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Barcelona: Paseos con mi madre

Reseña de libro: Paseos con mi madre

Ficha técnica

Paseos con mi madreTítulo: Paseos con mi madre

Autor: Javier Pérez Andújar

Editorial: Tusquets

Páginas: 179

Precio: 14,25€

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Luis Melgar Blesa


Tengo un amigo que está obsesionado con encontrar lo que él llama “La gran novela de Barcelona” y no para de leer intentando descubrir cuál es ese gran libro que aglutine a esa ciudad que ha inspirado a escritores, poetas, periodistas y viajeros y que últimamente se ha convertido en un personaje propio, lo que podríamos llamar un arquetipo literario. Barcelona posee, por tanto, entidad propia; además de una especie de aura mágica, sobre todo en cuanto a marketing. La marca Barcelona existe y es próspera: vende, vende mucho. Hay una fascinación por la ciudad (en el año 2015 la visitaron nueve millones de turistas) que se observa también en la literatura (Zafón, Falcones, Mendoza, Rodoreda, Laforet, Marsé, Montalbán, Goytisolo, Cercas, Gil de Biedma, Gimferrer, ¡hasta Cervantes con su Quijote!…). Yo escuchaba a mi amigo hablar de su búsqueda y mientras lo oía pensaba, una y otra vez, que “La gran novela de Barcelona” no podía ser otra que El pianista, de Manuel Vázquez Montalbán, porque relataba el desencanto de un barcelonés de toda la vida con su ciudad por, o pese a, los cambios producidos por las Olimpiadas del 92, que transformó no solo la fisonomía urbana (Barcelona volvió a abrirse al mar, se construyeron las Rondas y otros muchos equipamientos, se dignificó el litoral marítimo, etc) sino también el espíritu del territorio y de la gente que lo habitaba (cosmopolitanismo cool, catalanismo medular y tradicionalismo inclusivo). Aprovechando que estoy viviendo en Granada (soy un catalán que ha hecho el camino a la inversa, es decir, de Barcelona a Andalucía, al revés del que hizo mi padre en los años 60) me acerqué a la Universidad de Almería a conocer a Antonio Orejudo. Hacia el final de la comida que compartimos le pedí que me recomendara lecturas y fue entonces cuando, después de haber hablado de mis gustos literarios me dijo que si lo que quería era leer a la Barcelona obrera tenía que leer Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar. Al llegar a casa le escribí a mi amigo y fijamos la lectura de la obra y un Skype para comentarla, una especie de club de lectura en línea, virtual, que nos permitiera compartir impresiones, pensando que la obra sería un eslabón más de esa cadena de novelas en busca de “La gran novela de Barcelona”.

La primera conclusión a la que llegamos es que la lectura de Paseos con mi madre, de Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, 1965), debería ser obligatoria en todos los institutos públicos, o, por lo menos, en todos los institutos públicos del extrarradio de Barcelona, porque en ella se hace un ejercicio de honor y memoria a aquellas personas que construyeron Barcelona y que jamás pudieron ser o sentirse de la Ciudad condal. La primera en la frente. La capital catalana aparece en la obra no como una ciudad telúrica, sino como una construcción humana de gruesas fronteras sociales. Pero lo que más llama la atención es que, siendo una novela de Barcelona, la protagonista no es la ciudad, sino la fuerza obrera, humana, que habiéndola construido se vio obligada a vivir al margen, habitando su cinturón (el conocido cinturón rojo, por el color de los ayuntamientos a partir de las primeras elecciones municipales tras la dictadura). Se trata de los conocidos charnegos, los emigrados a Catalunya de una región de habla no catalana. Este adjetivo no se frenará en ellos, la generación de nuestros abuelos y padres, sino que nos acompañará a nosotros también, sus hijos, aunque ya hayamos nacido en tierras catalanas. Esta es la condición de Pérez Andújar, catalán de madre granadina y padre comunista (la patria de los izquierdistas no es un lugar), la de charnego de segunda generación, pero charnego, al fin y al cabo. Es lo mismo que me sucede a mí: catalán de extrarradio, de cinturón rojo, hijo de madre aragonesa y padre andaluz. Leer Paseos con mi madre, ahora que vivo en Granada, era del todo obligatorio, aunque ya hace varios años que abandoné el instituto.

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Manifestación obrera en Cornellá

 El tema central de Paseos con mi madre es la incapacidad de pertenecer Barcelona, a la que solo se acede a través de la familia o del dinero, por el hecho de ser de fuera de Barcelona, pero no solo por ser granadino o manchego o murciano o extremeño, sino también por el hecho de ser de Badalona, de Sant Adrià, de Santa Coloma, de Hospitalet o de La Llagosta. El libro, escrito en un futuro histórico que convierte la narración personal en una épica histórica, es el canto de una generación que se sentirá antes de los bloques, de los barrios, del heavy metal y de los cómics que de Barcelona. Se trata de una novela de memorias, de diario personal o íntimo, de recuerdos del autor que aparecen al contemplar espacios y personas de su juventud. Su memoria funciona un poco como la de Benji de El ruido y la furia, de Faulkner, o la famosa magdalena de Proust, en tanto que los resortes que la ponen en funcionamiento son vivíficos. Son los rostros y los espacios, desvencijados mayormente ambos, que ve el narrador los que evocan el recuerdo narrativo. El paseo se convierte en un viaje al pasado, pero no se trata de un pasado remoto, sino de un pasado vivo, pieza fundamental en la constitución de nuestro presente, también del de mi generación, veinte años posterior a la de Pérez Andújar, que encontrará, aquí sí, su “Gran Novela de Barcelona”. Mi Barcelona es la misma que la del autor: una Barcelona lejana y hermética a la que iremos primero de excursión y a la que intentaremos acceder mediante la cultura (los libros que él lee en el autobús que le lleva de casa a la facultad de Hispánicas de la UB, o los que leeré yo en el metro que me lleva de Badalona a la facultad de Humanidades de la UPF), una Barcelona a la que amamos unilateralmente, porque no nos devuelve esa estima, una Barcelona, al fin y al cabo, que no se explica en su propia lengua, sino a través de las palabras de nuestros padres y de las bandas de música, sobre todo de rock, punk y heavy, que nos decían quiénes éramos: somos los nacidos al otro lado del río (del Besós o el Llobregat, fronteras naturales de Barcelona), una suerte de apátridas: ni andaluces, ni catalanes; ni de Barcelona, ni de Sant Adrià.

“Casi veinte años viviendo en esos pisos viejos de Barcelona, de suelos de mosaico y tuberías de hierro, y sabiendo que ni uno de los pasos que he dado por sus aceras va a hacerme de esta ciudad, y así cada semana regreso a la periferia, al río, a los bloques, a la autopista, a las vías, cada vez en busca de una dosis de mí mismo. Pero nunca me encontraré tan lejos de mi historia como cuando llego a San Adrián, porque aquí ya no hay nada de lo que persigo. Son fantasmas lo que salgo a cazar, y a algunos voy a encontrármelos.”

La obra de Pérez Andújar, pese a la desazón del sentimiento de pertenencia al territorio, es una reivindicación del sentimiento de pertenencia. El autor no podrá decir jamás que es de Barcelona, pero sí dirá que es de los bloques, del obrerismo y sus manifestaciones, de la contracultura, etcétera. El territorio es por tanto un constructo cultural o una ilusión, apenas una herramienta lingüística: los del otro lado del río solo seremos de Barcelona cuando no estemos ni siquiera cerca de Barcelona.

“Aquellas chimeneas gigantes eran las tres cruces de un Gólgota de hormigón poblado de manobras, de gente que se había venido a vivir a Barcelona y que no iba a pisar Barcelona en lustros, quizá en su vida. Sin embargo, cuando regresábamos…, pero yo iba, no regresaba… Cuando íbamos a Granada resultaba que venía yo de la propia Barcelona. De nuestra casa, de San Adrián del Besós, estaban más cerca los bloques del suburbio de La Chana, en Granada (aunque a aquel sitio le decían entonces Lin Chung o Lian Shan Po, o algo de darse patadas y tortas), que Pedralbes, Sant Gervasi o la Bonanova, que es donde contaban que vivían los ricos. La Sagrada Familia no formaba parte de nuestra familia. Era una obra que marchaba lentamente, que se la veía inmóvil como lo estaba en aquella época todo lo que ese templo representa. De la Sagrada Familia, pensábamos nosotros, lo único sagrado eran las horas de trabajo que el edificio llevaba a cuestas.”

Pero pese a la constatación de la imposibilidad de ser de Barcelona (“En Barcelona se está en el cuarto de invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio”), los recuerdos del narrador son también una crónica de su voluntad de ser de Barcelona y de sus distintos intentos por conseguirlo. El autor es, en sus recuerdos, un escritor en ciernes y un lector empedernido, por lo que su voluntad de ser de Barcelona pasa por la forma de ser de diversos escritores. La ciudad y la escritura son, una vez más, partes de un mismo todo. La cultura nos empujará a los hijos del arroyo a Barcelona, intentado escapar del cemento, también intelectual, de nuestras ciudades.

“Si pudiese formar parte de la ciudad quisiera hacerlo precisamente a la manera de Marsé, desde mi barrio, poniendo las películas del Oeste por delante de los libros para no vacilarle al personal o también por vacilarle, ahorrando siempre palabras para no tener que pronunciar las de los pijos. Siguiendo a Umbral empezaré a ser de Barcelona de un modo más lírico porque perteneceré antes a un lirismo que a una literatura. Se puede ser escritor de Barcelona de muchas maneras. Con la nariz de boxeador de Marsé que nunca ha hecho tongo, como Marsé, con su novelística compleja porque enfrenta todo el rato una verdad privada a la verdad del mundo. Con el bigote blanco de Eduardo Mendoza, de escritor viajado y que le da esa elegancia del hombre del mundo que se mancha de geografía cuando sale a ver las cosas; de escritor que va de un lado a otro porque ha descubierto que la distancia es la más alta forma de amabilidad. Con el periódico y el carnet del partido doblados bajo la máquina de escribir, como Manuel Vázquez Montalbán. Con la cazadora vaquera de Carlos Zanón, con la que escribe sus novelas duras, de callejón espectral, de una Barcelona extracomunitaria y de mejillones hervidos en las presentaciones de la librería Negra y Criminal. Con la elegancia de la sastrería decente, con la elegancia rabiosamente viva, nocturnamente viva en una eterna noche americana, que es la de Francisco Casavella.”

Esta forma de ser de un lugar a través de la palabra es lo que conseguirá nuestro autor, a través de las columnas sobre esa Barcelona a la que la propia ciudad da la espalda en El País y en el Ajoblanco. Sobre el estilo narrativo de Paseos con mi madre no hay duda: es umbraliano. La mezcla de estilos de la que hablábamos antes (memorias, diario íntimo, novela de educación sentimental) se viste de un lirismo reflexivo que recuerda, si bien no tanto a Mortal y rosa, sí a Las Ninfas o a Travesía de Madrid. Toda la obra es, a la par que alegato y crítica, la exposición de su crecimiento personal e ideológico a través del denominado capital cultural (cine, libros, tebeos, canciones) y de esas amistades –quizá demasiado extravagantes o exageradas, aunque ya se sabe que la realidad supera siempre a la ficción– que configuran el sistema de pensamiento del narrador. La presencia del amor (¿dónde se ha visto un libro de memorias o un diario íntimo sin presencia del amor?) aparece en un segundo plano, y no se trata de una relación humana, sino del amor por la cultura, sobre todo por los libros y por la escritura, por el conocimiento, al fin y al cabo, que actúan también como refugio, tabla de salvación o exilio interior.

“Siendo de barrio, no querré yo ser de barrio, donde tan difícil es leer, sino ser del espacio exterior, pertenecer a otra nada más lejana y más oscura y también más infinita. Sin entender del todo lo que pone en los libros de divulgación que voy leyendo, atravesaré las veintiséis dimensiones de la teoría de las supercuerdas. En los mundos paralelos entraré por las puertas de la difusión científica y de la ciencia ficción. Querré copiar, prisionero de Philip K. Dick en mi genética literaria, su libertad de cautivo, su gesto de hombre encerrado en el castillo que hace lo que le da la gana. Philip K. Dick es un Proust que no escribe en proustiano, que no escribe dejando en las sábanas migas de magdalena sino empastillado; pero el artista que hay detrás de ambos es el mismo. Son escritores que al magma de la sociedad le devuelven una escritura magmática.”

Pero el libro de Pérez Andújar no es solo, como decíamos, una crítica a la impermeabilidad de Barcelona, sino que también es el alegato de una generación y de una gente que construyó una ciudad, Barcelona, pero también un país y una democracia. Paseos con mi madre es una revisión histórica de los últimos años setenta y de los prolijos años ochenta. Lo bueno es que la historia que aparece es la historia de los olvidados, de los vencidos, porque la primera pérdida que trajeron los noventa fue la del concepto y sentimiento de pertenencia a una clase que era a la vez una patria: la clase obrera. La novela es por tanto una crónica del auge y la caída de un elemento constitutivo de nuestra sociedad, la lucha obrera, desde Manuel Fernández Márquez, el muerto en la huelga de Copisa, hasta su último gran show en la huelga general de 1988.

“Se levanta sobre el edificio del estilo neoegipciano del observatorio [Fabra] la pirámide sociológica de Barcelona. Todas las ciudades están construidas por esclavos. Pertenezco yo a una remesa que ya salió de fábrica con las cadenas rotas, de las fábricas a las que iban nuestros padres. La libertad es un libro que escribieron nuestros padres para que lo leyéramos nosotros. En la bandera negra de mi pecho la libertad está escrita con la primera letra del abecedario, la primera que aprendieron ellos, que aprendimos todos.
No traerá el Pryca la democracia directa que muchos esperaron en los sindicatos, pero sí traerá el consumo directo. […] El Pryca simbolizará una democracia en la que todo queda reducido a un poder invisible y a una masa de consumidores, y donde las urnas han sido reemplazadas por cajas registradoras, y cada moneda, cada billete, es un voto que elige el producto ganador del día. Lo que hace el Pryca es convertir al comerciante y al obrero en consumidores, es transformar al votante en comprador y acostumbrarle a elegir lo más barato.”

Sí, el libro de Pérez Andújar debería ser lectura obligatoria en todos los institutos para que nadie olvide de dónde venimos ni de qué estamos hechos, para que se sepa quién ha construido este país y para que los ejercicios de honor y memoria no sean tan solo honrosas excepciones.

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