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Los libros azules de Glattauer

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

“Tienes que empezar a leer cosas serias”. Esta ha sido una de las máximas de mi madre durante los últimos cuatro o cinco años. Leer cómo adolescentes pasaban de un mundo a otro, mientras lidiaban con problemas mágicos y triángulos amorosos (porque ese podría ser el resumen de casi todos los libros), desesperaba su conciencia y su tarjeta de crédito. Pero era lo que me gustaba leer, lo que me entretenía, lo que me transportaba de mi cuarto, pequeño y finito, a uno grande, espacioso y de fantasía infinita.

Pero aterricé en la realidad y en la Universidad; un gran cambio en la vida de una persona, y no únicamente porque estudias lo que de verdad te gusta y aquello que está relacionado con tu futuro (aunque yo, estando en tercero, aún tengo dudas acerca de ambas cosas). La Universidad te permite acercarte más al mundo real – y al de las bibliotecas, reprografías… – y te enseña cómo funciona el laboral, lo cual produce tanto atracción y entusiasmo como cierto miedo.

Entre madrugones, apuntes, prisas, tardes de estudio, trabajos, prácticas y clases de Metafísica, un gran número de textos y libros serios se cuelan y se acumulan. Y cuando encuentras un rato de paz y decides ponerte a leer por propia voluntad (si aún no has aborrecido la lectura o tus ojos no te suplican lo contrario), ¿leerías a Aristóteles, a Kant, a Millán-Puelles, a Maritain? ¿Leerías “cosas serias”?

Creo que, para relajarse, descansar y disfrutar, preferiría releer a J. K. Rowling, Stephenie Meyer o Federico Moccia. ¿No es de eso de lo que se trata el ocio? De despejar la mente y el alma. Y yo, en mis viajes en metro y en mis ratos de sofá y cama, despejo la mente y el alma con pequeñas historias de estudiantes frustradas, cinéfilas enamoradas, escritores parisinos o curiosos personajes que regalan Sugus. En mi última aventura, terminada hace apenas dos semanas, he conocido a los protagonistas de Contra el viento del norte y Cada siete olas; la inusual, original, divertida y tremendamente compleja historia de amor a base de mails entre dos extraños que jamás se han visto… ¿ni se verán?

Su autor, el vienés Daniel Glattauer, ha conseguido enamorarme a mí con su ironía, su ingenio y sus grandes dosis de humor y suspense. A menudo lo que nos hace más felices no es alimentar la mente de conocimientos, sino alimentar el alma de sentimientos. Así que, mamá, esta tarde me voy en busca de más libros azules de Glattauer. Y puede que un día de éstos, si me cruzo con algún profesor, le diga: “tiene que empezar a leer cosas menos serias”.

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