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«Peer Gynt»: la grandeza de la alienación

Ficha técnica

Título: Peer Gynt. El Gran Monarca

Autor original: Henrik Ibsen

Dirección: Jorge Eines

Lugar: Teatro Infanta Isabel

Fecha: hasta el 26 de noviembre de 2017

Horario: domingos a las 13:00 horas

Duración: 90 minutos

Precio: desde 12 €

Sitio web

 

 

 

 

Raquel Castejón Martínez
@RaquelCastejon


«La soledad no es buena ni mala, es una lente de aumento».

Peer Gynt, el poema dramático que alumbró Ibsen a mediados de 1867, nace con vocación de ser únicamente leído, pero llega a las tablas en 1876, lugar donde lo redescubrimos, dos siglos después, gracias a Tejido Abierto Teatro y bajo la dirección de Jorge Eines. Peer Gynt es un campesino que, alentado por su madre –quien corrió la suerte de concebirlo junto a un hombre alcohólico–, traza una vida paralela entre historietas y delirios; de grandeza, de sí mismo y de cuanto lo rodea.

Desde el inicio, la presencia de un teclado y una batería en el escenario, que paradójicamente no desafinan con el decorado rústico formado por carros y pajas, vaticina que la intemporalidad de la muestra nos va a permitir aterrizar el texto de Ibsen en nuestros días sin necesidad de remontarnos a la Italia del XIX.

Peer GyntLa paradoja, pues, se constituye como uno de los elementos que caracterizan la obra; le da sentido, conduce la historia y, al mismo tiempo, nos dispersa por momentos, para que cada cual se pierda en sus propias contradicciones y vuelva a encontrarse en Peer Gynt, quien, a ojos del espectador, pasa de ser un personaje que produce condescendencia a encarnar a todos y cada uno de los presentes al término de la obra.

La obra nos permite aterrizar el texto de Ibsen en nuestros días sin necesidad de remontarnos a la Italia del XIX.

El protagonista vive continuamente alienado, con la máxima de que «el único pecado es no ser feliz». Varias escenas nos refieren al Burlador de Sevilla por la instrumentalización de todas las mujeres de su vida, salvo de su madre. Otra de las paradojas del personaje estriba en que, pese a que la fantasía es una constante en su forma de proceder, cuando rompe la cuarta pared, aunque con la mirada perdida y sin llegar a crear un nexo directo con el público, se muestra plenamente consciente de su realidad.

La coordinación actoral en cuanto al diálogo, la rapidez de las transiciones y la naturalidad en el cambio de personajes logran la mirada continua y atenta del espectador, quien experimenta la espiral de embriaguez en la que vive inmerso Peer ante la voracidad de la búsqueda continua del placer terrenal.

Al fin y al cabo, «no queremos una vida más larga, sino más ancha».

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