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Schiele por escrito

Egon Schiele

Reseña de libros: Escritos de Egon Schiele

Ficha técnica

Egon SchieleTítulo: Escritos. 1909–1918

Autor: Egon Schiele

Editorial: La Micro

Año: 2014

Páginas: 157

Precio: 17,90€

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Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


El asombro espera en cada esquina, acertó a decir en su día James Broughton, cineasta y poeta americano. El asombro, la maravilla, la sorpresa. Luz u oscuridad al acecho de ser. Lo inesperado en lo esperado. Porque para crear y contar historias es necesario haberlas encontrado. Haber descubierto su escondite y contemplar cómo nacen y respiran, cómo se mueven, cómo crecen, evolucionan, nos afectan. También cómo mueren. Historias infinitas o finitas por su fragilidad, historias que se guardan o se expresan. Todas poseen magia, pero hay que saber verla. James Broughtonlo la veía. Y ahora nosotros también podemos verla en discretas joyas como Egon Schiele. Escritos. 19091918 (La Micro, 2014).

El asombro espera en cada esquina, y decir esquina es también decir matiz, detalle. En la joven editorial La Micro lo saben. Fundada en 2013, aspira desde su cuidada miniatura a «ser micropartículas de una vida y de una obra, una mirilla por la que atisbar una dimensión más cercana de la escena cultural de los siglos XIX y XX». Acercarse a los grandes desde lo pequeño, desde lo que les define. Capturar la esencia en un instante de vida o de obra, en una pincelada, en un verso.

Dibujo de Andrea Reyes de Prado.

A Egon Schiele (Austria, 1890–1918) se le puede conocer a través de vértices de pinceladas, mas también de sus letras. Cada pintura o dibujo suyo, cada línea escrita o manifiesta, nos hablan de una esquina suya. Escritos. 19091918 recoge algunas de ellas, de la corta e intensa vida de uno de los artistas más peculiares del cambio de siglo. Al Manifiesto del Neukunstgruppe («Grupo del nuevo arte»; movimiento que fundó, junto con algunos compañeros, en 1909), sigue una selección de poemas y cartas que nos ayudan a comprender la visión que Schiele tenía del mundo, de sí mismo y de la compleja unión entre ambas cosas. Precede a ello una breve y precisa introducción de Carla Carmona, quien conoce bien al artista y le ha editado o traducido anteriormente (en magníficos libros como el estudio En la cuerda floja de lo eterno, Acantilado, 2013); así como una selección de numerosas ilustraciones, algunas de sus pinturas o fragmentos de las cartas, que acompañan y realzan el texto. Imagen y palabras que componen una vida.

Schiele fue tormenta y tormento en tensión. Su breve existencia física estuvo marcada por la intensidad, el desencanto y la fiebre apasionada por el arte.

Schiele fue tormenta y tormento en tensión. Su breve existencia física estuvo marcada por la intensidad, el desencanto y la fiebre apasionada por el arte. Gustav Klimt se erigió como su padre artístico y, tal vez, en ocasiones también humano (el biológico, Adolf Eugen Schiele, falleció en 1905, dejando en él una profunda y corrosiva herida). El asesinato del padre, del segundo, se produjo, y Schiele comenzó a jugar con sus figuras, deformándolas, llevándolas a un límite de grito sereno. Marionetas rotas y esquivas entre las que se cuelan herencias (Habitación del artista en Neulengbach, por Van Gogh; Ermitaños, 1912, por Klimt), el amor (Retrato de Wally Neuzil, 1912), la guerra (Prisionero ruso, 1916), el pensamiento (El arte no puede ser moderno, el arte es eterno, 1912). Rodeado del naciente expresionismo desarrolló la sensualidad dañada, la pesadilla, o la extensión de sí mismo en sus obras. «Pero si quiere hacerse pintor –escribe a Erich Lederer en octubre de 1914– tiene que trabajar seria e incesantemente con toda energía para conseguir, tras algunos años, la destreza y las capacidad suficientes como para ser capaz de representar plásticamente su vida espiritual, su cosmovisión y sus impresiones vitales». En eterna persecución de tal fin, Schiele convertía en hermosos cuchillos sus pinceles.

«Todo artista hablaba la lengua de los dioses –relata Carla Carmona–, participaba de su sabiduría, de su infinita visión. Y esa visión no estaba dirigida hacia afuera, sino hacia dentro. Es más, su capacidad para descifrar el exterior tenía su origen en esa videncia del interior». Schiele tenía algo de vidente, como Rimbaud. Amaba la muerte y amaba la vida, como Munch. Consideraba que el arte y la estética lo son todo, como Wittgenstein. Creía que arte y religión; la religión de la belleza, no pueden desligarse y son lo máximo a lo que un hombre puede aspirar, como Hölderlin. Pero pintaba, amaba, expresaba, vivía; como sólo él sabía hacerlo. Y supo ver el asombro, a veces luminoso, a veces perverso, que aguarda en cada esquina.

Otras publicaciones recomendadas sobre Egon Schiele

· Roessler, Arthur. Egon Schiele en prisión: notas y dibujos. José J. De Olañeta, 2014. 
·
Carmona, Carla. En la cuerda floja de lo eterno. Acantilado, 2013.
· Coste, Xavier. Egon Schiele. Norma Editorial, 2013.
· Wolf, Norbert. Egon Schiele: cuadernos eróticos. Océano, 2008.

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