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«Vania». Moriré así pero podría no hacerlo

Ficha artística y técnica

Título: Vania

Autor: Antón Chéjov (Tío Vania)

Adaptación y dirección: Oriol Tarrasón

Ayudante de dirección: Fátima Campos

Reparto: Alejandro Cano, José Gómez-Friha, Teresa Hurtado de Ory, Alicia Rubio y Oriol Tarrasón

Producción: Les Antonietes

Diseño: Assad Kassab

Iluminación: Iñaqui Garzón

Lugar: Teatro Fernán Gómez

Fecha: hasta el 12 de noviembre de 2017

Funciones: de martes a sábado, 20:30 horas. Domingos y festivos, 19:30 horas

Duración: 105 min

Precio: 16 € (14 € martes y miércoles)

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


«¿Sabe? –susurra triste la voz de Astrov, el médico–, cuando se avanza por el bosque en una noche oscura y se ve brillar a lo lejos una lucecita, no se siente ni el cansancio ni la oscuridad, ni las ramas que arañan el rostro…». Y su mirada se pierde momentáneamente en el horizonte, en el vacío. Esa pequeña luz que algunos llaman esperanza, o futuro. Esa lucecita que es alimento y tantas veces espejismo. «Trabajo, como sabe –prosigue Astrov– más que nadie en el distrito, el destino me zarandea sin cesar, y a veces sufro de modo insoportable; no obstante, no hay ninguna lucecita a lo lejos. Para mí ya no espero nada, ya no siento amor por la gente… […] Lo único que todavía me impresiona es la belleza». Y su mirada se pierde, definitivamente, en el horizonte vacío.

«¿Por qué Vania?», le pregunta mucha gente. Una historia dramática y patética donde sus personajes, encogidos, atrapados, perdidos; vagabundean y se tiran agotados a los brazos y frustrados a las uñas de los otros, como muñecos desinflados, por un espacio y un presente sin luz. Por qué Vania, por qué este teatro del absurdo tan lleno de sentido y realidad. A lo que Oriol Tarrasón, actor y director de esta adaptación, responde: «El arte debe ser tan implacable en la verdad como el más limpio de los espejos. Chéjov tiene la gran calidad de mostrarnos aquello que ve sin deformarlo por su talento o su imaginación. Por eso pienso que es tan necesario hacer Vania hoy en día. […] Nos alerta del riesgo de caer en el cinismo, la introspección y la desidia. Tras leer a Chéjov uno se siente más humano y más propietario de su propia existencia».

Es en Chéjov habitual escoger una naturaleza, una inclinación del hombre y, revistiéndola de narración o teatro, convertirla en un tema universal.
Vania
Antón Chéjov.

Así que tras verlo en directo, vivas sus palabras frente a uno/a; la vuelta a esa humanidad que hoy tan a menudo extraviamos se vuelve aún más real, enérgica y pura. Ciertamente cualquier texto de Antón Chéjov (1860-1904), gran escritor, dramaturgo y, como el personaje de Astrov, también médico; resulta una lectura necesaria. Su particular escribir sencillo, irónico y pesimista ha dado lugar a historias que, desde esa aparente sencillez y costumbrismo, han hablado sobre la superficie y entresijos de la vida social y política rusa de más de una década (1880-1890 aproximadamente). Sus innumerables cuentos (Cirugía, La dama del perrito, La mujer del boticario, Luces, Vanka) y sus famosas obras de teatro (Platónov, Ivánov, La gaviota, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos) conforman un original universo propio definido por el claroscuro, el sarcasmo, una intimidad única y cautivadora y un gran poso de matices entre líneas.

Es en Chéjov habitual escoger una naturaleza, una forma, una inclinación del hombre que le llama la atención y, revistiéndola de narración o teatro, adornándola con personajes y tramas que la dan un rostro y un tiempo concretos, convertirla en un tema universal. En Tío Vania –publicada originalmente en 1899– ese tema es, como se ha mencionado, y como es frecuente entre sus títulos, la desidia, el tedio. El conformismo extenuado, contaminado y pegajoso. Una de las grandes amenazas, si no ya epidemia, del siglo XXI. Y también de la pequeña casa rural donde se suceden los desasosiegos de Vania, Sonia, Telyeghin y el matrimonio formado por la joven Yelena y el enfermo profesor Serebriakov. Desencuentros, dudas, aburrimiento, incomprensión y la ausencia de brújula alguna mueven los desganados hilos de un grupo de personas que no logran entenderse ni ayudarse entre sí ni, mucho menos, ayudarse a sí mismos a salir del agujero negro donde no sabrían decir cuándo cayeron.

La compañía Les Antonietes –fundada por el propio Oriol Tarrasón y Annabel Castan– representa en el Teatro Fernán Gómez de Madrid, hasta el próximo 12 de noviembre, Vania, una acertada versión con una austera y original puesta en escena: dentro del breve espacio de la Sala Jardiel Poncela, y con una proximidad casi palpable de los actores, nos acerca simbólica y literalmente a Chéjov y hace desde ello un mayor hincapié en su advertencia: en nuestra mano está salvarnos cuando nos ahogamos en nuestras propias arenas movedizas. Pero, sin movimiento, no hay salida posible.

«”Vania” nos alerta del riesgo de caer en el cinismo, la introspección y la desidia. Tras leer a Chéjov uno se siente más humano y más propietario de su propia existencia».
Vania
Oriol Tarrasón (Astrov), Teresa Hurtado de Ory (Sonia), Alejandro Cano (Vania), José Gómez Friha (Telyeghin y Serebriakov) y Alicia Rubio (Yelena).

Con ligeros cambios en el guion –se eliminan por ejemplo, en busca de lo esencial, dos de los ocho protagonistas originales, o se transforman a Vania y Sonia en hermanos, en lugar de conservarlos como tío y sobrina–; la trama se desarrolla de manera bastante fiel, tanto en contenido como en ausencia de expresiones coloquiales actuales que tanto abundan en adaptaciones  teatrales o musicales y que, en muchos casos, además de ser innecesarias estropean la obra. Se disfruta también, por otro lado, de los actores, destacando entre ellos a José Gómez-Friha, que interpreta a Telyeghin y al profesor Serebriakov, y a Alejandro Cano, quien da vida al protagonista, Vania. Protagonista más del título que de la obra en sí pues, aunque se pueda incidir más en su tragedia, ésta no es sino la misma que la de los demás personajes: el peligroso no retorno desde la desidia y la pérdida de fe en la vida y en uno mismo.

La música, interrogante minutos antes de la función y vivaz durante la misma, nos introduce y empuja con su ritmo y acento inteligible hacia la espiral encerrada de pensamientos y sentimientos de los personajes, así como en el aura caótico que abruma y domina en todo Tío Vania. Pero así como la expresión, adaptación y montaje son aplaudidos, una nota negativa en cuanto a la forma igualmente se destaca –quizá promovida por cierto perfeccionismo o fijación por el detalle–: la visibilidad de marcas en algunas prendas u objetos que salen a escena chirrían y empobrecen la verosimilitud y el cuidado que se muestra en los demás aspectos tanto escénicos como interpretativos. Intuyo, temo, que esto responda a motivos comerciales o publicitarios.

«Bebemos –dice Vania, cayendo desde la justificación o excusa hacia la verdad más honda– porque no nos gusta la vida que tenemos y así nos inventamos una, llena de ilusiones. «La incertidumbre es mejor que la verdad –se engaña Sonia–. Por lo menos queda la esperanza…». El corto largo lamento que es Tío Vania, y esta recomendable adaptación, suponen una lectura, tanto exterior como principalmente interior, que en contra de lo que pueda parecer no desgarra o deprime a quien a ella se acerca; sino que le muestra frente a sí, frente a su propio Vania, su propio Astrov o su propia Yelena, el fatídico error de dejarse llevar por la cerrazón, el abatimiento y esa extraña y grotesca máscara que es la zona de confort. Incluso cuando nos está matando. Sobre todo cuando sabemos que nos está matando.

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