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Michael Hamburger. Materia de espejo para las palabras

Ficha técnica

Título: La vida y el arte. Antología poética

Autor: Michael Hamburger

Edición y traducción: Matías Serra Bradford

Editorial: Lumen

Año: 2013

Páginas: 192

Precio: 7,99 €

 

 

 

 

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP


«Del otro lado de la ventana, el jardín de un asceta rústico, intransigente, seguía proliferando, a medias controlado, reverenciado de un modo absoluto. Hamburger dejaba que las cosas crecieran incesantemente; le agradaba, decían algunos amigos, que la naturaleza avanzara hacia él». Como para susurrarle respuestas, o batir en vuelo más preguntas. Preguntas sobre la poesía, la vida, el arte. Preguntas sobre el proceder de cada uno de esos tres imprescindibles movimientos, preguntas sobre su esencia común, sus distintos modos. Preguntas que él, oculto entre helechos y flores atemporales, convertía en palabras. Su propia forma de responder y preguntar a la naturaleza al mismo tiempo.

Hay poetas más conocidos por sus versos ajenos que por los propios. Michael Hamburger (Berlín, 1924–Sufflolk, 2007), profesor y ensayista además de hacedor de versos, es uno de ellos. Traducir a Hölderlin, Hofmannsthal, Trakl, Brecht, Huchel, Sebald o Celan –por Poemas de Paul Celan recibió el Premio Europeo de Traducción en 1990– le otorgó un importante reconocimiento que hizo empequeñecer, levemente, al resto de sus pasiones y oficios. Quizá fuera el reclamo de su tierra natal, de la que sus padres, con él de la mano, emigraron en 1933 camino de Inglaterra. Allí dejó sin saberlo, en las montañas, el eco de grandes poetas a los que años más tarde regresaría para transformar la lengua original de sus poemas al que hoy se llama el idioma universal. Su propia obra, irónicamente, es más conocida en la traducción alemana que en la versión original en inglés. Todo un paradójico juego entre dos tierras y dos lenguajes que un mismo hombre habita.

Michael Hamburger
Michael Hamburger.

Pero ¿qué hay de esa obra? ¿Qué hay de los propios poemas del orfebre y portador de las voces germánicas? En nuestra lengua, la castellana, apenas un rastro. Además de una traducción de su ensayo La verdad de la poesía (1969), publicada por el Fondo de Cultura Económica –actualmente descatalogada y desaparecida–, solo Lumen ha publicado obra de Michael Hamburger: La isla tuerta (2009); una novedosa antología de poesía británica que ocupa los años entre 1946 y 2006, y La vida y el arte (2013); una antología propia de Michael Hamburger. «Aunque la ausencia sea la única muerte que conocemos», versa él mismo, casi como una involuntaria resignación en su nombre y en el de tantos otros poetas (y prosistas) inexplicablemente inexistentes aún en nuestra lengua.

Bajo la edición y traducción de Matías Serra –quien también se encargó de La isla tuerta–, Lumen ha recopilado poemas, en este orden, de Collected Poems (1941-1994), Intersections (1994-2000), Wild and Wounded (2000-2003), From a Diary of Non-Events (2001), Circling the Square (2004-2006) y Late (1997). «En general –escribe Serra en la introducción–, en personas consagradas a la literatura, la vida y la obra son dos paralelas que sólo se tocan en el infinito. El caso de Michael Hamburger es una excepción que bendice la regla». En él, la comunicación –convertida pronto en comunión– con la poesía era tan natural, íntima y necesaria como la comunicación con cualquier otra cosa que aconteciera, cotidiana o espiritualmente, en su vida. Y esa misma naturalidad e intimidad se requerían del exterior para que se produjera la creación: «“Una celda”, responde cuando las visitas señalan / las pequeñas y altas ventanas de la habitación en la que trabajo, / una habitación sin vista. “Exactamente lo que necesito, / la suficiente luz de día –no más– para hacer avanzar la lapicera”» (del poema «La vida y el arte I»).

Hamburger no salía «a buscar el motivo como un pintor dominical. Vivía con sus temas, lo rodeaban a diario».

Hamburger no salía «a buscar el motivo como un pintor dominical. Vivía con sus temas, lo rodeaban a diario». Como William Turner, que experimentaba en primera persona el hermoso peligro de una tormenta para poder después serle fiel con los pinceles, él acudía a la llamada del poema. Porque, como revela en La verdad de la poesía, «es el poema el que le dice al poeta qué es lo que él piensa, y no al revés». La verdad de la poesía reside en el poema, no en el poeta. «El poema sabe mejor que yo acerca de qué trata, qué forma debe tomar, qué material necesita. […] Una de las grandes recompensas y satisfacciones de escribir poesía es que los poemas le dicen a uno lo que uno está pensando y sintiendo, lo que uno es y ha sido y será, de dónde uno ha venido y adónde va».

Michael HamburgerUna visión que coloca a la obra como el único y principal motivo y, al creador, como su necesario medio de transporte desde la «nada» al «todo», desde el no-ser al ser. Pese a sus bases filosóficas, hermosas y compartidas por otros muchos poetas y literatos, no es la poesía de Hamburger un elevado ritual de pensamientos laberínticos o inaccesibles. Todo lo contrario: lo trascendente se cuela en lo más terrenal, en lo pequeño, lo sencillo. Gatos, flores y lluvias –era, como Celan, un apasionado botánico amateur– nos hablan del alma humana desde sus silencios, entre esquivas notas de encuentros y desencuentros: «Caminamos la misma tierra, / perdidos de distinta manera, / tú desde el cerezo silvestre, florecido de blanco, / yo desde los pinos delgados, / con numerosos ríos entre nosotros, / entre nosotros un océano. / Para encontrarte avanzo / ordenando, arrojando palabras / como para que una / resulte razonable, tuya» (del poema «Variaciones I: Viajes»).

«Los poemas le dicen a uno lo que uno está pensando y sintiendo,
lo que uno es y ha sido y será,
de dónde uno ha venido y adónde va».

«Solo, / estaba absorto, ensimismado / en su nueva custodia de la nada», se lee en ese mismo poema. «Has puesto todo lo que eres allí, / todo lo que has vivido y has sido – / y ya no está allí», se lee en «Carta a L. F.». «¿Nos encontraremos de nuevo? / Casi respondo: no, / temiendo que no hubiera ningún lugar para encontrarse», se siente en «Un jardinero explica su ausencia del concurso de flores». Si la naturaleza y su misterio era uno de sus alientos tanto en la vida como en la poesía, la identidad y su búsqueda supone otro de ellos. Cuando huyó de sus raíces, niño aún, no podía comprender la guerra. Así que ésta, como también hicieron los poetas, volvió a buscarle: en un duro paréntesis durante sus estudios en la Universidad de Oxford, en 1943 Hamburger fue reclutado en el ejército y sirvió en Austria e Italia durante la Segunda Guerra Mundial.

Vivencias e inquietudes se fusionan así en sus versos; profundamente humanos, en ocasiones oscuros, a veces con lágrimas de tristeza. Y siempre preocupados por la tensión, el conflicto, el diálogo «entre el conocimiento y el desconocimiento que se da entre el poeta y el poema y su lector». No en vano, si decidió comenzar a traducir fue para restablecer un puente con «una cultura que se me había perdido en todos los otros aspectos». […] El lenguaje es el hogar del exiliado». Lamentó siempre ser más conocido por el público británico como traductor y no como poeta, y fue su cuna quien le otorgó los reconocimientos más importantes que recibió, como la Medalla Goethe de Alemania o el Premio Estatal de Traducción de Austria.

Un atisbo de todo ello, desde las impresiones recogidas de su rutina, siempre observada desde el asombro, hasta sus dudas y preguntas acerca de lo humano, puede leerse en la antología La vida y el arte de Lumen, acertadamente publicada en edición bilingüe. En el libro, como en su vida, las ironías fronterizas de la palabra y la vocación conviven con y en él hasta su último suspiro. Dejando su legado y recuerdo a su mujer Anne y sus tres hijos, Hamburger murió un 7 de junio, el mismo día que Friedrich Hölderlin, quien sentenció algo que sin duda ambos compartían: «lo que permanece lo fundan los poetas».

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