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¿Quiénes somos ‘Nosotros, los modernos’?

Reseña de libro: Nosotros, los modernos

Ficha técnica


nosotros-los-modernos_a-finkielkrautTítulo:
 Nosotros, los modernos

Editores: Alain Finkielkraut

Editorial: Encuentro

Páginas: 320

Precio: 24€

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Pablo Ortiz Soto
@pablothaumazein


No hace mucho tiempo, a principios del siglo XX, el filósofo y poeta francés Charles Péguy (1873 – 1914) resumió en unas pocas líneas nuestra época: “Inmediatamente después de nosotros comienza el mundo que hemos llamado, que no cesaremos de llamar, el mundo moderno. El mundo que se las da de listo. El mundo de los inteligentes, de los avanzados, de los que saben. […] El mundo de los que no son inocentes ni imbéciles. Como lo somos nosotros. Es decir: el mundo de los que no creen en nada, que se glorían y enorgullecen de ello”. Péguy no vería las consecuencias de este mundo a lo largo del siglo XX, pero sí el filósofo y teólogo francés Henri de Lubac (1986 – 1991), como así manifestaba en su clásica obra El drama del humanismo ateo (Encuentro, 2012). En 1944 Lubac explicaba que los trágicos efectos para el hombre de “la gran crisis de los tiempos modernos, en la cual estamos inmersos actualmente, y que se manifiesta, en su aspecto externo, en forma de desórdenes que engendran crímenes colectivos y se traducen en fuego, ruinas y sangre” (comunismo, fascismo y nazismo) se encontraba en el nihilismo que, acunado en el siglo XVIII por la dicotomía kantiana de lo transcendente y lo inmanente, las doctrinas de la Revolución francesa, el avance del utilitarismo y otras corrientes, se materializó principalmente durante en el siglo XIX por medio de los antiteístas Ludwig Feuerbach (1804 – 1872), Friedrich Nietzsche (1844 – 1900) y Auguste Comte (1798 – 1857).

Este es legado secularizado que recogió Péguy. Es decir, por un lado, la positiva desclericalización del mundo teocrático medieval y, por otro lado, el proceso de secularización fuerte por el cual el hombre rompe con Dios y se erige como centro de todo, dando lugar al Superhombre antiteísta pero también aquel que rechazando el culto de Dios erige el de la Humanidad (“religiones sustitutivas” como la de Comte). Dicho de otro modo, y como reafirma nuestro coetáneo escritor Alain Finkielkraut (París, 1949), en nuestra época se cree que “el hombre no es un ser cuyo obrar procede del ser, sino un ser cuyo ser procede de su obrar”. Esta es la clave de la modernidad y la herencia sociocultural que retrata a Nosotros, los modernos: un libro que recoge, en veintisiete capítulos, el curso de filosofía que el autor impartía a los alumnos de la Escuela Politécnica de París sobre la identidad occidental. Desde una perspectiva poliédrica, apoyándose en las ideas de historiadores, literatos, artistas, lingüistas y filósofos de todos los tiempos (como Heródoto, P. de la Mirándola, E. Hobsbaw, Kandinsky, Descartes, Tocqueville, H. Arendt, S. Zweig, M. Kundera, E. Levinas, R. Jakobson, K. Malévich, Tucídides, J. W. Goethe, A. Camus o E. Zola entre decenas de autores), el profesor francés reflexiona sobre el concepto moderno y ahonda en la actual focalización técnico-científica de la realidad: el poshumano prometeico, el hijo de la modernidad.

Nosotros los modernos
Alain Finkielkraut

De esta manera, mediante una brillante, sobria y apasionada pluma, el escritor parte del conocido discurso antropocéntrico Oratio de hominis dignitate (1482), del humanista Pico de la Mirándola, para recorrer toda la historia posterior y comprender la identidad de un hombre que, poco a poco, irá relegando el sentido transcendental que lo caracterizó a lo largo del pasado; con el fin de situarse en el siglo XX donde analiza entre otras lecciones “la batalla de los grandes relatos”, “el divorcio entre la promesa y el progreso”, “la expiación de los intelectuales”, “el conflicto de los humanismos”, “el eclipse de la naturaleza” o “el estallido de la filosofía”, y las secuelas de estos acontecimientos en el hombre actual. Un hombre al que ya no le inquieta el misterio de la existencia, el que ya no se cuestiona (ahora llamadas ‘las preguntas de antes’); un hombre que olvida la muerte, que colorea el mal y el bien, el vicio y la virtud, el que olvida sus raíces y se baja de los hombros de los gigantes; un hombre que, entre otros fenómenos que podrán descubrir sumergiéndose en la lectura, convierte la naturaleza en un laboratorio: “Ahora una vaca es un laboratorio viviente, se la alimenta por un extremo y se la ordeña eléctricamente por el otro. […] ¿Qué hemos hecho con estos pobres servidores? El hombre los ha despedido cruelmente. Ya no hay vínculos entre ellos y nosotros”, recordaba Paul Claudel. Un hombre que hace exactamente lo mismo con el deporte –como recientemente han demostrado los hackers rusos– aunque ya lo advirtió Finkielkraut hace más de una década:

“Han medicalizado el dopaje. […] Ya no estamos seguros de que gane el mejor. […] La ingeniería genética amplía el dopaje. La ciencia está en vías de modificar células para permitirles producir por sí mimas las sustancias requeridas. […] Ahora se procede a la fabricación de atletas y no a trampas momentáneas, a faltas puntuales contra la ética deportiva. […] Los conejillos de indias de lo poshumano.”

Este caso, comenta el autor, provocó que un grupo de intelectuales, artistas, médicos, deportistas y genetistas firmaran un manifiesto “a favor del deporte como vehículo de los valores humanos”, cuyo primer mandamiento rezaba así: “El hombre debe volver a ser el centro de las preocupaciones del deporte”. Es decir, prosigue Finkielkraut, “el hombre y no la maquina humana; el hombre y no el espectáculo o el dinero o las manipulaciones técnicas; el hombre y no el festival de los artificios”. Sin embargo, esta moderna desnaturalización de la naturaleza no solo lo vemos en la medicalización del dopaje deportivo, sino también, y cada vez más, en personas que se dopan en el ámbito laboral “para rendir más”, o en el ámbito intelectual como así han alertado en Estados Unidos con el aumento de supuestos casos de alumnos con TDAH, cuyo único objetivo es mejorar las notas para conseguir becas en las mejores universidades. Pero… ¿y las consecuencias médicas de este abuso enfermizo? ¿Los problemas de esta adicción? ¿Las objeciones éticas? Ahora, el desayuno de algunas personas hipermodernas consiste en un café, una tostada y una pastillita de Adderall o Ritalin: “los nuevos seres vivos (incluidos los hombres) tienden a convertirse en bio-tecno-estructuras”, afirma Finkielkraut.

Por todo esto, el autor hace un llamamiento a sus contemporáneos para que exploren, estudien y reflexionen la historia con el fin de descubrir de dónde venimos Nosotros, los modernos, como así explicaba a sus alumnos de la Politécnica; insta a repensar y cuestionar los límites del avance tecnológico, a naturalizar lo desnaturalizado, a caminar Tras la virtud –que diría A. MacIntyre– y, finalmente, nos invita a volver a mirar las estrellas: un acto de admiración o asombro, quizá el acto metafísico más puro y simple del hombre, muy olvidado en nuestra época debido, paradójicamente y desde un punto de vista material, al abuso lumínico de la bombilla que nos ha cegado el titilante firmamento. En conclusión, si busca conocer de dónde venimos, cómo es la actualidad y, quizá, hacia dónde nos dirigimos, este libro es una magnífica oportunidad para descubrirlo. Por eso recomiendo encarecidamente su lectura.

Nosotros los modernos
Poema ‘Oh bella noche’, Charles Péguy

Para saber más sobre la modernidad

Los dioses de la revolución, de Christopher Dawson (Encuentro)

El drama del humanismo ateo, de Henri de Lubac (Encuentro)

Historia de las ideas contemporáneas. Una lectura del proceso de secularización, de Mariano Fazio (Rialp)

Marxismo y cristianismo, de Alasdair MacIntyre (Nuevo Inicio)

Nosotros, los modernos, de Alain Finkielkraut (Encuentro)

El hombre y lo divino, de María Zambrano (Círculo de lectores)

Clío. Dialogo entre la historia y el alma pagana, de Charles Péguy (Cactus)

Verónica. Diálogo de la historia y el alma carnal, de Charles Péguy (Nuevo Inicio)

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1 Response

  1. Andrei Tarkovsky

    “El hombre contemporáneo está ante una encrucijada. Ante él está el dilema: continuar su existencia ciega de consumidor que depende en todo del paso despiadado de las tecnologías nuevas y de una ulterior acumulación de bienes materiales, o buscar y encontrar la vía de la responsabilidad espiritual que podría, en último término, convertirse en realidad salvífica no sólo para el individuo, sino para la sociedad. Es decir, volver a Dios”.

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