profundo término cristiano, pilar en la vida de la Madre Teresa, que puso en práctica con su entrega a “los más Pobres entre los pobres”: aquellos en los que ella veía a Jesucristo. Por eso la vida de la fundadora de la congregación Misioneras de la Caridad no se enmarcaría en la labor de una ONG; su testimonio existencial iba mucho más allá: “Mis Hermanas y Hermanos, las y los Misioneros de la Caridad, no son trabajadores sociales: son contemplativos en medio del mundo. Sus vidas están consagradas a la Eucaristía por medio del contacto con Cristo bajo las apariencias de pan y bajo el semblante dolorido de los Pobres: tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba preso, y vinisteis a verme (Mt 25, 35-36).”

Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber. Cuenta Teresa, en una de las conferencias, ruedas de prensa, conversaciones privadas y entrevistas recogidas en el libro La alegría de darse a los demás, que en una ocasión estando en Estados Unidos una persona fue a la casa de las misioneras y les dijo: “‘Hay una familia hindú con 8 hijos, que llevan varios días sin comer’. Cogí un poco de arroz y acudí inmediatamente en su ayuda. Pude ver sus caritas, pude ver sus ojos relucientes por el hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo repartió en dos porciones iguales y salió inmediatamente. Al volver le pregunté: ‘¿Adónde has ido? ¿Qué has hecho?’ Me contestó: ‘También ellos tienen hambre’. Al lado, había una familia musulmana con el mismo número de hijos. Ella sabía que llevaban días sin comer. Aquella mujer hizo lo que hace Jesús: partir el pan.” Pero… no solo de pan vive el hombre (Mt 4, 3) como así experimentó un anciano romano, que vivía en pésimas condiciones, cuando fue auxiliado por las Hermanas (limpiaron su casa, lavaron sus ropas y le prepararon comida): “A los pocos días, aquel hombre rompió su mutismo para decir: ‘Hermanas, vosotras habéis traído a Dios a mi vida. Traedme también a un padre’. Las Hermanas acudieron a un sacerdote. Aquel hombre se confesó, después de 60 años. Al día siguiente, murió. Esto es algo hermoso.”

Teresa de Calcuta
Caligrama Teresa de Calcuta – Ilustración por Andrea Reyes

Era forastero y me acogisteis: “Hace años que en Calcuta venimos realizando esfuerzos para evitar abortos por medio de adopciones y, a Dios gracias, hemos podido ofrecer a muchos que hubieran muerto, un padre y una madre que los amasen y les ofrecieran cariño y cuidados. Para nosotras en la India, esto es algo maravilloso, porque tales niños resultan por ley intocables. Esta es una de las características más admirables de nuestro pueblo: su disponibilidad para adoptar y ofrecer un hogar y ternura a estos niños indeseados, y a Cristo bajo sus apariencias.” Otra muestra de su acogida es que, como afirmaba Teresa, “para nosotras no tiene importancia la fe que profesen nuestros asistidos. Nuestro criterio de asistencia no son las creencias, sino la necesidad. Todos son cuerpo de Cristo, todos son Cristo bajo la apariencia de criaturas necesitadas de ayuda y con derecho a recibirla. Jamás hemos intentado que nuestros asistidos se conviertan al cristianismo. Lo fundamental es que encuentren a Dios, a través de la religión que sea y como sea. Lo que nos salva es la fe en Dios. Lo de menos es desde qué punto se llega a Él. […] La Misionera de la Caridad es una mensajera del amor de Dios.” Teresa, como aquel Hijo que mientras era crucificado seguía amando al hombre perdonando sus pecados, se ofrecía como una Madre que no difiere el amor que siente por sus hijos. Acogiendo a todos, ya fueran de una lengua, raza o nación diferentes, limpió sus rostros de sufrimiento, como Verónica, para dar luz y esperanza al mundo.

Estaba desnudo, y me vestisteis. En otra ocasión, en una salida nocturna por las calles de Calcuta donde recogieron a varias personas en estado crítico para llevarlas a la Casa del Moribundo, hubo entre ellas una anciana que fue atendida por Teresa. Tras arroparla en la cama, comentaba la alegría y el perfume de los Pobres, “me cogió de la mano mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa maravillosa. Pronunció una sola palabra: ‘Gracias’, al tiempo que expiraba.” Estaba enfermo, y me visitasteis: “Hace algunos meses, un hombre alcoholizado fue recogido en las calles de Melbourne por las Hermanas. Había permanecido en aquel estado varios años. Las Hermanas lo llevaron a la Casa de la Misericordia. La manera como lo trataron y lo cuidaron le hizo caer pronto en la cuenta de que Dios le amaba. Dejó la casa y jamás volvió a probar el alcohol, sino que regresó junto a su familia, a sus hijos y su trabajo.” En otra ocasión, en Calcuta, una de las Hermanas “subió a mi habitación para decirme: ‘Madre, he estado tocando el cuerpo de Cristo durante tres horas’. Su rostro estaba resplandeciente de júbilo. Le pregunté: ‘Hermana, ¿qué es lo que has hecho?’ Me explicó: ‘Nada más llegar, trajeron a un hombre cubierto de gusanos. Lo habían recogido en una alcantarilla. Durante tres horas he estado tocando el cuerpo de Cristo. Sé que era él’. Aquella Hermana había comprendido que Jesús no nos puede engañar. Él lo ha dicho: ‘Estaba enfermo y me curasteis’.”

Ante estas muestras de Caridad, de ser cristiano, “un ministro hindú –relata la Madre Teresa– declaró en una reunión pública que cuando veía a las Misioneras de la Caridad trabajando entre los leprosos, le parecía ver de nuevo a Cristo en la tierra para poner al servicio de los Pobres.” Estaba preso, y vinisteis a verme, como así demuestra la casa Shanti Dan o Don de Paz de Calcuta construida con los ahorros del ayuno de cada viernes que hacían las Misioneras, y otras comunidades religiosas (budistas, musulmanas e hindúes) por invitación de las Hermanas, “para las muchachas que se encuentran en la cárcel. Más de cien muchachas –comentaba Teresa en su última entrevista– han salido ya de prisión.” Pues bien, estas experiencias y las que vendrán a continuación son tan solo una insignificante muestra de todos los testimonios de Caridad, es decir, de solidaridad, piedad, misericordia, amor, generosidad, dignidad, amparo, santidad, honestidad, humildad, trabajo, perdón, sencillez, alegría, ternura, comprensión, devoción, pureza, acogida, amabilidad, fe, gracia y esperanza que pueden encontrar en este libro. Por eso recomiendo encarecidamente su lectura.

Teresa de Calcuta
“Madre Teresa de Calcuta” – Ilustración por Andrea Reyes

La Madre Teresa de Calcuta, cuyo nombre de pila era Agnes Gonxha Bojaxhiu que significa Pequeña flor, fue para el mundo una meliflua fuente que rebosó de Caridad dejando en el ambiente un floreciente perfume que se interiorizó en los “más Pobres de entre los pobres”, transportando a los más desgraciados (enfermos mentales, prostitutas, niños abandonados, leprosos, víctimas del sida, drogadictos, alcohólicos o a personas tristes y solas) a la suprema belleza y alegría de Cristo. Pero los Pobres no solo eran para Teresa los leprosos y moribundos, los desnudos o los hambrientos; también son, como el cristianismo da fe, “el sentimiento de verse indeseados, de no ser amados, de sentirse abandonados de todos.” Dicho de otro modo, un desdichado cualquier de nuestras ciudades, cuando expone al público su mugriento y roñoso antebrazo, cabizbajo evitando así las miradas de compasión moralista por parte de los viandantes que pasan a su lado evitando pisarlo, retorciendo más su vergüenza existencial, en ese apocamiento no busca arrancar de nuestros bolsillos la calderilla sobrante de los cafés, que sabe que no le solucionará la vida, busca como todos, sentirse humano, querido y amado. Por eso, la Madre Teresa primero besaba, acariciaba y mimaba esa mugre carnal que le pedía ser amado.

Para el cristianismo ser pobre no significa únicamente carecer de medios materiales, como así cree la teología de la liberación; la pobreza, así lo atestiguan los testimonios precedentes, es principalmente verse privado de amor, sufrir la miseria emocional y espiritual. Por ejemplo, relata Teresa en el libro, “para mí, si se permite el aborto en países ricos, abastecidos de todos los medios y riquezas que el dinero puede proporcionar, esos son los más Pobres entre los pobres.” Por eso los Pobres son también los individuos hastiados, desencantados, solos, desarraigados y depresivos que tantas veces observamos en nuestra sociedad occidental, como así refleja tan genialmente el poeta y novelista francés Michel Houellebecq en sus obras (Las partículas elementales, El mapa y el territorio y La posibilidad de una isla) o el novelista estadounidense Walker Percy, además de toda la ensayística francesa (A. Finkielkraut, G. Lipovetsky, P. Bruckner, P. Muray, F. Hadjadj, J. Baudrillard, E. Cioran, M. Henry, entre otros). Los Pobres son asimismo aquellos ancianos ingleses, y sus familias, que un día Teresa visitó: “No recuerdo haber visto jamás cosas tan hermosas y preciosas en una casa como las que vi allí. Sin embargo, no había una sola sonrisa en los rostros de aquellas personas. Todos aquellos ancianos tenían las miradas vueltas hacia la puerta. Pregunté a la Hermana encargada: ‘¿Por qué son así, cuál es la razón de que no se vea una sonrisa en sus rostros?’ La hermana me contestó: ‘Pasa igual todos los días. Están siempre a la espera de que alguien venga a visitarlos. La soledad los corroe, y un día tras otros no dejan de mirar. Nadie viene’. El abandono es una gran pobreza.”

De igual modo le ocurrió en otra ocasión: “Un hombre se dirigió a mí para preguntarme: ‘¿Es usted Madre Teresa?’ Sí, contesté. Me pidió: ‘Mande a alguna de sus Hermanas a nuestra casa. Yo estoy medio ciego y mi mujer se encuentra al borde de la demencia. Suspiramos por escuchar el eco de una voz humana. Es lo único que echamos en falta’. Cuando mandé a las Hermanas, se dieron cuenta de que era verdad. No le faltaba nada a aquel matrimonio. Pero estaban sofocados por la angustia de no tener a ningún pariente cerca. Se sentían indeseados, inútiles, de ningún provecho: condenados a morir en soledad extrema…”. La soledad… esta es la principal causa del llanto occidental. No obstante, esta tristeza emocional puede redimirse, afirmaba nuestra protagonista, acogiendo el mensaje de aquella Persona con la que ella tuvo un Encuentro: Cristo. No se puede comprender la vida de Teresa, la de las Misioneras de la Caridad o la de cualquier cristiano, sin esta Persona. Por eso su misión cristiana, como así nos lo recuerda en el primer párrafo, no es comparable a la de una acción humanitaria. Su misión era y es más transcendental. Una transcendencia cuyo símbolo más profundo, pleno y transformador era y es el de la sonrisa; el reflejo más reluciente de ese Encuentro. Asimismo les aconsejaba a un grupo de 40 profesores universitarios que visitaron la Casa del Moribundo. Ante la pregunta de uno de ellos, “‘Madre, díganos algo que nos ayude a transformar nuestras vidas’. Les dije: Sonreíos mutuamente.”

Es cuanto menos admirable cómo una sola persona, de pequeña estatura y físicamente débil, pudo hacerse magna transformando el mundo al llevar, a todas las personas con las que se encontró, el evangelio de Jesucristo. Es decir, ofreciendo amor y misericordia. Teresa de Calcuta nació el 26 de agosto de 1910 (Skopie, Macedonia), y falleció el 5 de septiembre de 1997 (Calcuta, India). El mundo la despidió como la “Santa viviente”, la Madre de los Pobres. Fue proclamada y laureada por todos los indios ofreciéndole funerales de Estado, como ya hicieran con Mahatma Gandhi –máxima condecoración y homenaje civil que se le puede hacer a un difunto–; pero sobre todo sería acogida, resguardada y elevada por todas las almas que un día besara y perfumara, transportándola al eterno altar del Universo: “Si un día llego a ser santa, seré sin duda una santa de las ‘tinieblas’. Me ausentaré del Cielo para siempre, para encender la lámpara de los que en la tierra están en las tinieblas.” Que así sea.

Teresa de Calcuta
Madre Teresa de Calcuta – Ilustración por Andrea Reyes
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