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Voces ahogadas. Los crímenes comunistas en Rumanía

Ficha técnica

Título: La tortura del silencio. La historia de Marius Oprea

Autor: Guido Barella

Editorial: Rialp

Páginas: 168

Precio: 14 € (papel) / 8,49 € (eBook)

 

 

 

 

 

Pablo Ortiz Soto
@portizs


Bucarest, 21 de diciembre de 1989. Cinco días después de las revueltas en Timisoara por el arresto del pastor protestante Laszlo Tokes, el pueblo rumano, tras largas décadas de terror, crímenes y represión sistemática liderada por el régimen comunista que regía el país, se levantó contra el dictador Nicolae Ceaucescu y su mujer Elena; siendo apoyada la insurrección popular, e incluso orquestada, por fuerzas extranjeras (KGB y CIA) y gran parte del ejército rumano –como así defiende el historiador Grigore Cartianu en su libro La fine dei Ceausescu. El conducator, a pesar de sus intentos por frenar con buenas palabras, muchas mentiras y más represión las masivas protestas que se alzaban ante él en la plaza del Palacio del pueblo, y por todo el país, acabaría huyendo en helicóptero tras el asalto de los ciudadanos al mastodóntico palacio político del tirano de los Balcanes. El 25 de diciembre, el matrimonio Ceaucescu era ejecutado después de un juicio militar exprés en el que se les acusó de crímenes contra la humanidad.

Rumanía
Marius Oprea (Fuente: EVZ).

Aunque meses después seguirían las protestas contra los residuos del régimen (como la manifestación del 21 de abril de 1990 bajo el lema “Fuera el comunismo y fuera los comunistas” –que duró 52 días, la más larga de la historia–), a raíz de los episodios acontecidos en los últimos días del año anterior, Rumanía se sintió liberada de la sangrienta bandera de la hoz y el martillo que había sufrido durante más de cuarenta años y comenzó a vislumbrar el camino de la libertad. Dos años después de la Revolución del 89, el conocido historiador y arqueólogo rumano Marius Oprea emprendió su gran labor de investigación sobre los crímenes perpetrados por la Securitate (policía secreta) y los miembros del régimen totalitario con el principal objetivo de no olvidar el horror comunista en su país y de dar a los muertos, a los cientos de miles de personas torturadas y asesinadas, «una digna sepultura, una tumba con una cruz donde los parientes puedan rezar una oración».

Pues bien, si quieren conocer la reciente historia de este país es muy recomendable el libro La tortura del silencio (Rialp, 2015), del periodista italiano Guido Barella. Divido en diez capítulos, Barella comparte su crónica del encuentro casual que tuvo en una taberna griega con Marius Oprea, el cual le contó su vida, y la posterior indagación sobre los crímenes comunistas en Rumanía con la inestimable guía del ilustre historiador. De este modo, fusionando una extensa entrevista sobre sus investigaciones, y pasajes intercalados sobre la historia rumana para matizar apuntes del anterior, en esta obra Marius comienza contando la persecución a la que fue sometida su familia durante los primeros años de investigación (palizas a su mujer, intentos de secuestro a su hijo, insultos, llamadas telefónicas, etc.), hasta el punto de que su esposa y su hijo tuvieron que exiliarse a Alemania, en plena transición democrática.

Dos años después de la Revolución del 89, Oprea emprendió su gran labor de investigación sobre los crímenes perpetrados por la Securitate y los miembros del régimen totalitario.
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Niño rumano depositando flores a una víctima exhumada (Fuente: Guido Barella).

Pero estas amenazas, que de una forma u otra siguen en la actualidad, no consiguieron intimidar al historiador ni a su equipo, y con el paso del tiempo han ido sacando a la luz lo que la Securitate y los restos del partido comunista querían ocultar: las cruentas experiencias de los supervivientes del genocidio y los miles de campesinos, intelectuales, sacerdotes grecolatinos, protestantes y católicos, terratenientes, estudiantes, políticos u obreros perseguidos, arrestados, deportados a campos de concentración, torturados, ejecutados, exterminados en masa… cuyos cuerpos fueron tirados en cualquier cuneta, bosque o fosa común. Personas que también sufrieron hambrunas y trabajos forzados, que recibieron palizas hasta la muerte o que eran utilizados como conejillos de indias en sádicos experimentos físicos y psicológicos. En total, 617.816 víctimas contabilizadas con nombres y apellidos, aunque otros documentos –que se encuentra en fase de análisis, afirma Oprea– estiman que el genocidio llegaría a los dos millones de muertos.

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Sello postal de 1990 sobre la democracia en Rumanía.

A lo largo de las páginas, Marius relata también los sobrecogedores testimonios de los familiares de las víctimas que tuvieron que cavar por mandato de la Securitate las fosas de sus padres, hijos, nietos, amigos o vecinos… o, entre otros hechos, cuenta sin pelos en la lengua los experimentos que se realizaban en la cárcel de Pitesti. Unas experiencias recogidas de supervivientes, agentes de la policía secreta arrepentidos, disidentes del partido comunista, testigos o archivos de la securitate entre otras fuentes.

Asimismo, explica los apoyos públicos que ha recibido, como el del Nobel de Literatura Herta Müller, la Declaración de Praga sobre la Conciencia Europea y el Comunismo (2008) o el de algunos presidentes del Gobierno rumano que han apoyado su trabajo y la creación del Instituto de Investigación de los Crímenes del Comunismo y la Memoria del Exilio Rumano. Aunque igualmente menciona las dificultades que se ha encontrado, como los intentos de poner freno a sus proyectos por parte de fuerzas gubernamentales con un pasado oscuro o, incluso, los impedimentos para juzgar a algunos de los mayores criminales: como Mihai Patriciu, jefe de la Securitate que hasta el día de su muerte vivió un retiro dorado.

En total, 617.816 víctimas contabilizadas con nombres y apellidos, aunque otros documentos estiman que el genocidio llegaría a los dos millones de muertos.

En definitiva, a pesar de las crueles experiencias que expone, de la brutal y salvaje destrucción humana que relata, recomiendo encarecidamente la lectura de esta obra a todo el mundo. Aunque, en especial, a todos aquellos que todavía hoy, para nuestra terrible sorpresa, siguen defendiendo públicamente esta bárbara ideología totalitaria –por ejemplo ondeando la bandera de la hoz y el martillo en manifestaciones democráticas o expresándote con orgullo su afiliación comunista–: «los regímenes comunistas en el continente europeo deben formar parte del pensamiento de todos los europeos, del mismo modo en que ya lo es respecto a los crímenes del régimen nazi. Se dan caracteres semejantes entre nazismo y comunismo desde el punto de vista de su carácter trágico y espantoso y de sus crímenes contra la humanidad», subraya la Declaración de Praga. Que así sea.

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