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«Las paredes oyen»: triunfo del amor genuino

Ficha técnica

Las paredes oyen

Autor: Juan Ruiz de Alarcón

Adaptación y dirección: Lidio Sánchez Caro

Producción: ARTISTAS Y

Reparto: Nadia Alonso, Raúl Fernando, Alejandra Guiol, Nacho León, Sara Mata, Maykel Nicolás, José Carlos Palcios, Jesús Redondo, Isaac Romo

Vestuario y diseño gráfico: María Marcos Patiño

Coreografía: Soumaya el Jaouhari

Lugar: Teatro Nueve Norte

Fecha: hasta el 25 de febrero de 2018

Horario: domingos a las 19:30 horas

Duración: 80 min

Precio: 16 € (en taquilla), 12 € (reserva anticipada)

Sitio web

Raquel Castejón
@RaquelCastejon


Alguien se vale de la expresión las paredes oyen «para aconsejar que se tenga muy en cuenta dónde se dice algo que importa que sea secreto», según la Real Academia Española. Las del espacio Nuev9 Norte no ocultan nada al espectador desde que este accede a la sala hasta que la abandona al término de la función. El elenco al completo recibe al público inmerso en un ejercicio común de calentamiento desde el escenario. Tan solo las camisetas variopintas de los actores y el eco de sus voces adornan la escena.

El espectador intuye en ese momento que el clásico de Juan Ruiz de Alarcón (representado por primera vez en 1617) tomará en esta ocasión el cauce de otras muchas obras actuales: minimalista, alternativo y adaptado, pero se equivoca en esto último pues, afortunadamente, el guion parece fiel al original del siglo XVII. Las paredes oyen es una comedia de enredo con el amor no correspondido como leitmotiv: don Juan es un buen hombre al que su aspecto y posición social desfavorecen en la conquista de doña Ana, quien cuenta con pretendientes colmados de artimañanas para cautivarla. Teniendo el texto de Ruiz de Alarcón la virtud del justo desenlace para todos los personajes, esta actualización juega con ventaja al ser representada en el momento actual, ya que logra en nuestro contexto la empatía de los asistentes, especialmente con doña Ana. Los encuentros y desencuentros sentimentales se intensifican aún más por el reducido espacio, compartido por todos los actores durante los 80 minutos que dura la obra. Aquí radica su punto más fuerte: la combinación, al tiempo, de energía, dramatismo y naturalidad con que los actores intercambian versos picados sin perder en ningún momento la cadencia.

Una adaptación que, manteniéndose fiel, logra la empatía del espectador actual.

La acústica de la sala, sin embargo, hace un flaco favor al esfuerzo desmesurado del elenco pues, por momentos, el público no acierta a entender la totalidad de los diálogos, y la atmósfera intensa que mantiene a los presentes en vilo se esfuma. Tampoco resultan acertados detalles como, por parte de Lidio Sánchez, el guiño futbolístico sin ninguna justificación, ni vínculo pertinente con la trama; no así la aparición de teléfonos móviles, mediante los cuales la escena se torna en una jocosa paradoja. En favor del director, cabe resaltar que la ausencia de tensión dramática del texto original no supone aquí una traba para mantener la función en pie, pues queda más que paliada por la efervescencia interpretativa.

Al final, los actores, como nuestro don Juan, resultan victoriosos tras la representación, pues se dejan la piel en cada palabra que recitan y, como reza el Himno a la caridad: «aunque hablase la lengua de los ángeles, si no tengo amor, nada».

El teatro de Ruiz de Alarcón

las paredes oyenEl Siglo de Oro, ilustre época de las letras españolas, fue el tiempo de Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), mexicano de nacimiento. Época de fronteras difusas (suele establecerse su inicio con la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija –1492– y, su fin, con la muerte de su último gran representante, Calderón de la Barca –1681–), nombres como Quevedo, Lope de Vega, Montalbán, fray Luis de León, Garcilaso de la Vega, Cervantes, Tirso de Molina, Juan Luis Vives, Velázquez, Murillo o Zurbarán aportaron una gran riqueza a nuestra cultura.

Entre todos ellos, discreta, se desarrolló la obra de Alarcón, predominantemente cómica y publicada en dos grandes volúmenes que incluyen títulos como Los favores del mundo, Las paredes oyen, La verdad sospechosaEl semejante a sí mismo, El dueño de las estrellas o Ganar amigos. Siguiendo una de la señas del nuestra literatura barroca, la temática de sus historias es social y, su esencia, moralizante. Pero, a diferencia de sus contemporáneos, con los que, a excepción de Tirso de Molina, no mantuvo vínculos personales o profesionales (incluso se ganó la enemistad de Lope de Vega, Góngora o Vélez de Guevara), su teatro es muy psicológico y roza la acidez en su crítica a vicios y costumbres. En paralelo, gracias al contacto con personalidades como el virrey Luis de Velasco y Castilla o el conde-duque de Olivares, Alarcón obtuvo un mayor respaldo y visibilidad. Pese a su calidad y actual reconocimiento, su producción cayó en el olvido aún vivo el propio Alarcón y no comenzó a tener repercusión hasta mediados del siglo XIX gracias a Juan Eugenio Hartzenbusch.

las paredes oyen

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