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Razón de la Universidad: ‘In Itinere Veritas’

Ficha técnica

Razón de la UniversidadTítulo: Razón de la Universidad

Coordinador: Rafael Fayos Febrer

Editorial: CEU Ediciones

Páginas: 144

Precio: 10€

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Pablo Ortiz Soto


Desde hace unas décadas, numerosos intelectuales vienen advirtiendo del sistemático deterioro, devaluación y disgregación de la institución universitaria por el olvido de sus raíces. Uno de ellos es el octogenario agricultor y prolífico escritor norteamericano Wendell Berry. Según este ensayista, que fue profesor universitario en Kentucky y Stanford, uno de los efectos es la degenerativa producción académica que, abanderada y dominada por un tiránico régimen de publicaciones, la investigación universitaria consiste en publicar “cada vez más y más artículos y libros carentes de pasión alguna, llenos de jerga profesional ‘publicables’ pero apenas legibles, en los que una oscuridad pretenciosa y aburrida se disfraza de profundidad”. La búsqueda de la verdad, raíz de las universidades, queda en un segundo, tercero, cuarto o, simplemente, sin plano. Dicho de otro modo, pero manteniendo el mismo diagnóstico de Berry, es la carta de despedida que escribió en el año 2013 un estudiante de posgrado suizo, Gene Bunin, que decidió dejar su casi finalizado doctorado en la conocida Escuela Politécnica de Lausana decepcionado por “el sistema actual de publica-o-perece […]. No puedo evitar pensar que la mayoría de nosotros estamos evitando las verdaderas preguntas y nos conformamos con las pequeñas y fáciles que sabemos que pueden ser resueltas y publicadas. El resultado es una cantidad masiva de literatura científica llena de contribuciones repetitivas y marginales.”

Razón de la Universidad
‘Palabras vacías’ (Rubén T. F.)

A finales de la década de los setenta, en la célebre obra La condición postmoderna, el filósofo francés Jean-François Lyotard también reconocía la crisis. En la universidad actual, afirmaba Lyotard, “la relación con el saber no es la de la realización de la vida del espíritu o la de emancipación de la humanidad; es la de los utilizadores de unos útiles conceptuales y materiales complejos y la de los beneficiarios de esas actuaciones”. En cambio, reitera el ensayista, “la universidad es especulativa, es decir, filosófica”. Por la misma razón, el fenomenólogo francés Michel Henry también diagnosticó en su ensayo La barbarie –en concreto, en el capítulo “La destrucción de la Universidad”– la decadencia y la disgregación de los fundamentos transcendentales de esta institución. Un diagnóstico, que de igual modo es expresado por el profesor universitario italiano de literatura Nuccio Ordine en su obra La utilidad de lo inútil –concretamente en el capítulo “La universidad-empresa y los estudiantes-clientes”–, también resuena en el pensamiento y obra del ilustre filósofo de la moral escocés Alasdair MacIntyre (Tras la virtud o Dios, filosofía, universidades entre otras). Este académico, inquietado y compartiendo las mismas advertencias de sus coetáneos, ahonda en la tradicional interrelación de la teología y de la filosofía con el resto de saberes del árbol del conocimiento para recordarnos, como así también hicieron Lyotard o Henry, la importancia y necesidad de la filosofía para la comprensión de la misión universitaria y, principalmente, la del hombre en camino. Es decir, el de la búsqueda de la verdad y la formación del individuo único y no, únicamente, en la imperante práctica política-mercantil profesionalizante.

MacIntyre denuncia, en el libro precedente, que ese desligamiento de una búsqueda transcendente, la desarmonización y especialismo del conjunto de las disciplinas y saberes universitarios, ha dado lugar –recordando a Clark Kerr– a “instituciones fragmentadas y divididas, a las cuales cuadra mejor el nombre de ‘multiversidades’”. Con el paso del tiempo estas proféticas advertencias han ido convirtiéndose en la línea a seguir; la implantación del plan Bolonia no es más que su coronación. Sin embargo, a pesar de este marco de (des)educación que diría Chomsky, algunos inconformistas de nuestro panorama universitario se esfuerzan por denunciarlo. Tal es el caso de Gene Bunin, la parodia “Pesadilla en Westminster (o el síndrome de Bolonia)” de la historiadora Milagrosa Romero (USPCEU), el magnífico y sugerente artículo “Los orígenes de la universidad” del medievalista de la Universidad CEU San Pablo, Alejandro Rodríguez de la Peña, o el interesantísimo y lapidario artículo, “Universidades a la boloñesa”, del matemático y catedrático de la Universidad de Granada Sebastián Montiel. Todos ellos sobre la esencia de la universidad, sus decadentes e inestables fundamentos actuales y la puesta en práctica del politizado y corrosivo plan “a la boloñesa” europeo: “En los treinta y tres folios en que se encierran todas las actas de las reuniones bianuales de los ministros responsables del Proceso de Bolonia –afirma Montiel– no se puede encontrar ni una sola vez la expresión ‘búsqueda de la verdad’. Ni siquiera se puede encontrar una sola vez la palabra ‘verdad’ a secas.”

Razón de la Universidad
‘Europe’s decadence’ (Rubén T. F.)

Pues bien, me sirvo de esta amplia introducción para completarla con las sugerentes y necesarias ideas sobre la universidad que nos comparten Unamuno, Ortega y Gasset, Laín Entralgo, García Morente, Guardini, MacIntyre y Derrick en la obra que en esta ocasión os presento: Razón de la Universidad. Publicado por CEU Ediciones, y coordinado por el profesor universitario de filosofía Rafael Fayos Febrer, este breve pero interesantísimo libro recoge una serie de estudios sobre los ideales de la primigenia universidad humanista, y su deterioro por la carencia cultural filosófica, que tenían los eximios pensadores precedentes. Divido en tres partes (“Tres retratos de la universidad española”, “Ciencia y fe en la universidad” y “La universidad y su influjo en la sociedad”), el libro colecciona siete artículos, firmados por profesores universitarios, sobre los intelectuales comentados y su idea y experiencia de la Universidad.

En primer lugar, en el retrato de la institución española, se aborda la experiencia universitaria de Unamuno, Ortega y Laín Entralgo. Sobre la visión unamuniana, el artículo “Unamuno y la Universidad para formar personas” esboza el paso por la universidad, como  estudiante, profesor y rector, del guía de la Generación del 98. Una vivencia, en tiempos de zozobras y quiebras sociopolíticas nacionales e internacionales, que marcará a nuestro protagonista haciéndole reflexionar sobre la deriva de la institución universitaria; y que, en no pocas ocasiones, por su visión utilitarista, nos resultan muy coetáneas: “¡Títulos, títulos! ¿Hombres? ¿Para qué nos hacen falta hombres? Licenciados es lo que necesitamos”, escribía irónicamente en su obra De la enseñanza superior (1899); para, en otro lugar, referirse a los catedráticos de la época (o “asnos de noria”) que, una vez conseguida la plaza, se acomodaban en el sillón sagrado desatendiendo su originaria vocación: la de forjar personas cultivadas en la búsqueda de la verdad, y no solamente la de expedir individuos profesionalizantes. Esta conformista situación, que Albert Einstein también advertiría unas décadas después (“numerosa son las cátedras universitarias, pero pocos los maestros sabios y nobles”) y que seguramente en este exordio del siglo XXI a muchos les sonará, indignaba ya en aquella época a don Miguel de Unamuno.

Ante este panorama, la propuesta de José Ortega y Gasset se publicaría en el libro Misión de la universidad (1930), que recoge las preocupaciones e inquietudes del filósofo español ante el ocaso de la enseñanza universitaria y la proposición del mismo para su regeneración: volver a su raíz medieval, es decir, al pensamiento crítico apoyado en el estudio filosófico, teológico, científico y artístico. Ya lo comentaba un discípulo suyo, Julián Marías, cuando afirmaba que “la mera acumulación de datos no produce nunca la comprensión de la realidad. Es menester pensar sobre ello, y la función primaria, capital, de la Universidad es enseñar a pensar”. Ortega buscó recuperar la formación humanista junto al estudio de la física y de la biología, pero su proyecto se truncó por el inicio de la Guerra Civil y los posteriores planteamientos educativos franquistas. No obstante, su plan se enraizaría en el pensamiento de sus numerosos pensadores y profesores posteriores. A modo de ejemplo, recordemos a otro de los protagonistas de esta obra: Pedro Laín Entralgo (1908 – 2001). Profesor, catedrático de medicina, rector de la Complutense, académico y premio Príncipe de Asturias, el filósofo Laín Entralgo propuso, apoyándose en el pensamiento de Unamuno y Ortega, un sugerente programa humanista, para revertir la metástasis cancerígena de la mayoría de universidades españolas, formando personas críticas y no a “perros bien adiestrados” que diría Einstein al elogiar, el 5 de octubre de 1952 en una columna publicada en el New York Times, la importancia del arte y las letras y, advertir, el desastre para el hombre y la humanidad de la excesiva focalización educativa en la especialización:

“No basta con enseñar a un hombre una especialidad. Aunque esto pueda convertirle en una especie de máquina útil, no tendrá una personalidad armoniosamente desarrollada. Es esencial que el estudiante adquiera una comprensión de los valores y una profunda afinidad hacia ellos. Debe adquirir un vigoroso sentimiento de lo bello y de lo moralmente bueno. De otro modo, con la especialización de sus conocimientos más parecerá un perro bien adiestrado que una persona armoniosamente desarrollada. Debe aprender a comprender las motivaciones de los seres humanos, sus ilusiones y sus sufrimientos, para lograr una relación adecuada con su prójimo y con la comunidad. Estas cosas preciosas se transmiten a las generaciones más jóvenes mediante el contacto personal con los que enseñan, no (o al menos no básicamente) a través de libros de texto. Es esto lo que constituye y conserva básicamente la cultura. Es en esto en lo que pienso cuando recomiendo el ‘arte y las letras’ como disciplinas importantes. […] La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura en base a la utilidad inmediata matan el espíritu en que se basa toda vida cultural, incluido el conocimiento especializado.”
Razón de la Unversidad
‘Fuera de cobertura’ (Rubén T. F.)

Subrayo la opinión precedente para no caer en el tan manido tópico de la idiosincrasia española. Aunque tengamos nuestras peculiaridades y quizá, a diferencia de otros países y muy extraordinarias pero excelentes universidades españolas, el sistema español no ha entrado todavía en el siglo XXI, la opinión de Einstein demuestra –como el lapidario diagnóstico de Wendell Berry o Gene Bunin que a su vez recuerda a ese nietzscheniano “enturbian el agua para que parezca profunda”– que la raíz del problema no es nacional y sí moderno y universal. Por eso, los dos artículos de la segunda parte del libro invitan al lector a un sugerente diálogo entre ciencia y fe, a la luz de la vida y obra de los filósofos Manuel García Morente y Romano Guardini, con el fin de recordar el pilar fundamental de la Universidad, la verdad: “Tan pronto como la verdad deja de estar como norma en la conciencia de la Universidad –comenta Guardini–, ésta se pone enferma”. Finalmente, en los últimos trabajos, se debate la función social de la universidad a la luz del pensamiento de los filósofos británicos Christopher Derrick y Alasdair MacIntyre. Sobre este último, su pensamiento lo he comentado al principio de este artículo. En cuanto al primero, y al hilo de la precedente reflexión de Guardini, Derrick cree que en estos tiempos de escepticismo, para devolver a la Universidad el papel social que se merece y acoger la iluminadora definición que las caracterizó, “las catedrales de la sabiduría”, debe recordar la esencia que las rubricó: la verdad, la sabiduría y la libertad. Dicho de otro modo, y como recuerda el autor de este fantástico capítulo, Jesús de la Llave Cuevas, recordando sus lemas fundadores: Sapientia Mellior Auro; Lux et Veritas; Sapere Aude; Veritas Liberabit Vos; Sapientia Aedificavit Sibi Domun; In Itinere Veritas; Via, Veritas, Vita; Qui Facit Veritatem, Venit ad Lucen o, entre otros, Veritas.

Si realmente la universidad quiere ser paradigma social, primeramente deberá reflexionar cada día ante el lema que la inspiró –y si no tiene, por lo menos iluminar su antiquísima y fructífera historia– para así comenzar la catarsis interna que permita alumbrar las sombras y salir de la caverna actual: empezando por la vocación de los profesores y catedráticos hasta el verdadero sentido de la investigación, y no el de las oscuras y degeneradas publicaciones, pasando por eliminar “el trueque comercial de los créditos a cambio de actividades culturales” o la democratización de la docencia y no la imperante, hipócrita e inmoral dedocracia de las plazas públicas de profesorado universitario (que esto se sabe), entre otras inquietantes e inadmisibles realidades como el bodrio máster de (des)educación: ¿cuatro meses de tediosas, horrorosas e infernales clases teóricas desconectadas de la realidad, a excepción de alguna excelente anécdota, y tan solo seis magníficas e inolvidables semanas de prácticas? No resultará, por tanto, atrevido afirmar que el conocido programa televisivo “MasterChef” tenga más de magister, tutele con más excelencia y afecto la práctica, gastronómica, que el millonario trámite teórico, para desgracia de la educación secundaria, que se han inventado en esa institución “superior” que en otra época llamaron Universidad.

En definitiva, concluyo, este magnífico libro es una oportunidad para recordar los tan olvidados pilares fundacionales de la institución universitaria; para que luego no digan que no lo vieron venir, como la crisis económica, que no les advirtieron…que no sabían nada… que no les avisaron… Por suerte algunas personas, como los valientes profesores y pensadores precedentes, los autores de este libro o “los maestros, sabios y nobles” que tuve la suerte de conocer en mi carrera universitaria hace tiempo que acogieron el diagnóstico y, día tras día, se inclinan reverencialmente ante su lema: In Veritas Libertas. Estos, al igual que el equipo redactor de esta revista digital de crítica cultural, son los humanistas del siglo XXI. Por todo esto y por todo aquello que encontrarán en esta magnífica colección de estudios, recomiendo encarecidamente la lectura de esta esperanzadora obra.

Razón de la Universidad
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1 Response

  1. Charles Péguy

    “En la inseguridad del mundo moderno, en la inseguridad, en la insuficiencia de las doctrinas modernas, en la vanidad, escandalosa, en el vacío, demasiado evidente, demasiado aparente, del intelectualismo moderno, en esa insuficiencia, en esa escandalosa irrealidad, en esa intelectualidad, en esa esterilidad, en esa incurable esterilidad, en esa vanidad, en ese huevo roído, en esa futilidad, en esa fatuidad, una vez más, el viejo tronco echará hojas y ramas, una vez más la vieja savia trabajará el viejo tronco, y el viejo tronco volverá a florecer, el viejo tronco echará yemas, que se convertirán en ramas, el viejo tronco echará yemas y flores, hojas y frutos. Una vez más la gracia trabajará.” (“Verónica. Diálogo de la historia y el alma carnal”).

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