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La silenciosa conquista china

Fernando Bonete Vizcaino

Imagínense faltos de desarrollo económico, olvidados del panorama internacional. Imagínense excluidos del devenir mundial actual por incumplir las normativas gubernamentales sobre derechos humanos y legitimidad legislativa. Imaginen que entonces un país, a pesar de sus claras faltas en materia legal, les propone una política financiera de intereses blandos, de capital fácil e inmediato, garantías territoriales de libre comercio y apoyo en iniciativas internacionales. A cambio, les pide aquello de que disponen en abundancia y que a corto plazo les sobra, recursos energéticos o materias primas.

¿Cuánto estarían dispuestos a dar a cambio de esta iniciativa ganador-ganador del que ambas partes salen beneficiadas? Los países que comercian con China lo tienen claro: todo, hasta la dignidad de sus ciudadanos. Todo vale si las élites políticas de la República Democrática del Congo, Libia, India, Venezuela, Colombia y de otros muchos países en desarrollo de África, Asia y Suramérica obtienen su permanencia en el poder e ingentes beneficios económicos.

El gigante asiático ha sabido aprovechar como nadie la oportunidad que le brinda el statu quo actual; desde 2008 y tras los Juegos Olímpicos, Pekín exteriorizó una nueva imagen de China que se había estado fraguando durante más de 20 años, la apariencia de un país en ingente crecimiento económico que otorgaba inmejorables oportunidades de negocio y un paraíso de la cultura y de la riqueza interior. Aislado del decadente exterior en materia económica por su ancestral negativa de participar del panorama financiero exterior y aprovechar sus propios policy banks  para reducir y controlar las oportunidades de inversión de los chinos, Pekín había conseguido aislar al país de la crisis mundial.

Sin embargo, la imagen de perfección no era más que fachada. Tras la muralla y los vistosos fuegos artificiales, China albergaba por aquel 2008 la revuelta en el Tíbet, que luchaba, con toda razón, por su liberación e independencia. Tras las grandes maravillas artísticas e históricas de una civilización milenaria, la angustia de un pueblo reprimido sin libertad de expresión al estar bajo amenaza de una constante vigilancia gubernamental. Tras el rápido desarrollo económico del país, el trabajo de millones de chinos que pagan con su incansable y durísimo trabajo las cuentas del Gobierno de la República Popular sin recibir una retribución justa y sin posibilidad de expandir sus fuentes de ingresos por las propias limitaciones estatales.

Incluso aquellos que dejan su país y abandonan la tierra que les vio nacer para buscar nuevas oportunidades en el extranjero sienten el yugo de un Estado opresor que deja sin derechos sanitarios y educación pública a su descendencia. Son los llamados mingongs, ciudadanos chinos que encontramos ya por todo el mundo, manteniendo con su trabajo, fruto de una filosofía del esfuerzo extenuante, a familiares en China, o buscando una riqueza que les permita volver y dar una educación de calidad a sus hijos.

Pero esta falsa imagen de prosperidad y oportunidades que refleja China no solo afecta a sus gentes, sino que hace extensivo proceder a todos aquellos países en los que pueda establecer una lazo de dependencia. De nuevo, la crisis económica desempeña un papel fundamental en este sentido. La incapacidad del Occidente desarrollado para invertir en países en vías de mejora económica es evidente. Si cuando la situación financiera era favorable a la voluntad solidaria, ni Europa ni Estados Unidos se dignaron a ayudar, mucho menos ahora que presienten el peligro de la quiebra. China, como ya comentábamos, al margen de problemas internacionales, fue quien aprovechó la situación para lanzar la propuesta de inversión que los países en desarrollo tanto necesitaban. Petróleo, gas, materias primas y recursos hídricos son obtenidos por Pekín a cambio de tecnología, armas, infraestructuras y capital. Sin preocupaciones por cumplir la legalidad internacional, por respetar el impacto medioambiental, la evolución social y económica de las clases más desfavorecidas en los países receptores de inversión, China opera a su antojo.

Desde luego, es una política ganador-ganador, pero no para el total de los participantes, sino para los detentores del poder, una élite que permite la silenciosa conquista de China para ver favorecidos sus intereses económicos y políticos, mientras la población sufre el empobrecimiento interno. Ni si quiera la construcción de infraestructuras permite desarrollar el empleo, pues las obras son realizadas por obreros chinos que la República Popular envía. Los pocos que acceden a estos trabajos son pisoteados por el desprecio a la dignidad humana que Pekín hace extensivo a toda persona, mientras que en la extracción de los recursos que China necesita para alimentar y engrasar su maquinaria ignora la escasez de los propios nativos de la zona.

Es responsabilidad de China. Es responsabilidad de los países en desarrollo. Es responsabilidad del mundo desarrollado. Todos participan de la política del interés. Es responsabilidad nuestra.

Es cierto que el gigante asiático es fuente habitual de un acalorado debate, pero al contrario que otros observadores de la ofensiva internacional de China que optan por priorizar los aspectos positivos de ésta, minimizando o incluso ignorando los efectos secundarios, nuestra intención es exponer la conquista silenciosa de China por todo el planeta con sus luces y sus sombras. No hemos olvidado que nuestra obligación como periodistas no es poner la linterna debajo del foco, sino alumbrar los rincones oscuros. El resultado es este libro sobre historias humanas y hechos, no sobre teorías de salón. 

25 países han sido objeto de investigación por parte de Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo, corresponsales españoles en China del diario El Economista y la agencia de noticias Notimex, respectivamente. Ambos nos descubren un riguroso y exhaustivo periodismo de investigación, el más responsable que puede llevarse a cabo: dar voz a los sin voz. Con un magnífico trabajo de campo, que permite descubrir la vida diaria de aquellos que sufren la silenciosa conquista, y con reveladoras entrevistas a altos cargos de empresas chinas y políticos de su Gobierno, La silenciosa conquista china es una obra imprescindible para comprender la realidad e intenciones efectivas de la expansión y desarrollo chino.

Entrevista a Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo en La noche de César de esRadio:

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