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Lo que no está escrito

Ficha técnica

Título: Lo que no está escrito

Autor: Rafael Reig

Editorial: Tusquets Editores

Páginas: 287

Precio: 18€

 

 

 

 

 

 

Luis Melgar Blesa
@lluismblesa


¿Cuánto de lo que leemos proviene de nosotros, los lectores? Esta es la premisa de la que parte Lo que no está escrito (Tusquets, 2012), de Rafael Reig (Cangas de Onís, Asturias, 1963). Reig elabora una novela con un argumento aparentemente sencillo: Carlos es un padre divorciado que recoge a su hijo Jorge de 14 años de casa de su exmujer, Carmen, para ir juntos de excursión. Carlos, como por descuido, ha dejado sobre una silla el manuscrito de una novela que acaba de terminar y, nota mediante, le pide a la madre de su hijo que la lea.

Rafael Reig.

De esta forma el lector asiste a una historia trenzada, pues tres son los protagonistas que se reparten las distintas divisiones de la novela que caminan de forma paralela: de un lado, las aventuras del padre y su hijo; del otro, Carmen leyendo el manuscrito de su exmarido; y por último, Toni Riquelme, el protagonista de la novela de Carlos, un delincuente de los bajos fondos, un pendenciero que se acaba de hacer con una pistola y está dispuesto a todo. Carmen lee el texto que ha escrito un hombre al que conoce bien y, con sus interpretaciones, se temerá lo peor sobre el destino que le espera a su hijo. Los temores de Carmen no son infundados, ella no es solo una lectora más. Trabaja en una editorial, por lo que es una lectora profesional, pero además, por su relación con el escritor, conoce la realidad de la que el autor se nutre para crear su ficción y sus personajes. O eso cree ella. Lo que hace Carmen es interpretar lo que no está escrito, buscarse a ella misma como personaje y tratar de llegar al hipocentro de realidad de la que nace la ficción.

Diversos temas se mezclan en la obra de Reig: la construcción de uno mismo como individuo, el éxito y el fracaso, los temores, las apariencias, las clases sociales, pero lo más importante son las relaciones de toda índole (las amorosas, las paterno-filiales, las interesadas, las obligadas…) y la fuerza de la palabra, que es, en el fondo, el acicate que hace caminar la novela. Estas dos cuestiones últimas son el núcleo ígneo de la novela: qué relación establecemos con el texto y el autor cuando somos lectores. Cuando leemos, ¿qué parte la construye el autor y qué parte nosotros?

“Este era el problema de la lectura, proyectas sobre el texto la sombra de tus deseos o de tus temores, tu propia sombra que oscurece la página hasta que solo lees lo que esperabas leer, y todo trata de ti, y si hay una mujer muerta, no puede ser una simple montaña, ni siquiera otra mujer, qué va, tienes que ser tú, tu propio cadáver, quién si no. Lees lo que no está escrito y, a partir de ahí, construyes al autor a medida de tu lectura. Porque no es el autor el que crea el libro, sino al contrario: es el libro el que, para ser leído, exige un autor y por lo tanto lo construye a su imagen y semejanza.”

La obra, sin capítulos numerados pero con blancos cada pocas páginas que favorece una lectura rápida, se abre con una cita del Der Erlkönig, de Goethe, tan importante para comprender la obra como lo es el título. El manuscrito de Carlos es una novela negra con delincuentes y delitos, un thriller algo manido, falto de originalidad y un poco a medio cocer –es la propia opinión de Carmen, la lectora del manuscrito en la novela de Reig–, que acaba por teñir la obra de Reig de una subespecie dentro del género. Por supuesto, el hecho de tener una novela dentro de otra nos hace pensar rápidamente en una mise en abyme, aunque Reig lleva esta construcción un paso más allá.

Reig con la novela.

El personaje principal, la fuerza telúrica que mueve el texto, que convierte la obra en algo único es la palabra. La palabra lo hace y lo puede todo. Mucho, muchísimo más que en el resto de obras. Reig la usa maravillosamente para narrar, para describir, para crear personajes, y para hacernos sentir emociones. Esto es lo ordinario en una novela. Lo significativo, lo excepcional, es cómo la palabra con su significado propio y connotado, con sus expresiones y apelaciones, con su presencia o ausencia, es el acicate de todas las historias. Aquello que se dice, lo que no se dice; lo que está escrito y, claro, lo que no está escrito; la relación del escritor y la del lector con el texto. Todas las palabras que pensamos, las que pronunciamos y, sobre todo, las que callamos. Eso, en su conjunto, es la espina dorsal de una obra que funciona, como toda obra maestra en dos realidades: una superficial y otra profunda.

“En la realidad superficial esta novela es una novela de intriga, de acción, una especie de novela negra, muy negra […]. En la segunda, la profunda, ofrece toda una reflexión sobre el rol del lector al ponerse frente al texto y las palabras”.

En la superficial esta novela es de intriga, de acción, una especie de novela negra, muy negra, donde todo se entremezcla y de la que el hilo conductor es una historia que conecta a los personajes en un triángulo en el que cada lado es uno de ellos y en cada capítulo saltamos de uno a otro, completando el poliedro, como en una de esas películas de media tarde, pensadas para que todo el mundo las comprenda. La segunda, la profunda, ofrece toda una reflexión sobre el rol del lector al ponerse frente al texto y las palabras. ¿Qué pensamos, qué leemos y qué interpretamos? Y sobre todo, ¿qué queremos leer cuando quien escribe es una persona conocida? ¿Cuánto de nosotros hay en todo lo que leemos? ¿Es la novela la que moldea al lector o es el lector el que moldea la novela? ¿Cuánta verdad hay en la figura que creamos del escritor cuando leemos sus obras?

La novela es recomendable porque, además de ser entretenida, seguro que genera reflexiones y debates más allá de sus páginas, pero contiene ciertas cuestiones que no esperaba. La descripción es constante y la digresión habitual. No es, en palabras de Antonio Orejudo, una novela tiovivo, pero es más de lo que esperábamos. También hay algunas cuestiones de los personajes que no terminan de ser del todo verosímiles, sobre todo en cuanto a cuestiones de lenguaje y actuación de personajes bien construidos que, de repente, actúan de forma inesperada. No es grave, y todo queda dentro del pacto de ficción, pero me hace sospechar que quizá más que un error es que nos hemos perdido algún guiño. Reig es un maestro de eso, de los guiños. Su novela no es cómica, pero utiliza el humor para aflojar la tensión. Es un humor socarrón, bien traído y usado en una medida más que justa. En resumen, una más que segura recomendación si quieres una novela que sigue allende lo que está escrito.

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