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La máquina del tiempo de la Plaza Matute

Andrea Reyes de Prado
@AudreyRdP

Anoche me preguntaron dónde podría ser feliz trabajando. Hacia dónde podría yo encaminar mis pasos cada mañana, qué llevaría bajo el brazo o en el bolso, en qué tipo de proyectos, ideas o ilusiones podría andar metida dentro de tres o cuatro años.

La pregunta no me sorprendió. Ésta asoma la cabeza, disimulada pero amenazantemente, cada vez que comienza un nuevo curso, cada vez que la palabra prácticas la repites con frecuencia en el día a día o, sencillamente, cada vez que algún familiar lejano te pregunta tu edad. No me sorprendió, pero sí me encogió ligeramente por dentro. No podía evadirme como se evade un niño, y su imaginación, al responder a “¿qué quieres ser de mayor?”. Esta vez no valían los bomberos, policías, peluqueras, superhéroes o, en mi caso, granjeras. Esta vez el futuro no se ve tan borroso en el horizonte, y en el cuestionario de la vida, parece que la siguiente respuesta a rellenar es irremediablemente la que tiene que ver con el empleo (al menos, con el primero).

Porque trabajar significa empezar una nueva etapa, significa aprender a desenvolverse, a madurar, a tener responsabilidades. Significa esfuerzo, madrugones, cansancio, compromisos, dudas, decisiones. Pero trabajar también debe significar dedicación, pasión, compensaciones. Emplear tiempo, mucho tiempo, en algo muy concreto. Dedicar tu vida a ello. Trabajar significa, al fin y al cabo, vivir. De modo que la pregunta era, verdaderamente, tan relevante como compleja.

Interior de la librería Desnivel en la Plaza Matute nº 6. Madrid. PD241.

Para una rara avis como yo, cuesta imaginarse formando parte del mundo laboral. Soy de esas personas que piensa que tendría que haber nacido en otra época (ya se sabe: cualquier tiempo pasado nos parece mejor). Soy de esas personas que tienen miedo a la tecnología, la comparo con una temible sirena del cuento de Simbad: el hombre se deja guiar por ella, y fácilmente cae fascinado entre sus brazos, perdiendo al mismo tiempo el oxígeno y la humanidad.

Ya no se conquista con flores, sonrisas, cartas y paseos. Ahora se liga por WhatsApp. Antes las plazas tenían bancos y árboles, ahora tan sólo hay semáforos y asfalto. Me entristece ver cómo un cine de barrio, o una tienda “de las de toda la vida”, desaparece de las calles convertida en un centro comercial o un “chino”. Nunca me han gustado las famosas cuatro torres de Madrid, ni los rascacielos de Nueva York. Me horroriza el nuevo estadio Santiago Bernabéu, y sueño que todos los edificios son como algunas casas del Barrio de las Letras en vez de fríos bloques de cemento gris.

Es un desatino para mí, y para todos aquellos que comparten mis melancólicos gustos, que hoy en día prime lo funcional, lo práctico, lo metálico, lo moderno. Y así, a su imagen y semejanza, son gran parte de los espacios donde trabajamos. ¿Cuarenta o cincuenta años metida en un despacho tecleando datos frente al ordenador? Modernidad no, gracias.

¿Que dónde podría ser feliz trabajando? Dudo mucho que en un sitio como ése. Por desgracia, no siempre se tiene la posibilidad de elegir, y menos aún algo aparentemente decorativo como es el lugar físico. Pero, de poder elegir, mi respuesta estaría muy lejos de la clásica oficina de película americana. Por suerte el destino, o la casualidad, hizo que en la misma tarde de ayer, la improvisación me llevase al anteriormente nombrado Barrio de las Letras, ese pequeño rincón de Madrid que parece resistirse al inevitable paso del tiempo y de los gustos del ser humano.

Paseé por zonas conocidas y conocí muchas otras, dejándome llevar por el aire bohemio de los cafés y la literatura que decora algunas baldosas de las más pintorescas calles. Caminando de forma relajada, tranquila (algo insólito en Madrid), casi pisando con delicadeza, me fui adentrando en el corazón de las letras posando la mirada, desenfocada y abstraída, de bar en bar, de tienda en tienda, de verso en verso.

Hasta que de pronto, una curiosa e iluminada bola del mundo, rodeada de libros, llamó mi  atención. Al otro lado, había un par de botas sobre una banqueta y un piolet. Entre ambos escaparates, la misma rara avis que huía de la civilización más estricta, rescataba de entre sus recuerdos esa dulce e inocente mirada de asombro y fascinación que sólo sabe crear un niño ante un suceso inesperado, nuevo y mágico. Mi suceso inesperado, nuevo y mágico era una librería de las de verdad.

Aquél era un lugar que yo añoraba al sumergirme en libros y películas, pues lo creía prácticamente extinguido. Aquél era un pequeño país de las maravillas, una reliquia que, por fortuna, sigue aún muy viva. Con su crujir de madera bajo los pies, sus estanterías desgastadas, sus carteles e indicadores pintados a mano y sus imposibles escaleras. Sus dependientes, antiguos libreros, que saben qué libros tienen, cuáles son sus secretos, las mejores ediciones. Los que conocen y aman todo el saber redactado en papel que custodian. Y su olor: ese olor a libro antiguo, a páginas amarillentas, a aventuras, a historia. Una librería de las de verdad. En la que, con un poco de imaginación, casi te parece ver al joven Bastian de Ende o a la ladrona de libros de Zusak merodeando entres sus pasillos.

Especializada en naturaleza y deportes, la librería Desnivel constituye un pequeño tesoro escondido entre Atocha y Huertas, custodiado por otras dos grandes maravillas: la antigua redacción e imprenta de El Imparcial, donde, en 1870, se editó el mejor periódico gráfico de aquel tiempo, dirigido por Gustavo Adolfo Bécquer; y la casa donde vivió José Zorrilla. La literatura y la cultura españolas viven en este barrio, lleno de rincones perdidos que están deseando ser encontrados y rescatados del olvido. El espíritu de artistas de toda clase acompaña a los transeúntes, enseñándoles sitios como la librería Desnivel, demostrando que lo clásico, lo artesanal, aun siendo imperfecto, es mucho más cálido y humano que todo aquello a lo que llaman moderno.

¿Aún te preguntas dónde podría ser feliz trabajando?

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