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Pedro Crespo, el abanderado de la justicia

Ficha técnica

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Título: El alcalde de Zalamea

Autor: Pedro Calderón de la Barca

Versión: Álvaro Tato

Compañía: Compañía Nacional de Teatro Clásico

Dirección: Helena Pimenta

Reparto: Carmelo Gómez (Pedro Crespo), Joaquín Notario (Don Lope de Figueroa), Rafa Castejón (Juan), Jesús Noguero (Capitán Don Álvaro de Ataide), David Lorente (Rebolledo), Clara Sanchís (La Chispa), Alba Enríquez (Inés), Nuria Gallardo (Isabel)

Producción: CNTC

Jorge Velasco Fernández
@JorgeVF88


¡Qué bien han dejado el Teatro de la Comedia! En esas tablas, que pese a sus múltiples renovaciones han visto pasar y pisar a grandes actores representando obras para la memoria, no se podía haber reabierto con una obra tan completa como es El alcalde de Zalamea, del genial dramaturgo Pedro Calderón de la Barca. La Compañía Nacional de Teatro Clásico, bajo la dirección de Helena Pimenta, siguiendo la adaptación de Álvaro Tato, han realizado una versión de la obra del autor del Siglo de Oro español digna de la original. Sin duda alguna el literato hubiese vibrado, reído, llorado, disfrutado, con esta fantástica representación donde cada elemento está cuidado al detalle.

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La labor del equipo de escenografía, coreografía y vestuario es sobresaliente. Cada miembro del elenco de actores está soberbio con una mención especial a Joaquín Notario y una oblativa especial al siempre fantástico Carmelo Gómez. El actor leonés borda y brilla en el Teatro de la Comedia encarnando a Pedro Crespo, el hombre recto por excelencia de las artes escénicas clásicas, el alcalde de los alcaldes. ¡Qué lejos quedan ya esos ideales de honra, justicia, honor, belleza, servicio! ¿Acaso la sociedad de hoy en día los ha perdido? ¿Por qué entonces al finalizar la obra, pese al regusto de plenitud, ante el visionado de una obra redonda, también queda el sentimiento de nostalgia de valores perdidos en tiempos pretéritos?

Necesitamos más hombres como Pedro Crespo, más valentía, mayor búsqueda de la permanencia de la honra y del honor. Necesitamos personas virtuosas que obren hacia el bien. Y más concretamente, hacia la idea suprema de Bien.  Hombres rectos que dirían los clásicos griegos como Platón o Aristóteles. Doctos, educados en valores que propician el camino al progreso de la sociedad y no a su sepultura. Así lo criticó en su día Calderón, y así queda y pervive, haciéndose nueva la crítica a nuestros días de hoy.

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