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La tormenta de nieve

Fernando Bonete Vizcaino

El sufrimiento y la conciencia del mal también dan sus frutos. La tormenta de nieve es un ejemplo magníficamente narrado de la intensa responsabilidad que atormentó a Tolstói durante toda su vida; especialmente en el año de su redacción, 1856. En aquellas fechas el conde Lev buscaba acabar con toda relación de su estatus nobiliario con el yugo impuesto a los siervos bajo su señorío. Su origen aristócrata no le impidió ser consciente de su responsabilidad humana y de sus obligaciones como persona, y proponía la libertad a sus siervos, que estos, recelosos con el extraño comportamiento de su señor, rechazaron. Es el primero de muchos otros intentos (como el de abandonar sus derechos de propiedad intelectual de sus obras) por quedar ajeno a la vanidad que tanto le persiguió y atormentó (prueba del gran temor a incurrir en el pecado de la autoglorificación la encontramos en sus Diarios).

Fue también 1856 un año importante para la vida del genial escritor por el abandono de su carrera militar a finales del mismo y su decisión de dedicarse plenamente a la literatura. De este periodo datan Infancia y Adolescencia, ya acabadas tras largos años de reformulación para su máxima minuciosidad y perfección.

Por último, es crucial el viaje a Oriol para visitar a su hermano Dmitri, ya moribundo y próximo a la muerte (descrita en Anna Karénina en el fin de Nikolái Levin), así como su decisión de encontrar esposa para formalizar su situación social y crear una familia (lo que le lleva a trasladarse durante una temporada a San Petersburgo y Moscú).

Pues bien, La tormenta de nieve aglutina todas las vivencias de aquel año. Los intensos viajes traducidos en un único movimiento lineal gélido y angustioso, como si de una gélida inmersión a su conciencia se tratara. La sombra de la noche en contraste con el helado horizonte (la realidad) auspiciando muerte y desesperanza. El sonido de las terceras y quintas de las campanas de la diligencia, recuerdo de tiempos pasados, pero también prospectivas a obras futuras; imposible no reconocer en el acorde el inicio de la Sonata a Kreutzer, que dará título a otro de sus cuentos, y que tanto atormentará el alma de Lev.

La agitación de una existencia que reconoce y recuerda todas sus faltas y es consciente de su debilidad humana.

-¡Tirad todos a la vez!, sacadlo al borde!- se escucha la voz resuelta de Fiódor Filípich y, por encima de los tallos segados de la baranda y el cadillo, arrastran al ahogado hasta el sauce.
____En esto veo a mi buena y anciana tía con su vestido de seda; veo su sombrilla color lila con flecos, que resulta terriblemente incongruente en ese cuadro de muerte, espeluznante por su absoluta sencillez; veo su cara a punto de echarse a llorar. Recuerdo la decepción que expresó ese rostro al darse cuenta d que en este caso el árnica no podría ayudar de ninguna manera, y también recuerdo el sentimiento doloroso, desconsolado, que experimenté cuando ella, con el ingenuo egoísmo del amor, me dijo: “Vámonos, querido. ¡Qué terrible es esto! Y tú que sueles bañarte y nadar aquí, solo”

Otras críticas de La tormenta de nieve en elplacerdelalectura.com y en escritopara.es

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