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Sexo, economía, libertad y comunidad

Ficha técnica

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Título: Sexo, economía, libertad y comunidad

Autor: Wendell Berry

Editorial: Nuevo Inicio

Páginas: 211

Precio: 16€

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Pablo Ortiz Soto


En el siglo XIX, frente a la instigadora industrialización que comenzaba a destruir los parajes naturales, nació en Estados Unidos el movimiento trascendentalista. Ralph Waldo Emerson fue el padre de esta escuela que se asentaba en la idea de que la naturaleza era splendor veritatis. Es decir, la naturaleza es un resplandor de la transcendencia, de la deidad. El discípulo más conocido de esta corriente sería Henri David Thoreau quien, años más tarde, influiría en el movimiento conservacionista (John Muir) y posteriormente en la bióloga Rachel Carson, precursora en la denuncia de los riesgos ambientales por efectos antrópicos. Todos estos pensadores, al igual que el octogenario escritor y agricultor Wendell Berry, tuvieron la pretensión de conservar la raíz transcendente que transmite la naturaleza.

Pues bien, en esta ocasión y al hilo de lo anterior, les presento la obra Sexo, economía, libertad y comunidad del norteamericano Wendell Berry que recoge ocho ensayos –escritos en la década de los noventa– donde el escritor analiza diferentes cuestiones encarnadas en el ser humano y que confluyen en la misma idea de sus antepasados. Como ya pudimos leer en las reseñas de sus obras La vida es un milagro y Los relatos de Wendell Berry, este humanista defiende la necesidad de frenar la devaluación de lo humano y la desintegración del hombre, la comunidad y la naturaleza por un dominante, e inmoral, progreso técnico. Desde su experiencia como agricultor, Berry urge a tomar conciencia –individualmente y no tanto colectivamente– de la progresiva destrucción de la tierra, de nuestro hogar. Invita a plantearse, seriamente y personalmente –y más allá de las típicas medidas manidas como apagar la luz o regular la calefacción– unos interrogantes sobre nuestra relación con el entorno que se nos ha sido dado –como así hicieron Emerson, Thoreau, Muir o Carson–. Es decir, más allá de exigir, colectivamente, a los gobiernos medidas, tareas y responsabilidades propone intimar con nuestro hábitat más cercano (ríos, bosques, planicies, lagos, barrancos…).

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De esta manera, Berry propone reflexionar sobre lo particular, antes de aplicar los problemas al abstracto pensamiento global: “¿Cómo vivimos en esta tierra que estamos tan deseosos de proteger y cuidar? […] ¿Cuáles son los principios de la economía familiar, local o de vecindario y cómo pueden aplicarse a las circunstancias actuales? […] ¿Qué poderes hemos dado, y a quiénes, para que usen la tierra en lugar nuestro? […] ¿Qué cosas nos podemos proporcionar a nosotros mismos de manera económica o gratuita, cosas por las que ahora estamos pagando un precio carísimo?”, ¿Somos realmente conscientes de que hay personas que mueren, por exceso de trabajo, para que nosotros nos vistamos –como así nos recuerda W. T. Cavanaugh en el caso de los guolaosi chinos–?

En esta obra, Berry desde el afecto a su tierra analiza la economía local, la del “propietario ausente”, el sentido de la comunidad, el amor sexual y su íntimo sentido comunitario frente a la pública y explotadora desnudez de la liberación sexual, el conservacionismo, las ciudades sostenibles, el “libre” mercado, el tabaco, los interesados entresijos de la Organización Mundial del Comercio o el abstracto y deshumanizado pensamiento global, además de compartir su crítica hacia la petrolera Guerra del Golfo o la pasividad cristiana que, teniendo consciencia de la santidad de la Creación –comenta el autor– no hacen mucho más por evitar la destrucción de la misma. Berry invita a salir del techo institucional para defender, a pie de campo, un mundo cosificado por el actual sistema industrial. Berry insta a no olvidar y denunciar el envenenamiento del agua, de la tierra y de los animales con productos químicos.

Este libro nos invita a reflexionar no solo ante las situaciones que el ensayista norteamericano nos comparte, sino también de las que nos rodean. Como la innegable, indignante y monstruosa dictadura alimenticia de lo estético que fuerza a los agricultores a tirar a la basura aquellas piezas de cultivo que no cumple el criterio estético mercantil, y de moda, en los supermercados. Un hecho, recuerdo ahora, denunciado de manera oficial en nuestro país por el periodista catalán Jordi Évole en su programa Salvados (“Con la comida no se juega”); un efecto más, nos diría el ensayista francés Muray, del Imperio del Bien occidental. Una aberrante moda, de la que doy fe, como la de los pepinos jorobados, en forma de lápiz o rayados desechados por los agricultores, de la costa granadina, que no pueden hacerse cargo de los excedentes “no estéticos” que el mercado dicta. Casos reales que se suman a las naranjas, tomates, sandías o cebollas que sufren ese mismo criterio. Un moderno criterio estético, por cierto, también aplicado a los niños (mal)formados.

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De esta manera, si nos mantenemos pasivos ante situaciones como esta, o como la de los guolaosis –comenta el agricultor norteamericano–, legitimamos a esta industria destructora a continuar su explotación. Legitimaremos la forma con la que se lavan las manos los gobiernos ante los accidentes ecológicos mientras, paradójicamente, plantan árboles al mismo tiempo que permiten arrancar de raíz los bosques del Amazonas o los de la isla de Borneo. Por eso Berry piensa que lo más efectivo para cambiar el mundo es que cada persona reflexione y actúe en los problemas que confluyan en su comunidad más cercana. Y este último núcleo social, como así podemos analizar en la prolífica obra del octogenario escritor, es clave para la humanidad. Si perdemos, dice Berry, la responsabilidad, cooperación y consenso comunitario, los acuerdos (educación, sexualidad, matrimonio, trabajo, estructura familiar, economía del hogar, etc.) estarán amaestrados y supeditados a la deriva de las leyes de un sistema económico depredador y de las políticas y burocracias de moda. En definitiva, este libro, así como toda la obra de Wendell Berry (ensayos, relatos, novelas, cuentos y artículos) es una oportunidad para tomar realmente consciencia de nuestra cercanía con la naturaleza, hacer frente a sus –y nuestros– instigadores comerciales y redescubrir la transcendencia del amor sexual y nuestra intimidad con la Creación.

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